De la dirección personal al juego colectivo. Cuando el rol se confunde con la identidad

 


                                                                               ver tiene un costo que no todos están dispuestos a pagar

Cada gesto, por pequeño que sea, puede tener un impacto mayor de lo que imaginamos. Aunque ese impacto pueda parecer inicialmente imperceptible, si observamos cómo se manifiesta en la naturaleza, veremos que una simple semilla tiene el potencial de crecer y convertirse en un majestuoso árbol, en una pequeña planta o en una delicada flor. Sin embargo, un frondoso bosque es el resultado de muchas semillas destinadas a ser lo que son. Cada una de ellas ha contribuido para que ese bosque sea posible."

                       —  Simplemente Marian, El mapa mágico del tesoro


Hasta aquí, la dirección y la gestión de los recursos son propias, aun cuando no siempre se las asuma como tales.

Sin embargo, nadie se organiza en soledad. La vida se construye en relación con otros.

En ese entramado, las personas habitan sistemas que asignan funciones, sostienen expectativas y normalizan respuestas que, con el tiempo, dejan de percibirse como elecciones y pasan a operar como estructura.

Suele decirse que la vida es tan buena maestra que, cuando no comprendes una lección, te la repite.

Para quien tiene una mirada espiritual, esa frase describe una verdad.

Para quien no la tiene, puede no ser aceptable como afirmación causal.

Lo que sí resulta observable, en el plano concreto de la experiencia personal, es que ciertas situaciones, patrones y vínculos persisten, aun cuando cambien los escenarios, las personas o las circunstancias.

Frente a esto, la tendencia suele ser mirar hacia afuera: culpar, clasificar, agrupar bajo fórmulas como “todos son iguales” o “me pasa siempre lo mismo”. Sin embargo, el retorno de experiencias similares en contextos distintos plantea que no todo puede explicarse únicamente por factores externos.

No repetimos historias “porque sí”, ni porque el mundo sea igual en todos lados. Repetimos porque ocupamos el mismo lugar dentro de distintos sistemas. La estructura externa cambia. Lo que persiste es la lógica del rol que habilita esa dinámica: la posición desde la que se participa.

En ese marco, los roles dejan de ser meros organizadores de los sistemas a los que pertenecemos y comienzan a funcionar como definiciones silenciosas de identidad.

No porque el rol defina quiénes somos en esencia, sino porque, cuando no se revisa, organiza la acción, el lugar y la autoimagen. En ese punto, la identidad comienza a construirse alrededor del lugar que se sostiene en el vínculo.

Cuando el rol desplaza a la identidad, la acción deja de responder a las propias necesidades y pasa a girar en torno a la función que se cumple. Lo que se es queda subordinado a lo que se hace, y las necesidades  individuales quedan relegadas, postergadas o directamente invisibilizadas.

Cuando lo que hago se cristaliza como lo que soy, la posibilidad de elección se reduce. El margen de acción queda limitado por las expectativas del sistema. La dirección ya no se percibe como propia, sino como compartida —o directamente impuesta—, y la respuesta deja de ser una elección para convertirse en una exigencia permanente.

A grandes rasgos, y según la forma en que las personas se vinculan con la vida, es posible identificar dos posiciones generales frente a las circunstancias.

En una, la acción queda principalmente organizada por factores externos: el contexto, las demandas, lo esperado, lo dado. Allí el margen de elección se percibe como mínimo y el malestar tiende a explicarse por lo que ocurre afuera.

En la otra, sin negar las condiciones ni los límites, se reconoce un espacio de decisión propio. No se trata de controlar la realidad, sino de asumir desde qué lugar se responde a ella.

Estos dos modos de funcionamiento aparecen, con distintos nombres y matices, en múltiples corrientes de la psicología, la filosofía y el pensamiento contemporáneo. No describen rasgos de personalidad fijos, sino orientaciones operativas que influyen directamente en la gestión de recursos, la toma de decisiones y la sostenibilidad de la acción a lo largo del tiempo.

