¿Por qué sufrimos? Desconexión, ¿causa o consecuencia?
— Carl Rogers, El proceso de convertirse en persona (1961)
Se suele afirmar que el ser humano es el mamífero que
más tiempo depende de otros para sobrevivir. Aunque existen especies con largos
períodos de cuidado, como las ballenas, los delfines o los elefantes, los seres
humanos combinamos una infancia extraordinariamente prolongada con una
dependencia muy profunda para el desarrollo físico, emocional, social y
cognitivo. No solo necesitamos que nos alimenten y protejan… necesitamos que
nos enseñen cómo vivir.
Comprender ese proceso puede ayudarnos a mirar nuestra
propia historia de otra manera. No para buscar culpables ni para juzgar aquello
que aprendimos, sino para reconocer que muchos de los filtros a través de los
cuales hoy miramos la vida provienen de miradas e interpretaciones ajenas que
fuimos asimilando durante una etapa en la que todavía teníamos poca conciencia
y dependíamos de otros para comprender el mundo.
Una parte importante del desarrollo humano consiste
precisamente en pasar de la dependencia hacia la autonomía: aprender a
construir un criterio propio, reconocer nuestras necesidades y tomar decisiones
que respondan a una dirección personal. Comprender ese tránsito puede ser
también una de las claves para entender de dónde surge gran parte del
sufrimiento que experimentamos en la vida adulta.
Al nacer no traemos una identidad terminada ni una
forma de interpretar el mundo. Tampoco nacemos con ideas sobre lo que está bien
o mal, lo que merece ser amado o rechazado, o lo que significa tener éxito o
fracasar. Lo vamos aprendiendo sobre la
marcha…
Eso no significa que todos lleguemos al mundo con la
misma personalidad. Desde los primeros meses pueden observarse diferencias de
temperamento, sensibilidad, nivel de actividad y formas de reaccionar. Cada
persona trae consigo un potencial singular. Lo que aún no posee es un sistema
de significados construido sobre el mundo y sobre sí misma.
Del mismo modo que incorporamos un idioma sin estudiar
gramática, también vamos aprendiendo los valores, las creencias, las formas de
vincularnos y las maneras de comprender la realidad que predominan en el
entorno donde crecemos. Así como nadie elige su lengua materna, tampoco
elegimos las primeras creencias con las que aprendemos a interpretar el mundo.
Ambas se incorporan mucho antes de que podamos analizarlas.
Para Jean Piaget, psicólogo y epistemólogo suizo, la
construcción del conocimiento sobre el mundo no consiste en recibir pasivamente
una realidad ya construida, sino en construir progresivamente estructuras para
comprenderla a través de la interacción con el entorno.
Nacemos con un potencial único, pero la manera en que
aprendemos a expresarlo se construye en relación con los otros.
Para un niño, pertenecer no es un deseo: es una
necesidad biológica. Su supervivencia depende del vínculo con quienes lo
cuidan. Por eso observa, imita, prueba conductas y registra cuáles generan
cercanía, aprobación o protección y cuáles provocan distancia, rechazo o
conflicto. Poco a poco va organizando su manera de estar en el mundo a medida
que amplía su experiencia. No se trata de un cálculo consciente ni de una
decisión deliberada. Es la forma en que aprendemos a vivir entre otros.
Todo ese proceso es necesario. Gracias a él aprendemos
a hablar, a convivir, a compartir significados y a integrarnos en una
comunidad. El problema no comienza allí. El problema aparece cuando empezamos a
confundir esa identidad, que fue en gran medida una adaptación al entorno, con
la totalidad de lo que somos. Las respuestas que incorporamos antes de poder
formular nuestras propias preguntas pasan a definir quiénes creemos ser o
quiénes creemos que estamos obligados a ser. Y lo que alguna vez nos ayudó a
integrarnos puede convertirse, años más tarde, en el principal obstáculo para
descubrir quiénes somos y elegir quiénes queremos ser.
El psicólogo del desarrollo Erik Erikson sostuvo que
una de las tareas centrales de la adolescencia consiste precisamente en la
construcción de la identidad. No es casual que durante esos años aparezcan
preguntas como: ¿quién soy?, ¿qué quiero? o ¿qué lugar ocupo en el mundo? Por
primera vez comenzamos a mirar con cierta distancia aquello que hasta entonces
habíamos incorporado sin demasiada conciencia y cuestionamiento.
