Emociones: el lenguaje del cuerpo antes de la conciencia

 



"La única revolución capaz de cambiar el mundo no se libra en las calles ni en las instituciones, no necesita armas ni sacrificios humanos. Comienza en el registro de la experiencia y está disponible para todos, aquí y ahora. 

Es la revolución de la conciencia. 

Es tan simple que suele pasar desapercibido: la atención se desplaza hacia afuera y hacia lo que podría hacerse si algo más ocurriera, dejando fuera del registro los recursos que ya están disponibles.

                                                               Simplemente Marian.


Las emociones forman parte del equipamiento básico de la experiencia humana. El término proviene del latín emotio, derivado de emovere, que significa “mover hacia afuera”. Desde su origen etimológico, la emoción no remite a algo accesorio, sino a un proceso que pone al organismo en movimiento frente a aquello que percibe como relevante.

Desde una perspectiva neurocientífica, las emociones pueden entenderse como respuestas psicofisiológicas ante estímulos internos o externos. Integran cambios corporales, vivencia subjetiva y orientación de la conducta, que puede expresarse tanto en la acción como en la inhibición, según el significado atribuido a la situación. No se reducen a lo que se “siente” ni a lo que se “piensa”: involucran cuerpo, percepción y conducta de manera inseparable.

El organismo no responde a los hechos en sí, sino a la forma en que estos son percibidos, anticipados o interpretados. Por eso, una emoción puede activarse frente a una situación real o frente a una representación interna, y ser plenamente real en su manifestación corporal aun cuando no responda a una amenaza objetiva ni a una lectura ajustada de la realidad.

Las emociones no son buenas ni malas en sí mismas ni deben evaluarse desde un criterio moral. Cumplen una función adaptativa: informan, orientan y preparan al organismo para responder. A través de ellas se registran señales fundamentales para la vida psíquica y corporal, como el peligro, la pérdida, el límite, la necesidad o la oportunidad.

El problema, entonces, no reside en sentir, sino en quedar fijados en estados emocionales predominantemente negativos o en desconectarse de manera sistemática de la experiencia emocional. En ambos casos, se pierde su función orientadora y una vía esencial de registro y ajuste frente a la experiencia.

Por eso, el malestar emocional no debería ser negado, reprimido ni patologizado de forma automática, ni tampoco silenciado de manera crónica.

Lo que se vuelve persistente no es la emoción en sí, sino el circuito que la detona y la sostiene. Interpretaciones reiteradas activan respuestas emocionales conocidas que, con el tiempo, generan familiaridad —aunque duelan— y terminan consolidándose como una forma de identidad (“yo soy así”, “a mí siempre me pasa”). En ese punto, la emoción deja de ser solo una señal y comienza a operar como un hábito interno.

Estos climas emocionales no se sostienen únicamente por estímulos externos. Se retroalimentan también a través del foco de atención y de los relatos que las personas construyen y repiten sobre su experiencia. Cuando la emoción captura la atención, la percepción se estrecha y el pensamiento gira sobre los mismos temas, reforzando una y otra vez el mismo registro emocional. Lo que mantiene activo el circuito no es solo lo que se siente, sino desde dónde se interpreta y qué se coloca en el foco. 

Intervenir únicamente sobre la emoción —atenuarla, suprimirla o anestesiarla— sin revisar el marco desde el cual se interpreta la experiencia puede disminuir la intensidad del malestar, pero no transforma la perspectiva que lo reproduce. Mientras ese marco no se modifique, el organismo seguirá respondiendo de manera coherente con él.

Desde este enfoque, hablar de “gestionar” emociones resulta equívoco: la emoción no es la causa del malestar, sino su manifestación. Funciona como un indicador de un sistema de significados activo, no como el origen del conflicto que habría que eliminar.

En este sentido, no es la emoción lo que duele, sino la resistencia a sentirla y a revisar el significado que la activa. La emoción informa; la resistencia fija.

Algo similar ocurre con el dolor físico. El dolor no es el problema en sí, sino una señal. Si el cuerpo no doliera, no sabríamos que algo se ha lesionado o que existe un daño que requiere atención. Aunque incómodo, el dolor suele llegar a tiempo para evitar consecuencias mayores.