 Ahora bien, más allá de estas posiciones generales, existen roles más específicos que pueden asumirse tanto desde una postura como de la otra. Los roles no definen tipos de persona, sino formas de funcionamiento situadas dentro de un sistema.

Desde una perspectiva sistémica, la disposición interna puede ser distinta, pero el sistema no registra intenciones ni motivaciones subjetivas: responde a patrones que aseguran su continuidad, aun cuando no sean sanos ni equilibrados.

En ese marco, pueden configurarse distintas dinámicas que ordenan los vínculos y las posiciones que cada persona ocupa. Por ejemplo, algunas se estructuran como dinámicas de desbalance, donde las cargas y responsabilidades no se distribuyen de manera equitativa: alguien hace de más, otro se acomoda a ese hacer, y el funcionamiento se sostiene a partir de esa asimetría.

Otras responden a dinámicas de poder y sumisión, en las que el orden no se sostiene por el reparto de tareas, sino por el control, las exigencias unilaterales o la concentración de decisiones, frente a la adaptación, el silencio, la tolerancia excesiva o la renuncia progresiva a la propia posición.

Dentro de los sistemas no solo participan activamente quienes toman decisiones o asumen tareas. También forman parte quienes, aun percibiendo el desorden, sostienen el funcionamiento simplemente dejando las cosas como están. Esa pasividad no es neutra: contribuye a que ciertas formas de organización se estabilicen y se repitan.

En estos escenarios, evaluar los roles únicamente desde la culpa individual resulta insuficiente.

En los sistemas adultos no hay un único responsable. Las dinámicas se sostienen en pares complementarios: quien sostiene y quien demanda; quien exige y quien se somete; quien resuelve y quien se apoya; quien dirige y quien obedece sin cuestionar; quien evita y quien calla; quien delega sin asumir y quien absorbe.

No hay posiciones neutras ni sujetos ajenos al funcionamiento: no existe uno sin el otro, sino vínculos en los que cada posición habilita el lugar del otro. No porque exista un acuerdo explícito, sino porque el sistema aprende que así funciona. Ese reparto tácito de posiciones se vuelve familiar y se mantiene, aun cuando genere malestar, desgaste o conflictos que no conducen a una revisión real.

El rol, entonces, no define quién es el individuo, pero sí cómo opera dentro de un sistema y qué lugar ocupa en su equilibrio.

La mayoría de los roles no se asumen de manera consciente, sino que se aprenden. Aunque pueden reactivarse o reorganizarse en la adultez, este proceso rara vez se inicia allí ni es el resultado de decisiones deliberadas. Se incorporan por repetición, por adaptación y por la necesidad de responder a las exigencias del sistema en el que se crece.

Los roles no se transmiten a través de explicaciones explícitas, sino mediante la observación constante de cómo funciona el entorno.

Desde edades tempranas, los niños registran con notable precisión las dinámicas del sistema al que pertenecen. Observan quién está disponible y quién no; a quién se puede recurrir y a quién conviene no demandar; con quién es posible relajarse y con quién es necesario mantenerse alerta.

En algunos contextos, el aprendizaje es más drástico: el niño percibe que no hay adultos emocionalmente disponibles y así, no solo aprende a sostenerse a sí mismo, sino también —muchas veces— a sostener al entorno, asumiendo responsabilidades que no le corresponden por etapa ni por función.

 Nada de esto ocurre porque alguien se lo explique de forma directa, sino porque el sistema ya está organizado de ese modo. El niño no elige el rol: lo deduce. Observa quién sostiene, quién decide, quién se desborda, quién evita responsabilidades y quién está ausente, y se acomoda en función de esas señales para que el conjunto continúe funcionando.

 Así se configuran distintos roles: el que calma, el que cuida, el que se hace fuerte, el que no pide, el que se adapta, el que resuelve, el que invalida, el que domina, el que no puede. No como decisiones conscientes, sino como respuestas coherentes a un entorno determinado.

Lo que en un primer momento constituye una adaptación inteligente y necesaria para sostener el equilibrio, si no se revisa o se cuestiona puede, con el tiempo, fijarse y reproducirse en otros sistemas: en la pareja, en el trabajo, en la amistad y en la manera cotidiana de habitar la propia vida.