Para muchas personas, esa etapa representa el comienzo
de una búsqueda auténtica. Empiezan a diferenciar qué aspectos de su forma de
ser expresan algo propio y cuáles responden principalmente a expectativas,
mandatos o aprendizajes del entorno. Es un momento de exploración y de ensayo y
error, en el que cambiar de opinión, cuestionar lo aprendido o probar distintas
formas de pertenecer constituye una parte natural del desarrollo.
Pero cuestionar lo aprendido no significa
necesariamente dejar de depender de ello. Podemos atravesar la adolescencia,
construir una identidad aparentemente definida y llegar a la adultez sin haber
desarrollado plenamente la capacidad de elegir desde nosotros mismos. Algunas
personas continúan organizando su vida a partir de respuestas incorporadas en
etapas anteriores, sin detenerse a comprobar qué quieren, qué necesitan o qué
sentido tienen para ellas esas respuestas a la luz de su propia experiencia y
de la vida que desean construir. Y no solo heredamos respuestas de quienes nos
rodean: también podemos construirlas a partir de lo que nos sucede. Una
pérdida, un fracaso o una experiencia dolorosa pueden llevarnos a sacar
conclusiones sobre lo que somos, lo que merecemos o lo que creemos posible para
nuestra vida, y esas conclusiones también pueden terminar condicionando
nuestras elecciones.
Pasar de la dependencia a la autonomía no consiste
simplemente en hacer lo que uno quiere ni en dejar de escuchar a los demás.
Implica desarrollar la capacidad de escuchar distintas voces, incluida la
propia, reconocer como propio aquello que pensamos, sentimos y necesitamos, y
tomar decisiones desde un criterio que podamos reconocer como nuestro.
Aunque todos atravesamos este proceso, no todos lo
vivimos de la misma manera. Hay entornos que acompañan el desarrollo de la
individualidad y otros que, por distintos motivos, pueden limitarlo. Algunos
niños encuentran adultos que escuchan sus preguntas, respetan sus tiempos,
estimulan su curiosidad y los ayudan a descubrir sus intereses. Otros crecen en
ambientes donde cuestionar resulta incómodo, expresar determinadas emociones es
castigado o aquello que los hace diferentes es motivo de burla, rechazo o desvalorización.
Entre unos y otros, los matices pueden ser infinitos. Un mismo entorno puede
acompañar algunos aspectos del desarrollo y limitar otros; incluso una misma
persona puede recibir respuestas muy diferentes según lo que expresa, pregunta
o intenta desarrollar.
En determinadas circunstancias, adaptarse puede dejar
de ser únicamente una forma de aprender a convivir y convertirse también en una
estrategia para preservar el vínculo, evitar el conflicto o conseguir
aceptación. Ese niño puede aprender, sin que nadie tenga que decírselo
explícitamente, qué aspectos de sí mismo conviene mostrar y cuáles es mejor
ocultar.
A medida que crecemos, algunas partes de nosotros
encuentran espacio para desarrollarse y otras comienzan a quedar en silencio.
No desaparecen. Simplemente dejan de expresarse porque, para ese niño que
fuimos, hacerlo podía poner en riesgo algo mucho más importante: el amor, la
aceptación o la pertenencia.
Sin embargo, aquello que quedó en silencio no deja de
existir. A veces vuelve a aparecer como una inquietud difícil de explicar, una
sensación persistente de que algo no termina de encajar o un interés que
insiste en hacerse presente a pesar de haber sido postergado durante años.
Otras veces puede manifestarse de una manera menos evidente: como una tendencia
a postergar aquello que sabemos que queremos, a abandonar proyectos cuando
comienzan a acercarnos a algo que deseamos o incluso a tomar decisiones que parecen
ir en contra de nuestros propios intereses. Lo que solemos llamar autosabotaje
puede ser, en algunos casos, la expresión de un conflicto que todavía no
logramos reconocer.
Es como intentar escuchar una emisora de radio en
medio de múltiples interferencias: la señal sigue allí, pero el ruido impide
reconocerla con claridad.