Las emociones cumplen una función análoga en la vida psíquica. Cuando no se las registra, se las invalida o se las silencia de manera sistemática, no desaparecen: el conflicto sigue operando por debajo. Lo que se evita sentir hoy suele reaparecer más adelante en forma de decisiones no deseadas, vínculos deteriorados o malestar crónico. Escuchar la emoción no garantiza evitar el dolor; ignorarla casi siempre garantiza pagarlo después.

 La emoción es natural y legítima como fenómeno.

La interpretación que la sostiene no siempre lo es.

En estados de activación emocional intensa, el cerebro puede entrar en lo que la neurociencia denomina secuestro de la amígdala (amygdala hijack), término popularizado por Daniel Goleman. La amígdala es una estructura del sistema límbico involucrada en la detección de amenazas y la activación de respuestas inmediatas de supervivencia —huida, ataque o bloqueo—. Su función no es pensar, sino proteger.

El secuestro ocurre cuando la amígdala interpreta una amenaza —real o simbólica— y toma el control antes de que las áreas corticales puedan evaluar la situación. Ante un estímulo, el cerebro procesa la información por dos vías simultáneas: una rápida y automática, que va del tálamo a la amígdala, y otra más lenta y elaborada, que involucra a la corteza prefrontal.

Cuando la amígdala se activa primero, pone en marcha el sistema nervioso autónomo, libera cortisol y adrenalina y prepara al cuerpo para reaccionar. En ese momento, la corteza prefrontal —encargada de la reflexión, la regulación emocional y la evaluación de consecuencias— pierde protagonismo de manera transitoria. No se pondera ni se elige: se reacciona.

La amígdala responde a significados, no a hechos objetivos. Por eso no distingue entre un peligro físico y una amenaza simbólica: una humillación, un rechazo anticipado, una crítica, una discusión o un límite ajeno pueden activar el mismo circuito que una amenaza concreta.

Este tipo de respuesta es más frecuente cuando hay baja conciencia emocional, creencias rígidas, expectativas no revisadas, un historial de emociones no elaboradas o estados de fatiga y estrés crónico. En esos contextos, la capacidad de pensar y elegir se reduce, no por falta de voluntad, sino porque el organismo interpreta que la supervivencia está en juego. Cuanto menor es el margen de conciencia, mayor es el dominio de la reactividad emocional.

Frente a un estímulo, el organismo siempre responde. La diferencia no está en sentir o no sentir, sino en el nivel de conciencia desde el cual esa respuesta se produce.

Aquí, conciencia no remite a una noción espiritual ni abstracta, sino a una función concreta: la capacidad de registrar lo que ocurre en la experiencia interna mientras ocurre. Conciencia es darse cuenta, en tiempo real, de lo que se siente, se piensa y se impulsa, sin quedar automáticamente absorbido por ello.

Desde esta perspectiva, pueden distinguirse distintos modos de relación con la experiencia emocional.

En un nivel primario, la emoción se impone y la acción surge desde el impulso, sin mediación ni registro.

En un nivel intermedio, la reacción ocurre primero y la comprensión aparece después, muchas veces acompañada de culpa, justificación o arrepentimiento.

En un nivel más integrado, la emoción es reconocida en el momento en que emerge y se convierte en información disponible para elegir cómo responder, incluso cuando la respuesta implique firmeza, confrontación o límites claros.

Este mayor nivel de registro no elimina la emoción ni garantiza respuestas “correctas” en términos morales, ni reduce necesariamente su intensidad. Amplía, en cambio, el margen de elección: permite responder desde la emoción sin quedar gobernado por ella. Donde no hay conciencia, la emoción gobierna; donde hay conciencia, la emoción orienta.

Regular una emoción no es apagarla, sino recuperar la participación de la corteza prefrontal: ampliar el registro, ganar segundos, introducir perspectiva y elegir cómo responder.

Es importante aclarar que no reaccionar externamente no implica ausencia de emoción ni mayor integración. El silencio, la tolerancia excesiva o la calma aparente también pueden ser respuestas emocionales cuando la experiencia no encuentra un canal legítimo de expresión. En esos casos, la emoción no desaparece: puede quedar alojada en el cuerpo o manifestarse de manera indirecta a través de tensión sostenida, irritabilidad o malestar difuso.