Estas dinámicas pueden observarse con claridad tanto en el ámbito familiar como en el laboral. Los sistemas organizan posiciones diversas —de poder, de adaptación, de sostén o de sumisión—, pero para comprender cómo se construye y se legitima un funcionamiento, voy a tomar como objeto de estudio un solo binomio particularmente frecuente y transversal a distintos contextos y tipos de vínculos: quien asume de más y quien se apoya en ese hacer. Esta configuración no agota todas las dinámicas posibles, pero permite observar con nitidez cómo un sistema se ordena a partir de la sobrecarga de uno y la descarga de otros.

Todo sistema asigna roles y tareas, y el desequilibrio no surge por ocupar un rol en sí, sino por asumir de manera sostenida funciones que corresponden a otros. Cuando una persona sostiene, ejecuta, resuelve, compensa y cubre lo que no se hace, el sistema continúa funcionando, pero lo hace apoyado en ese exceso.

Abandonar un rol no es neutro para quien lo ocupa. Ese lugar, aun cuando resulte desgastante o injusto, suele haber otorgado identidad, valor, pertenencia o la sensación de ser necesario. El rol no solo organiza funciones sino también estructura la propia imagen dentro del sistema.

 Desde esta experiencia individual, el cambio implica una pérdida concreta. Pierde un lugar reconocido, una función clara y una forma conocida de existir en el sistema.

 Reconocer el lugar que se ocupa constituye un primer paso, pero no es suficiente. Los sistemas no se transforman únicamente por la toma de conciencia individual. Cuando quien venía asumiendo los costos decide dejar de hacerlo —pone límites, libera cargas o deja de sostener lo que sostenía— el sistema responde. Esa respuesta suele manifestarse como incomodidad, resistencia, distancia o intentos de restablecer el funcionamiento previo.

Por eso, la resistencia al cambio no surge necesariamente de la ignorancia ni de la falta de conciencia. Responde a una lógica de costo–beneficio que atraviesa al sistema en su conjunto. Quien asume de más carga con el desgaste, pero quien se acomoda a ese hacer también ocupa una posición: la de sostener su estabilidad evitando conflictos, responsabilidades o redefiniciones incómodas.

Modificar el desbalance implica alterar acuerdos implícitos, redistribuir funciones y exponerse a un escenario incierto respecto de cómo continuará funcionando el sistema una vez que se rompa el orden conocido. Frente a ese riesgo, muchos prefieren permanecer en la queja, la adaptación o la observación pasiva y el sistema se mantiene no porque exista consenso, sino porque nadie quiere pagar el precio de mover las piezas.

Desde este lugar, abandonar un rol no es un acto aislado ni un simple gesto de voluntad individual. Es un proceso que implica tolerar la resistencia del sistema y atravesar aspectos incómodos.

No siempre se trata de romper vínculos ni de retirarse del intercambio —aunque en algunos casos eso sea necesario—, sino de revisar desde dónde se participa. El reordenamiento de un sistema no depende solo de quien se mueve, sino de las decisiones y motivaciones de cada uno de sus miembros. Cuando los costos y los beneficios no se reparten de manera equivalente, no todos están dispuestos a asumir el precio del cambio.

Abandonar un rol, en ocasiones, implica permitir que aparezcan las consecuencias de aquello que antes se cubría. Dejar de intervenir puede generar tensión, incomodidad o reacomodamientos forzados, pero también habilita algo fundamental: que el sistema registre la ausencia y que otros asuman responsabilidades que habían quedado desplazadas. Es un movimiento delicado, pero necesario para cualquier intento de equilibrio real.

Los roles no se consolidan en aislamiento: forman parte de entramados más amplios donde dar, recibir, permitir, tolerar o callar define como funciona el conjunto. Cada una de estas acciones —y también cada omisión— distribuye cargas, moldea expectativas y sostiene dinámicas que exceden lo individual.