Esas interferencias están formadas por los mandatos,
los miedos, las culpas, las expectativas, las comparaciones y las creencias que
fuimos incorporando, pero también por los modelos y valores que nos transmite
la cultura, los medios de comunicación y el entorno social en el que crecemos que,
de tanto escucharlas, aprendimos a confundir con la nuestra. Cuanto mayor es
ese ruido, más difícil resulta distinguir qué parte de lo que pensamos,
sentimos o deseamos nace de nosotros y qué parte responde a aprendizajes que
incorporamos mucho antes de poder cuestionarlos.
Escuchar nuestra propia voz no siempre resulta
agradable. A veces implica reconocer que llevamos años tomando decisiones
condicionadas por expectativas ajenas, sosteniendo caminos que dejaron de
representarnos o evitando cambios que generan incertidumbre. Por eso, muchas
personas encuentran otra manera de aliviar ese malestar: se llenan de ruido
exterior de forma tal que les permita no detenerse a escuchar lo que sucede
adentro.
Las adicciones pueden ser una de esas formas de
evasión, al igual que el consumo problemático de sustancias o determinados usos
de psicofármacos cuando se convierten en una manera de anestesiar un malestar
que no estamos pudiendo afrontar. Pero no todas las formas de escape son tan
evidentes. Algunas están tan incorporadas a nuestra vida cotidiana que ni
siquiera las reconocemos como una forma de evasión: la tendencia a refugiarse
en el trabajo, la necesidad de estar siempre ocupados, una vida social intensa,
el consumo como forma de compensación, la búsqueda incesante de reconocimiento,
los video juegos, las pantallas o el entretenimiento sin pausa.
Entre todas estas formas de evasión, las pantallas
merecen una atención particular. No solo por el tiempo que podemos pasar frente
a ellas, sino porque pueden mantener nuestra atención permanentemente orientada
hacia afuera, incluso cuando estamos haciendo otra cosa. Podemos estar
conversando, trabajando, comiendo, manejando o realizando una tarea que
requiere nuestra atención y, aun así, permanecer en estado de alerta ante una
posible notificación, mensaje o estímulo. Podemos estar hiperconectados con el
exterior y, al mismo tiempo, profundamente desconectados de nuestra propia
experiencia.
La diferencia es que algunas formas de evasión son
socialmente condenadas y otras completamente aceptadas, e incluso premiadas.
Por eso pueden pasar inadvertidas: nadie suele preocuparse por alguien que
trabaja doce horas, necesita estar siempre haciendo algo o permanece conectado
todo el día si esas conductas encajan dentro de lo que la sociedad considera “normal
o productivo”.
No se trata de afirmar que trabajar, consumir, usar
pantallas, divertirse o buscar reconocimiento sean formas de evasión en sí
mismas. La cuestión es qué ocurre cuando necesitamos mantenernos
permanentemente ocupados, estimulados o distraídos porque detenernos podría
ponernos en contacto con algo que no sabemos cómo afrontar. Y, sobre todo, qué
sucede cuando creemos estar eligiendo libremente y, aun así, no terminamos de
sentirnos satisfechos. ¿De dónde proviene entonces esa insatisfacción?
Y así, casi sin darnos cuenta, podemos terminar
aceptando respuestas hechas para no tener que escuchar la pregunta.
En la infancia, la respuesta de los demás es una
fuente necesaria de orientación y, muchas veces, prácticamente no tenemos otra
opción. Dependemos de quienes nos cuidan para hacer frente a aquello que
todavía no podemos resolver por nosotros mismos. A medida que desarrollamos
autonomía, esa referencia externa puede seguir siendo valiosa, pero debería
dejar de ser la única medida desde la cual organizamos nuestras decisiones.
Es entonces cuando puede hacerse visible una
contradicción: lo que sabemos de nosotros mismos entra en conflicto con lo que
aprendimos que deberíamos ser.
Cuando la distancia entre lo que podemos reconocer
como propio y la identidad que construimos, en gran medida como adaptación al
entorno, se sostiene en el tiempo, genera una desconexión con nosotros mismos. En
este contexto, no hablamos de una desconexión espiritual ni de la pérdida de un
vínculo con algo externo a nosotros, sino de algo mucho más concreto: de la
relación que mantenemos con nosotros mismos y de nuestra capacidad para
registrar lo que nos sucede y vivir en coherencia con nuestra propia dirección,
nuestros valores y nuestras necesidades.