 Este modo de relación con la emoción se construye, refuerza y normaliza a través de creencias profundamente arraigadas: que expresar lo que se siente genera conflicto, que el enojo es falta de educación, que poner límites es egoísta, que sostener la calma vale más que la verdad interna, que adaptarse es señal de madurez o que callar es una forma de cuidar el vínculo. Bajo estos supuestos, muchas personas aprenden a tolerar, postergarse y desautorizar su propia experiencia emocional, confundiendo autocontrol con represión, armonía con silencio y pertenencia con renuncia.

En ese desplazamiento, el cuidado del vínculo se vuelve incompatible con la honestidad, y la ética comienza a desdibujar la frontera entre responsabilidad y complicidad, sin que el costo emocional y subjetivo entre en la ecuación.

Sin embargo, este modo de relacionarse con la experiencia emocional no se limita al plano individual o vincular. Lo que se reprime, modera o silencia en los vínculos cercanos se convoca y amplifica de forma sistemática en el plano social, cultural y económico. Los sistemas mayores no operan principalmente a través de la reflexión, sino mediante la organización del sentido a través de la emoción.

En este nivel, ciertos entornos y discursos apelan de manera sostenida a emociones básicas como el miedo, la culpa, la frustración, la sensación de carencia, la necesidad de pertenencia, la ira o incluso el asco. Al mismo tiempo, instauran marcos de crisis y urgencia permanente que mantienen a los sujetos en la incertidumbre, la postergación y la espera.

El efecto no se limita a una respuesta emocional intensa: produce un estado de reactividad sostenida que desplaza la elaboración crítica y favorece conductas de evitación o compensación —consumir, adherir, rechazar, obedecer—, generando un desgaste emocional que suele expresarse como enojo difuso, apatía, resentimiento o frustración persistente.

En estos contextos, la emoción deja de funcionar solo como respuesta y pasa a operar como condición previa de interpretación. Se configura un clima emocional que delimita de antemano qué resulta pensable, aceptable o legítimo: qué es amenazante, qué se vuelve deseable, qué urge y qué puede esperar. Cuando este clima se vuelve dominante, se naturaliza, y la emoción deja de percibirse como una respuesta situada para vivirse como una lectura “obvia” de la realidad.

En ese punto, la emoción pierde su función orientadora y se transforma en un dispositivo de cohesión, dirección y control colectivo. Este funcionamiento no es nuevo ni accidental. Uno de los ejemplos más claros puede encontrarse en las estrategias de propaganda del régimen nazi. Más allá de su contenido ideológico específico, lo relevante aquí es el mecanismo: la construcción sistemática de un marco emocional que condicionaba la forma misma de pensar.

La propaganda no se organizaba en torno a argumentos complejos ni a deliberaciones racionales, sino a la activación sostenida de emociones básicas. El miedo ocupaba un lugar central, articulado mediante la construcción de un enemigo, presentado como una amenaza constante. Esta figura no solo generaba temor, sino que ofrecía una explicación emocionalmente simple para problemas sociales complejos.

Al mismo tiempo, se reforzaban emociones asociadas a la pertenencia, la identidad y la cohesión grupal. La división entre “nosotros” y “ellos” no operaba únicamente como una distinción política, sino como una frontera emocional: de un lado, seguridad, orden y sentido; del otro, peligro, caos y degradación.

De este modo, la emoción no solo orientaba la percepción, sino que establecía jerarquías de valor humano: quién tenía un lugar en el mundo y quién era construido como una amenaza cuya eliminación podía considerarse legítima.

Este mecanismo no fue exclusivo del régimen nazi ni un hecho aislado en la historia. La organización del sentido a través de climas emocionales que deshumanizan al “otro” ha operado de manera sistemática en distintos contextos y épocas: movimientos autoritarios en Europa, procesos políticos en América Latina, la clasificación racial y la deshumanización de poblaciones negras en múltiples países, los sistemas de castas que naturalizan jerarquías de valor en la India, entre otras formas de exclusión legitimadas culturalmente.

En todos los casos, la secuencia se repite: primero se instala emocionalmente quién vale y quién no; luego, todo lo demás se vuelve justificable.

