Creencias aprendidas y heredadas: aceptar lo inaceptable

 


“En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario.”
                                                                                          -  Eric Arthur Blair

En una de sus obras más conocidas, 1984, pone en boca de uno de sus personajes una afirmación que, leída con atención, revela tanto una aspiración ética como una profunda ingenuidad: que una civilización no podría sostenerse indefinidamente sobre el miedo, el odio y la crueldad. La frase encierra el deseo de que lo inhumano no perdure, pero también expone una realidad que la historia se ha encargado de desmentir una y otra vez.

 Los sistemas de dominación no solo han perdurado durante siglos, sino que lo han hecho precisamente gracias a la internalización de esas lógicas por parte de quienes las padecen. No se sostienen únicamente por la fuerza externa, sino por la adhesión, consciente o no, a las ideas que los legitiman. Pensar que “algún día” habrá una rebelión espontánea contra el poder supone ignorar un punto clave: la conciencia no aparece después del sometimiento, sino que es la condición necesaria para cuestionarlo.

 Como el propio Blair señala  “Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se rebelarán, y hasta después de haberse rebelado, no serán conscientes. Ese es el problema.” La paradoja no es casual. Sin una revisión profunda de las creencias que organizan la percepción de la realidad, el orden existente se reproduce incluso cuando resulta injusto, violento o contradictorio con los valores que se declaran defender.

De este modo, el problema no es solo el poder que oprime, sino las creencias que lo vuelven aceptable, inevitable o “natural”. Y es justamente en ese punto donde el análisis de las creencias se vuelve ineludible.

Las creencias pueden definirse como verdades subjetivas que operan en la mente como certezas incuestionables. No requieren demostración empírica para sostenerse y, en muchos casos, continúan organizando la percepción y la conducta aun cuando los hechos disponibles no las confirman o incluso las contradicen. Su fuerza no reside en su veracidad, sino en el grado de convicción con el que son asumidas.

En el plano individual, una creencia puede ser tan simple como pensar que “no vale la pena intentar”. Esa idea, aun sin haber sido puesta a prueba, es suficiente para inhibir la acción, limitar las elecciones y condicionar los resultados. No porque describa fielmente la realidad, sino porque funciona como una verdad interna desde la cual se decide qué es posible y qué no.

En el plano colectivo, las creencias adquieren un peso aún mayor, ya que se presentan como evidencias compartidas. Un ejemplo extendido es la idea del valor intrínseco de la familia o de la parentalidad, entendidas como espacios naturalmente protectores y moralmente superiores. Sin embargo, la experiencia social muestra de forma reiterada que el hecho de ser padre o madre no garantiza comportamientos de cuidado, responsabilidad o amor. Existen innumerables situaciones de abandono, violencia, abuso o negligencia ejercidas por personas que ocupan ese rol.
Señalar esto no implica negar las cualidades positivas que muchas familias encarnan, ni desconocer su potencial como espacio de contención y desarrollo. Implica, más bien, diferenciar el rol del valor. Ser padre o madre no constituye en sí mismo una garantía ética, ya que no existen requisitos, evaluaciones ni condiciones previas que aseguren la capacidad de ejercer ese lugar de manera saludable. La sacralización del rol, cuando se acepta sin cuestionamiento, puede incluso dificultar el reconocimiento de dinámicas dañinas que ocurren dentro de esos espacios.
Este mecanismo se vuelve aún más visible cuando las creencias dejan de operar solo a nivel individual y pasan a ser compartidas socialmente. La violencia de género, por ejemplo, suele pensarse y discutirse en el marco de la pareja, donde ciertas conductas comienzan a ser cuestionadas. Sin embargo, ese mismo cuestionamiento se debilita o desaparece cuando la violencia ocurre dentro de la familia y es ejercida por quienes ocupan roles socialmente sacralizados, como el de padre o madre. En esos casos, la experiencia individual muchas veces no alcanza para poner un límite, porque el entorno legitima la tolerancia en nombre de la familia, del vínculo o de la pertenencia, y vuelve más cuestionable la exclusión que el daño. Así, ciertas violencias quedan minimizadas, invisibilizadas o directamente negadas, no por falta de evidencia, sino porque el marco colectivo impone qué puede ser visto y qué debe ser soportado.
 
Las creencias operan como un filtro interpretativo a través del cual las personas leen su experiencia. Lo que se percibe como realidad directa es, en verdad, una porción organizada por marcos de sentido aprendidos y heredados. La experiencia nunca se presenta de manera neutra: siempre es interpretada.