En este sentido, cuando hablamos de conexión hablamos
también de conciencia. No de una conciencia entendida como un estado
extraordinario ni como una idea abstracta, sino de la capacidad de observarnos:
reconocer lo que pensamos, sentimos y necesitamos; percibir las señales de
nuestro cuerpo frente a determinadas situaciones y decisiones; advertir cuándo
algo en nosotros se contrae, se resiste, se entusiasma o se expande; y poder
preguntarnos qué nos está indicando esa experiencia. La desconexión aparece
cuando aprendemos a negar, ignorar o desatender sistemáticamente esas
percepciones porque entran en conflicto con lo que creemos que deberíamos
sentir, pensar o hacer.
La desconexión no siempre surge de no saber lo que
queremos. A veces se da por saberlo y no sentirnos autorizados a elegirlo.
«Esto no me hace bien, pero debería tolerarlo”
“Necesito decir que no, pero me siento culpable.”
“Quiero ir por otro camino, pero siento que estoy
decepcionando a todos.”
El problema es que la orientación ajena no puede
reemplazar indefinidamente la propia sin consecuencias. Algunas de ellas pueden
hacerse visibles en formas de relación y de comportamiento que terminamos
incorporando como normales.
Una de las primeras formas en que esto puede
manifestarse es en la necesidad de aprobación. Durante la infancia,
recibir respuestas del entorno forma parte del aprendizaje. El niño observa qué
ocurre cuando actúa de determinada manera, busca cercanía, prueba límites,
llama la atención o se hace más pequeño, explora diferentes formas de
relacionarse y va descubriendo cómo funciona el mundo social. No existe una
única manera de hacerlo, porque tampoco todos los niños son iguales ni reciben
las mismas respuestas.
El problema aparece cuando esa referencia externa deja
de ser una fuente de información y comienza a convertirse en la medida desde la
cual organizamos nuestra vida adulta. Entonces podemos empezar a callar lo que
pensamos para evitar el rechazo, aceptar situaciones que no queremos o
permanecer en lugares donde nuestra propia voz y nuestro valor quedan relegados
por miedo a perder pertenencia. Incluso podemos llegar a acostumbrarnos a
vínculos en los que no somos valorados, simplemente porque aprendimos demasiado
pronto a confundir lo conocido con lo aceptable. Podemos saber que algo nos
está alejando de nuestros objetivos y, aun así, continuar allí porque ser
aceptados parece más importante que ser fieles a nosotros mismos.
Algo parecido ocurre cuando confundimos reconocimiento
con valor. El reconocimiento depende necesariamente de otros: alguien
puede valorar nuestro trabajo, destacar nuestras capacidades o reconocer
nuestros logros. Y eso puede ser gratificante y significativo. Pero nuestro
valor como personas no aumenta cuando somos reconocidos ni desaparece
cuando dejamos de serlo. Cuando ambas cosas se confunden, comenzamos a
necesitar resultados externos para confirmar internamente quiénes somos. Y
cuanto más depende nuestra seguridad de la mirada ajena, más tendemos a
orientar nuestras decisiones, nuestro tiempo y nuestra energía hacia aquello
que puede validarnos ante los demás. Poco a poco, nuestra vida puede empezar a
organizarse alrededor de esa mirada, en lugar de responder a nuestra propia
dirección.
La comparación puede
reforzar todavía más esa dependencia. Compararnos forma parte de nuestra
capacidad para orientarnos, aprender y reconocer posibilidades. El problema
aparece cuando dejamos de utilizar la comparación como información y comenzamos
a utilizarla como medida de nuestro valor. Siempre habrá alguien que parezca
estar más adelante: alguien más inteligente, más atractivo, más exitoso, más
joven, con más dinero o con mayor reconocimiento. Si necesitamos mirar
constantemente hacia afuera para saber cuánto valemos, nunca alcanzará.
También podemos comenzar a elegir desde el miedo.
El desarrollo implica explorar, probar, equivocarnos, modificar lo que hacemos
y volver a intentarlo. Equivocarse significa, muchas veces, descubrir que el
camino que elegimos no produjo el resultado que esperábamos. Sin embargo,
nuestra cultura suele cargar la palabra fracaso de un significado mucho más
definitivo: como si un resultado adverso pudiera convertirse en una sentencia
sobre nuestra capacidad, nuestro valor o nuestro futuro.