Esto no es solo historia ni un conjunto de hechos del pasado. Es una herencia colectiva que no se transmite únicamente a través de leyes o relatos explícitos, sino mediante climas emocionales, imágenes y sentidos compartidos que continúan operando, muchas veces de forma invisible, en el presente.

Abolir una práctica no desactiva automáticamente el marco emocional y simbólico que la sostuvo. La ley cambia más rápido que el imaginario.

En el caso de las personas negras, aunque la esclavitud fue abolida, permanecen estereotipos que cumplen funciones similares a la antigua jerarquía explícita: ya no encadenan cuerpos, pero continúan organizando el valor social, la credibilidad y la dignidad reconocida. No se trata solo de discriminación individual o de prejuicios aislados, sino de un clima emocional heredado y reproducido culturalmente que sigue operando como filtro de percepción.

Algo similar ocurre con el sistema de castas en la India. Aunque legalmente abolido en 1950 y prohibido por la Constitución, su lógica continúa activa en la práctica social: en el acceso al trabajo, el matrimonio, la segregación territorial y las distintas formas de violencia estructural y simbólica. No funciona principalmente como ley escrita, sino como un marco cultural profundamente internalizado que organiza quién vale más, quién puede acceder a qué y quién puede ser tratado como prescindible.

Cuando estos órdenes se consolidan, el sistema ya no necesita justificarse de manera explícita. El sentido está naturalizado. No es solo ideología ni solo discurso: es la articulación entre emoción y organización del sentido lo que produce legitimidad.

La eficacia de estos dispositivos no reside en la veracidad de los hechos, sino en su capacidad para instalar un clima emocional dominante. Una vez consolidado, los acontecimientos dejan de evaluarse de manera independiente y pasan a ser interpretados automáticamente desde ese registro afectivo previo. La emoción funciona así como filtro de percepción y de pensamiento, delimitando qué resulta creíble, qué se vuelve intolerable y qué deja de ser cuestionable.

 Este patrón, visible en experiencias históricas extremas, permite comprender un funcionamiento más amplio y persistente: cuando las emociones son organizadas de manera sistemática desde posiciones de poder, no solo influyen en lo que sentimos, sino en cómo pensamos, qué percibimos y qué horizontes de acción logramos siquiera imaginar.

Hoy, los mismos recursos —simplificar la complejidad, apelar a emociones básicas, configurar climas afectivos— son utilizados de forma sostenida en el plano político, económico y mediático, así como en la publicidad y en las industrias de la atención. Aunque los fines no adopten formas abiertamente violentas, sus efectos no son menores: no buscan anular la voluntad por la fuerza, sino orientar deseos, percepciones y decisiones desde la reactividad emocional, moldeando hábitos, adhesiones, rechazos y formas de consumo que impactan profundamente en la vida social y en nuestra capacidad de autodirección.

Comprender este nivel del funcionamiento emocional resulta clave para tomar conciencia no solo de cómo regulamos nuestro equilibrio interno, sino también de las dinámicas que atraviesan los vínculos y de la manera en que se organiza el sentido en la vida colectiva.

Esto no implica negar nuestra condición emocional, sino asumirla con mayor conciencia. Seguimos siendo seres emocionales, pero podemos dejar de funcionar de manera predominantemente reactiva. La reactividad no es un defecto moral, sino un atajo del sistema psíquico: una forma de reducir esfuerzo, ahorrar energía y responder con rapidez ante estímulos ya conocidos.

Sin embargo, ese ahorro tiene un costo, con consecuencias individuales y colectivas que la historia ha mostrado con claridad. Cuando no se habilita siquiera un breve margen de tiempo para registrar, elaborar y poner en perspectiva la experiencia emocional, la respuesta queda capturada por circuitos automáticos que repiten interpretaciones y conductas ya dadas, especialmente cuando estas son reforzadas y sostenidas por grupos o masas.

Cuando una persona registra sus emociones y observa cómo dialogan con ideas previas, creencias y marcos de interpretación, y se permite ese pequeño retraso que habilita la evaluación —en lugar de aceptar respuestas automáticas—, puede contrastar los discursos con la experiencia y con sus efectos concretos, más allá de promesas, consignas o slogans. En ese gesto mínimo se amplía el margen de discernimiento, elección y responsabilidad.