Es como si varias personas vivieran en una misma casa, pero cada una mirara el paisaje desde una ventana distinta.
Desde una ventana se ve el bosque.
Desde otra, la ciudad.
Desde otra, el mar.
Cada vista es real, pero ninguna constituye el paisaje completo.
El problema aparece cuando se confunde lo que se ve desde una ventana con toda la realidad, y se niega que aquello que otros ven también exista.
Cuando la mirada se amplía —cuando una persona se anima a asomarse a otras ventanas— no pierde su visión: la enriquece.
Y aun así, no se ve todo.
Porque hay otras casas, otras ventanas, otros paisajes.

Las creencias funcionan de ese modo. No son mentiras ni verdades absolutas: son recortes e interpretaciones de la realidad y, en muchos casos, relatos simbólicos que buscan dar sentido a aquello que no puede conocerse de manera directa. Se configuran a partir de la experiencia, del aprendizaje y de la transmisión cultural, y actúan como marcos que orientan la acción.
 
Creer que algo es posible habilita el intento; creer que no lo es desalienta incluso antes de empezar. Creer que vale la pena insistir sostiene el esfuerzo; creer que no, conduce al abandono. De la misma manera, creer que el matrimonio es “para toda la vida” puede llevar a sostener vínculos que generan sufrimiento, así como creer que el valor personal nace del sacrificio y el esfuerzo constante puede empujar a una vida de desgaste legitimado como virtud.
Aun las creencias sobre la muerte, según cada marco cultural o religioso, reordenan decisiones, miedos y prioridades, y con ello la manera misma de vivir.

A través de las creencias no solo se interpretan hechos, sino que se organizan criterios de orientación: qué significa vivir bien, qué merece ser perseguido, qué debe evitarse y qué se acepta como “lo normal”. En ese proceso, se incorporan juicios, prejuicios y etiquetas que ordenan el mundo y ubican a cada persona dentro de él, muchas veces sin advertir que ese orden no es natural, sino aprendido.
Así, lo que surge como construcción social termina presentándose como si siempre hubiese sido así. Los parámetros de normalidad se naturalizan, y aquello que responde a acuerdos históricos, culturales y simbólicos comienza a vivirse como parte del orden mismo de las cosas.

Cuando una creencia se instala, deja de ser cuestionada y comienza a operar como marco. Dentro de ese marco, lo injusto puede volverse razonable, el desgaste confundirse con compromiso, el miedo con prudencia y la renuncia con madurez.

Un ejemplo claro de este proceso es la incorporación del teléfono celular en la vida cotidiana. Hasta hace pocas décadas no existía, y sin embargo hoy resulta difícil imaginar la vida sin él. Lo que comenzó como una herramienta funcional fue consolidándose progresivamente como un requisito implícito de participación social, hasta el punto de que su ausencia ya no se percibe como una opción.

La disponibilidad permanente se naturalizó como norma: la expectativa de estar localizable, responder de inmediato y sostener múltiples intercambios de manera simultánea dejó de presentarse como una exigencia externa para vivirse como parte “normal” del funcionamiento cotidiano. Hablar con alguien presente mientras se responde a alguien ausente, alternar de forma constante entre estímulos y fragmentar la atención se volvió habitual, pocas veces cuestionado y raramente problematizado.

Resulta, en este sentido, llamativo que conductas que en otros contextos siguen siendo consideradas faltas de respeto —interrumpir, desatender al interlocutor, desviar la mirada de manera sostenida— dejen de ser leídas como tales cuando median las pantallas. El uso del teléfono celular parece suspender criterios de convivencia que aún se sostienen discursivamente como válidos, pero que dejan de aplicarse en la práctica cotidiana.

Lo que no se nombra ni se problematiza permanece operando como norma silenciosa: no se dice que atender el celular mientras alguien habla implica una ruptura del vínculo presente, porque decirlo pondría en tensión un funcionamiento que hoy resulta funcional al sistema. Así, ciertas conductas se toleran, se justifican o se invisibilizan, no porque no tengan efectos, sino porque cuestionarlas implicaría revisar una organización de la vida que ya fue incorporada como incuestionable.

Esta lógica no solo reorganizó los vínculos, sino también el descanso, la concentración y los ritmos corporales, con efectos visibles sobre la salud física y mental. Sin embargo, esos efectos suelen leerse como fallas individuales —falta de foco, ansiedad, agotamiento— más que como consecuencias de un sistema de funcionamiento que se impuso sin deliberación consciente.