La manera en que nuestras experiencias son recibidas
por el entorno influye en la relación que vamos construyendo con el error, la
incertidumbre y la diferencia. Si dejamos de confiar en nuestro propio
criterio, podemos llegar a necesitar que alguien nos garantice que estamos
eligiendo correctamente. Entonces preferimos una certeza ajena antes que asumir
la incertidumbre de una decisión propia.
Tal vez por eso convenga preguntarnos qué llamamos
realmente fracaso. Un proyecto puede no funcionar. Una relación puede terminar.
Una elección puede llevarnos por un camino que no esperábamos. Podemos perder,
equivocarnos y tener que empezar de nuevo. Pero quizá el fracaso no sea que
algo que intentamos no resulte, sino renunciar, por miedo a equivocarnos, a
nuestra propia voz, a nuestras metas, a nuestro criterio o a la vida que
queremos construir.
Y hay una forma de desconexión que puede manifestarse
como culpa: sentir que estamos haciendo algo malo simplemente por ser quienes
somos, por pensar diferente, poner un límite, decir que no, tener necesidades
que otros no comprenden o elegir un camino distinto del que esperaban para
nosotros. Cuando expresar determinados aspectos de nosotros mismos amenaza la
pertenencia, podemos aprender a sentir culpa cuando nos permitimos ser quienes
somos, hasta el punto de que esa culpa empiece a condicionar nuestras
decisiones y llevarnos sistemáticamente a relegar lo propio: postergarnos para
atender primero las necesidades de otros, evitar disentir o expresar nuestros
puntos de vista, tolerar situaciones que nos hacen mal, renunciar a lo que
necesitamos o dejar para después nuestras propias necesidades.
La culpa, como emoción, puede funcionar como una señal
de que hay algo que revisar. Puede poner en evidencia una tensión entre lo que
queremos hacer y lo que creemos que deberíamos hacer. Sentir culpa al decir que
no, por ejemplo, no necesariamente significa que debamos cambiar nuestra
decisión. La cuestión es qué hacemos con esa culpa: si la escuchamos para
comprender qué está en juego o si dejamos que determine nuestras decisiones y
terminamos comprometiéndonos más con lo que se espera de nosotros que con
nuestra propia dirección.
La necesidad de pertenencia puede reunir muchas de
estas experiencias. Cuidar los vínculos, ser considerados, cooperar y tener en
cuenta a los demás forman parte de la convivencia. Pero existe una diferencia
entre elegir hacerlo y negarnos a nosotros mismos para sentir que pertenecemos,
ser aceptados, queridos o valorados.
Ninguna de estas conductas es, por sí sola, una señal
de desconexión. Todos necesitamos reconocimiento, podemos compararnos, sentir
miedo, buscar aprobación, evitar conflictos o querer agradar en determinados
momentos. El problema aparece cuando miramos cada vez más hacia afuera para
saber cómo debemos ser y cada vez menos hacia adentro para reconocer qué
pensamos, qué sentimos, qué necesitamos y qué queremos desarrollar.
Cuando esos patrones comienzan a operar de manera
automática y esa distancia se sostiene durante mucho tiempo, puede aparecer
algo más profundo que la incomodidad de una decisión equivocada: el
sufrimiento.
El sufrimiento no es simplemente el dolor sostenido en
el tiempo. El dolor forma parte de la experiencia humana: una pérdida, una
enfermedad, una decepción, un rechazo o un proyecto que no resulta pueden
doler, y no todo dolor necesita ser explicado como una desconexión. El dolor
puede señalar que algo está ocurriendo. Cuando podemos reconocerlo, una emoción
puede convertirse en información: algo de nosotros está diciendo que esto
importa, que algo necesita atención, que quizá necesitamos cambiar, aceptar, poner
un límite o tomar una decisión.
El sufrimiento puede aparecer cuando esa señal no quiere
ser escuchada o cuando sostenemos durante demasiado tiempo una distancia entre
lo que sentimos y lo que nos permitimos reconocer, entre lo que necesitamos y
lo que aceptamos, entre lo que queremos construir y lo que creemos que
deberíamos querer. También puede surgir de la distancia entre nuestras
expectativas y la realidad: entre las personas que idealizamos y lo que
realmente son.