 El que carga evita el conflicto y preserva pertenencia; el que se beneficia evita asumir responsabilidad; el que observa evita involucrarse. Cada rol tiene un costo, pero también una ganancia silenciosa. Y mientras esa ganancia no se haga consciente, el sistema no cambia: se justifica.

Esto plantea una pregunta crucial: si no somos capaces de equilibrar lo que sucede en nuestros espacios más cercanos, ¿qué tipo de estructuras estamos construyendo para los sistemas más amplios?

 

Las grandes jerarquías, los cargos formales o los sistemas impersonalizados no pueden asumir la responsabilidad de nuestras elecciones diarias. Los sistemas no se sostienen únicamente por la acción de unos pocos, sino —como ya advertía el pensamiento político clásico— por la inacción de muchos. Aquello que se tolera, se deja pasar o no se cuestiona termina volviéndose norma. Así, lo que hacemos —o dejamos de hacer— en estos pequeños entornos establece los patrones que luego se replican en sistemas más complejos.

 Cuando estos patrones se sostienen en el tiempo, los vínculos se empobrecen. Dejan de ser espacios de intercambio, cuidado y corresponsabilidad, para convertirse en relaciones utilitarias o defensivas, organizadas en términos de costo y beneficio más que de equilibrio y respeto. No se busca que el vínculo sea justo o saludable, sino que “funcione” al menor costo posible, aun cuando ese funcionamiento implique desgaste, silencios forzados o desigualdad sostenida.

No se trata necesariamente de falta de afecto, sino de ausencia de implicación. Cada quien protege su lugar, evita el conflicto y reduce el vínculo a lo mínimo indispensable para que el sistema no se caiga. De este modo, la pasividad deja de ser una posición neutral y se convierte en una fuerza activa que consolida el orden existente.

 Así, la pobreza vincular no es un fenómeno aislado ni meramente emocional, sino una consecuencia directa de sistemas donde la responsabilidad se diluye, el costo del desequilibrio recae siempre en otro y la comodidad se prioriza por sobre la honestidad relacional.

Y entonces la pregunta es inevitable: ¿cómo esperamos que en las grandes estructuras importe la vida humana, si en los entramados más cercanos —donde el equilibrio y el respeto deberían ser irrenunciables— aceptamos vínculos sostenidos por la conveniencia, el silencio y la desigualdad?

 En otras palabras, transformar un sistema amplio empieza por hacer consciente nuestra participación en los sistemas inmediatos, asumir los límites de nuestra acción y equilibrar cargas y beneficios allí donde realmente podemos actuar. Solo desde ese lugar podemos esperar que las estructuras mayores dejen de replicar los desbalances que aprendimos a tolerar.

 No son únicamente las grandes decisiones las que consolidan un orden, sino la acumulación de microdecisiones: los excesos asumidos, los límites que no se ponen, las omisiones reiteradas y las injusticias que se toleran en nombre de la estabilidad conocida. De este modo se construye un orden que se vive como “natural”, aunque no lo sea.

 Distinguir entre lo que “es” y lo que fue impuesto, aprendido o heredado abre la posibilidad de modificar la dinámica, redistribuir responsabilidades y redefinir el funcionamiento colectivo. No desde gestos aislados, sino desde elecciones que, aunque pequeñas, alteran la lógica que sostiene al conjunto.

Este entrelazamiento entre lo individual y lo colectivo prepara el terreno para el siguiente nivel de análisis: las creencias. Son ellas —a menudo invisibles— las que legitiman los roles, justifican los sacrificios, naturalizan los desbalances y terminan organizando tanto la acción como la percepción del mundo.


Culpar al sistema es cómodo; asumir que somos la estructura que tolera, sostiene y lo reproduce, no. La inmadurez colectiva se esconde tras la queja: es más fácil culpar que asumir el peso de nuestras decisiones. Cada acción y cada omisión son un ladrillo más en la estructura que luego nos aprieta. Quien se hace cargo rompe la ilusión de estabilidad; quien observa desde la comodidad perpetúa la misma lógica que dice: “así son las cosas” y la convierte en ley.


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