Así, lo que en un inicio fue una solución práctica terminó estableciendo una norma obligatoria, vivida retrospectivamente como si “siempre hubiera sido así”. La posibilidad de elegir otros ritmos, otras formas de presencia o incluso de no estar disponible queda desdibujada, mientras la falta de adhesión se vuelve visible y problematizada, y el daño que produce la norma permanece, en gran medida, fuera de discusión.

Por eso, revisar creencias no es un ejercicio teórico. Es una intervención directa sobre la forma en que las personas participan de los sistemas que habitan.

Las creencias no operan únicamente como contenidos mentales aislados, sino como estructuras organizadoras del sentido que orientan la interpretación de la experiencia. En ese punto, no solo importa qué se cree, sino cómo esas creencias se sostienen incluso cuando generan daño o entran en contradicción con la propia vivencia. Al consolidarse, tienden a volverse invisibles para el sujeto, funcionando como supuestos de base desde los cuales se evalúa la realidad, se justifican decisiones y se establecen jerarquías de valor.
 
En ese proceso, determinadas creencias no se mantienen por su coherencia lógica, sino por los mecanismos que las protegen del cuestionamiento. Allí intervienen los atajos cognitivos: formas simplificadas de razonamiento que permiten confirmar lo ya creído, reducir la incomodidad de la duda o preservar una identidad personal o colectiva. Las falacias cumplen, en este sentido, un rol central. No se presentan como errores evidentes, sino como modos eficaces de dar coherencia interna a una interpretación aun cuando esta sea parcial, exagerada o desconectada de los hechos.
Desde esta perspectiva, una falacia no se entiende como un simple error lógico ni como un fallo moral del pensamiento, sino como un mecanismo que permite a una creencia legitimarse, defenderse y volverse resistente a la revisión. Reconocer una falacia no implica “corregir” ideas equivocadas, sino hacer visible el entramado de razonamientos que sostiene determinadas emociones, percepciones y decisiones, tanto en la experiencia individual como en las dinámicas que estructuran el orden social.

Algunas falacias que sostienen la normalidad incuestionada

Falacia de la mayoría (ad populum)
La falacia de la mayoría consiste en asumir que algo es correcto, verdadero o aceptable simplemente porque es compartido por la mayoría. Cuando una creencia es ampliamente sostenida, deja de percibirse como una interpretación posible y comienza a vivirse como un dato de la realidad.
Bajo esta lógica, lo frecuente se confunde con lo natural, y lo normal con lo deseable. Así, prácticas, vínculos o dinámicas que generan desgaste o sufrimiento se legitiman no porque funcionen, sino porque “todos lo hacen”, “siempre fue así”, “es lo normal” o “si todo el mundo te lo dice, por algo será”. La pertenencia al grupo opera como garantía de validez, y el desacuerdo se vive como exageración, rareza o problema individual.

Falacia de la tradición

La falacia de la tradición sostiene una creencia por el solo hecho de su antigüedad. Algo se considera válido no porque sea justo, saludable o funcional, sino porque se ha hecho de ese modo durante generaciones.
En este marco, cuestionar una práctica no se vive como una revisión necesaria, sino como una amenaza al orden establecido. Frases como “en esta familia siempre fue así”, “así me criaron” o “esto se hizo toda la vida” funcionan como cierre del diálogo, desplazando la pregunta por el impacto real que esas prácticas tienen en las personas que hoy las encarnan.

Falacia del costo hundido (o del sacrificio)

La falacia del costo hundido lleva a sostener decisiones, vínculos o modos de vida dañinos bajo la idea de que ya se ha invertido demasiado como para abandonar. El tiempo, el esfuerzo o el sufrimiento pasado se utilizan como justificación para prolongar el sufrimiento presente.
Desde esta lógica, persistir se transforma en virtud, aun cuando implique desgaste, pérdida de bienestar o negación de los propios límites. La renuncia a cambiar se presenta como madurez, compromiso o fortaleza, cuando en realidad responde al temor de reconocer que aquello en lo que se invirtió no dio el resultado esperado.