Cuando no queremos escuchar esa señal, intentamos
apagarla, negarla, justificarla o escapar de ella. También nos resistimos a
sentir aquello que nos duele: queremos que no esté ahí, que desaparezca, que
deje de afectarnos. Pero esa resistencia termina sosteniendo aquello mismo de
lo que intentamos escapar. Cuanto más tiempo evitamos mirar aquello que nos
incomoda, más terminamos identificándonos con ese malestar. Dejamos de
experimentar "estoy sufriendo por esto" y comenzamos, casi sin
advertirlo, a experimentar "yo soy esto que me pasa". El sufrimiento
deja entonces de ser solamente una señal de que existe una distancia y empieza
a formar parte de la identidad desde la cual interpretamos nuestra propia vida.
Por eso, mirar esa distancia no significa juzgarnos ni
concluir que hicimos todo mal. Tampoco significa que deberíamos haber sabido
antes lo que hoy podemos comprender. Muchas de nuestras decisiones fueron
tomadas con la conciencia, los recursos y la información que teníamos en ese
momento.
Entender la vida como un proceso de prueba, error,
corrección, desarrollo y evolución permite quitarle parte de esa carga
emocional. Ya no hay nada que negar, ni culpas, ni juicios, ni condenas. Hay
una distancia que aprendimos a sostener dentro de nosotros y que ahora podemos
empezar a recorrer, desde afuera hacia adentro.
Tal vez reducir esa distancia sea uno de los primeros
pasos para comprender el sufrimiento de otra manera: no como una condena ni
como una identidad, sino como una señal de que hay algo en nosotros que
necesita ser escuchado.
Quizás por eso resulte tan fácil desestimar algunas de
las preguntas que plantea el desarrollo personal, como si fueran apenas una
colección de frases motivacionales: "sé auténtico", "trabajá tu
autoestima", "dejá de buscar aprobación", "aprendé a poner
límites". Sin embargo, detrás de esas expresiones aparentemente simples
hay procesos mucho más profundos: la manera en que construimos nuestra
identidad, la relación que establecemos con nuestras necesidades, el lugar que
damos a nuestra propia voz y el que nos permitimos ocupar en nuestra vida, y la
capacidad de orientar nuestras decisiones desde un criterio propio. En el
fondo, todas remiten a una misma pregunta: ¿hacia dónde estamos orientando
nuestra vida y qué sentido tiene para nosotros ese camino?
Necesitamos poder distinguir entre una vida que
estamos eligiendo y una vida que simplemente estamos reproduciendo. Y aunque
podamos afirmar, sinceramente, que hacemos lo que queremos —e incluso llegar a
convencernos de que nuestras decisiones son enteramente propias—, existe una
diferencia que no siempre podemos ignorar. Se expresa en la relación que
construimos con nosotros mismos, en la confianza con la que sostenemos nuestras
decisiones, en nuestra capacidad para reconocer lo que necesitamos y en la seguridad
con la que ocupamos nuestro propio lugar.
Ahí aparece una palabra que muchas veces utilizamos
sin detenernos a comprender qué significa realmente: autoestima.
La autoestima tiene que ver con la valoración que
hacemos de nosotros mismos y con la relación que establecemos con nuestro
propio valor. Y esa relación no se expresa solamente en lo que pensamos de
nosotros cuando nos miramos al espejo. También aparece en la manera en que
escuchamos nuestra propia voz, reconocemos nuestro criterio y damos lugar a lo
que necesitamos.
Podemos recibir reconocimiento, aprobación, afecto y
admiración. Podemos ser valorados por nuestro trabajo, por nuestras capacidades
o incluso llegar a ocupar un lugar que muchos consideren admirable. Pero nadie
puede construir por nosotros el reconocimiento que necesitamos desarrollar
desde adentro.
Mientras no podamos reconocernos, aceptarnos y
aprender a validarnos desde nosotros mismos, nuestro valor personal seguirá
quedando a merced de lo que ocurre afuera: subirá cuando nos aprueben y caerá
cuando nos rechacen. Y mientras nuestro valor dependa de esa fluctuación,
seguiremos dejando en manos de otros la única relación que depende de nosotros
y que nos acompañará durante toda la vida.
¿Quién podría
poner en duda que la relación más importante es la que construimos con nosotros
mismos?
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Marian
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