 Mirar la historia —la personal y la compartida— no es un ejercicio académico ni un gesto nostálgico: es una necesidad emocional y política. 

Una y otra vez, cuando la emoción toma el mando, tendemos a repetir los mismos patrones sin registro ni elaboración. No por ignorancia, sino porque es más fácil, más rápido y menos costoso en el corto plazo.

Las estructuras de poder están organizadas para sostenerse a sí mismas, aun cuando ese sostenimiento implique guerra, hambre, exclusión y muerte. La historia y el presente lo confirman sin ambigüedades. El poder se reproduce a cualquier costo, y ese costo, una y otra vez, es la vida humana. No como accidente ni como error, sino como consecuencia estructural.

Vivimos en un mundo capaz de financiar guerras, armas y acumulación obscena de riqueza, mientras millones de personas mueren de hambre. (En 2023, alrededor de 733 millones de personas —una de cada once— padecieron hambre, según un informe conjunto de agencias de la ONU.) No se trata de incapacidad, sino de prioridades. El poder elige sostenerse incluso cuando esa elección se hace abiertamente en contra de la vida humana. Cuando una estructura necesita sacrificar vidas para mantenerse, no estamos ante una falla del sistema, sino ante su funcionamiento normal.

En ese marco, las sociedades no se configuran de manera neutral. Más allá de discursos políticos, relatos oficiales o "buenas intenciones declaradas", aprendemos desde muy temprano a adaptarnos a ese orden: normalizando jerarquías, aceptando límites como “naturales” y confundiendo estabilidad con resignación, funcionamiento con sentido. No se trata de una imposición explícita, sino de una formación progresiva —cultural, emocional y simbólica— que nos prepara para sostener estructuras que rara vez fueron pensadas desde la experiencia subjetiva de quienes las integran.

Las estructuras de poder se fortalecen en la división, la comparación, la carencia inducida y la urgencia permanente. No solo organizan sociedades: modelan la concepción misma de dignidad y valor personal. Erosionan la autoestima, reducen la percepción de potencia individual y colectiva, y debilitan la capacidad de las personas de reconocerse como sujetos con un margen de elección.

No necesitan individuos críticos, conscientes ni dueños de su vida. Funcionan mejor con personas reactivas, fragmentadas, cansadas, absorbidas por la supervivencia emocional. Sujetos que se quejan sin actuar, que creen que “todavía no es el momento” mientras delegan su dirección en promesas que nunca llegan.

Este funcionamiento se sostiene en dinámicas conocidas: el victimismo que inmoviliza, la inmadurez emocional que desplaza la responsabilidad y la necesidad constante de distracción, consumo o anestesia para no sentir, no ver ni hacerse cargo.

Y no se expresa solo en el plano macro. Estos mismos mecanismos se replican en los sistemas individuales, en los vínculos y en la forma en que cada persona se relaciona consigo misma y con los demás.

Nada de esto es nuevo. Tampoco es irreversible para quienes aún estamos a tiempo de dejar de reproducirlo. Lo que ya ocurrió no puede deshacerse; lo que sigue ocurriendo sí puede ser interrumpido. No con leyes declamativas ni con grandes discursos, sino a través de un cambio más profundo y menos espectacular: el desarrollo de conciencia.

Vivir con conciencia no significa dejar de sentir, sino habitar la experiencia en tiempo real. Registrar lo que se activa, reconocer los marcos desde los que interpretamos, cuestionar las respuestas automáticas y recuperar la capacidad de elegir cómo actuar. Es ahí donde la emoción vuelve a cumplir su función orientadora y deja de ser un instrumento de control.

En ese punto aparece una pregunta inevitable:

si el sentido se organiza emocionalmente, ¿cómo aprendemos a leerlo?

Aquí es donde la comunicación deja de ser solo emisión de mensajes, información o persuasión, y se revela como lo que realmente es: un mapa para decodificar la realidad que nos configura. No solo lo que se dice, sino lo que se activa, lo que se omite, lo que se normaliza y lo que se vuelve incuestionable.

De eso trata lo que sigue.


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Video sobre movimientos sociales del siglo XXI, realizado en el marco de la materia Medios y Ciudadanía.

Música: “Papá, cuéntame otra vez” — Ismael Serrano.

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