Falacia de falsa dicotomía

La falacia de falsa dicotomía consiste en reducir realidades complejas a solo dos posiciones excluyentes, presentando el mundo en términos binarios: o una cosa o la otra. Bajo esta lógica, las posturas intermedias, los matices y las distinciones contextuales quedan invisibilizadas o directamente invalidadas.
Este tipo de razonamiento no solo simplifica en exceso los fenómenos sociales, políticos o éticos, sino que tiende a generalizar: disentir en un aspecto es leído como adhesión total a la posición opuesta, y coincidir parcialmente se interpreta como acuerdo absoluto. Las ideas dejan de evaluarse por su contenido específico y pasan a clasificarse por pertenencia, como si cada posición implicara un paquete cerrado de creencias que debe aceptarse o rechazarse en bloque.

En este marco, lo complejo se vuelve incómodo. La duda, la ambivalencia o el desacuerdo parcial son percibidos como incoherencia o traición, y el pensamiento crítico se reemplaza por una lógica de alineamiento. Si no se está completamente de un lado, se asume que se está del otro. Esta reducción binaria no solo empobrece el análisis, sino que dificulta el diálogo, refuerza la polarización y consolida identidades rígidas en las que ciertas ideas se defienden o se descartan sin ser verdaderamente pensadas.

Falacia de autoridad moral

La falacia de autoridad moral atribuye validez o legitimidad a una afirmación o conducta en función del rol que ocupa quien la enuncia, y no de sus actos concretos o de los efectos de lo que sostiene. El lugar simbólico se convierte en garantía, y el comportamiento queda en segundo plano.
Esto ocurre con frecuencia en ámbitos políticos, académicos, científicos y profesionales, pero también en la familia: se acepta una afirmación como verdadera simplemente porque proviene de una figura considerada experta, mayor, responsable o “bien intencionada”, sin revisar intereses, contextos o consecuencias. La autoridad reemplaza al análisis, y la obediencia al criterio propio.

Falacia ad hominem (contra la persona)

El ad hominem desplaza la discusión del contenido del argumento hacia la persona que lo enuncia. En lugar de analizar lo que se dice, se descalifica a quien lo dice, invalidando su posición por atributos personales, antecedentes, rasgos de carácter o supuestas intenciones. De este modo, el argumento queda sin responder, pero socialmente desacreditado.
Este recurso es frecuente en el discurso político y mediático, donde una idea se descarta no por su falta de consistencia, sino porque “quien la plantea es radical”, “no es confiable”, “habla desde el resentimiento” o “tiene intereses ocultos”. La atención se corre del contenido al emisor, y la discusión se clausura sin haber ocurrido.


Falacia del hombre de paja

La falacia del hombre de paja consiste en alterar el argumento del otro mediante recortes, desplazamientos de contexto o simplificaciones forzadas, construyendo una versión distorsionada de su posición. En lugar de responder al planteo real, se discute contra una formulación más extrema, más rígida o fácil de refutar.
Este mecanismo suele operar extrayendo una parte del argumento, ignorando sus condiciones o reformulándolo de manera que pierda su sentido original. Así, una crítica puntual se convierte en una postura absoluta, una pregunta en una acusación y un límite en una negación total. El resultado es una discusión aparente, donde se refuta algo que nunca fue afirmado.

Falacia de la pendiente resbaladiza

La falacia de la pendiente resbaladiza consiste en presentar una acción, decisión o cuestionamiento como el primer paso de una cadena inevitable de consecuencias negativas. Se asume que permitir una alternativa distinta conducirá necesariamente a un desenlace catastrófico, sin demostrar de manera fundada la relación causal entre los hechos.

 En el plano colectivo, esta falacia opera cuando se justifica la adopción de medidas extremas bajo la premisa de que no actuar implicaría un daño mayor. La complejidad de la situación se reduce a un escenario de urgencia permanente: cualquier duda, límite o desacuerdo es leído como una amenaza al orden, la seguridad o la supervivencia. De este modo, se clausura la posibilidad de evaluar opciones intermedias y se legitiman decisiones que se presentan como inevitables, aun cuando sus costos humanos y sociales sean profundos.

 Incluso principios considerados universales, como el derecho a la vida, muestran cómo las creencias colectivas operan de manera selectiva. Aunque se proclaman como valores fundamentales y supremos, en determinados contextos pueden ser suspendidos o relativizados mediante argumentos que los presentan como necesarios para proteger otros bienes considerados superiores. La guerra constituye un ejemplo paradigmático: se justifica en nombre de la defensa, la soberanía o la seguridad, y se sostiene no solo por decisiones políticas, sino por la adhesión de quienes aceptan poner el propio cuerpo en riesgo en nombre de esos valores. En estos casos, la apelación a la mayoría, a la tradición, a la autoridad moral y al miedo a escenarios futuros catastróficos opera como mecanismo de legitimación, reduciendo el margen de cuestionamiento y desplazando el foco del costo humano implicado.

Desde esta perspectiva, el análisis de las falacias no es un ejercicio lógico abstracto, sino una vía para comprender cómo ciertas emociones, decisiones y modos de vida se sostienen en marcos interpretativos que refuerzan tanto la experiencia individual como el orden social. Identificarlas no elimina el conflicto ni garantiza acuerdos, pero permite advertir que muchas “verdades” no se mantienen por su coherencia lógica ni por su correspondencia con los hechos, sino por mecanismos que las protegen del cuestionamiento. En ese desplazamiento, lo discutible se vuelve incuestionable, y lo aprendido se confunde con lo real.

Reconocer estas dinámicas no busca reemplazar una creencia por otra, sino recuperar la capacidad de pensar allí donde la lógica fue suspendida en nombre de la costumbre, la pertenencia o el miedo.

 
Abordar el tema de las creencias no es una tarea acotada ni un ejercicio que pueda resolverse en pocas páginas. Las creencias atraviesan la vida entera: organizan la forma en que se interpreta la realidad, orientan las decisiones cotidianas y condicionan los recorridos vitales posibles. Cada elección, cada renuncia y cada expectativa se apoya —de manera explícita o implícita— en un sistema de creencias previo.
 
Expresiones como “la vida es así”, “las cosas son así” o “no se puede hacer de otra manera” suelen cerrar conversaciones y debates sobre temas diversos. Muchas veces aparecen acompañadas de un tono de resignación, como si la realidad fuese única, fija e inmodificable, y como si las formas de vivir, vincularse o decidir no admitieran alternativas. Sin embargo, la realidad que cada persona habita no es un dato uniforme ni idéntico para todos.
Si lo fuera, las trayectorias vitales, las reacciones emocionales y los resultados serían similares. Pero no lo son. Es el sistema de creencias desde el cual se interpreta la experiencia el que orienta las decisiones y produce resultados distintos. Creer que algo es posible o creer que no lo es conduce a acciones diferentes, a elecciones distintas y, en consecuencia, a vidas que toman direcciones divergentes.
 
Muchas de estas creencias no son estrictamente individuales. Se comparten con el entorno, con la cultura y con la época. Circulan como verdades evidentes, aun cuando se sostienen sobre significados construidos, supuestos no revisados o narrativas que responden a determinados fines. Si esas ideas se vivencian como naturales es precisamente porque han sido aprendidas, repetidas y reforzadas socialmente.

 La psicología social ha mostrado que, frente a un grupo que sostiene una afirmación falsa, muchas personas prefieren alinearse con la mayoría antes que expresar lo que efectivamente perciben, evidenciando el peso de la pertenencia y el costo subjetivo de contradecir lo establecido. 

Las creencias, entonces, no se sostienen solo porque “tengan sentido”, sino porque desafiarlas implica exponerse a consecuencias.
Estas creencias no operan solo a nivel cognitivo. No se experimentan únicamente como ideas, sino también como estados emocionales. Aquello que se cree verdadero se siente como real. De este modo, emociones genuinas pueden sostenerse sobre interpretaciones aprendidas, condicionadas o socialmente reforzadas. Comprender el papel de las creencias no implica invalidar la emoción ni desautorizar la experiencia subjetiva, sino reconocer que el sistema emocional responde a lecturas previas del mundo que pueden ser revisadas.
 
No todas las creencias son “errores” ni todas son manipulaciones. Muchas fueron útiles en algún momento y en determinados contextos: permitieron sobrevivir, pertenecer, sostenerse o encontrar sentido. Revisarlas no implica destruir la identidad, sino ampliar el margen de conciencia; animarse a asomarse a otras ventanas para construir una comprensión más amplia tanto del propio mundo como del mundo compartido.
En el capítulo siguiente, las emociones serán abordadas no como un obstáculo a superar, sino como una vía de acceso privilegiada para reconocer las creencias que organizan la experiencia y comprender cómo se orientan, muchas veces sin advertirlo, las decisiones y los modos de habitar la vida.




siguiente: Emociones: el lenguaje del cuerpo antes de la conciencia

 

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