Creencias aprendidas y heredadas: aceptar lo inaceptable
En una de
sus obras más conocidas, 1984, pone en boca de uno de sus personajes una
afirmación que, leída con atención, revela tanto una aspiración ética como una
profunda ingenuidad: que una civilización no podría sostenerse indefinidamente
sobre el miedo, el odio y la crueldad. La frase encierra el deseo de que lo inhumano no perdure, pero también expone una realidad que la
historia se ha encargado de desmentir una y otra vez.
De este
modo, el problema no es solo el poder que oprime, sino las creencias que lo
vuelven aceptable, inevitable o “natural”. Y es justamente en ese punto donde
el análisis de las creencias se vuelve ineludible.
Las creencias pueden definirse como verdades subjetivas que operan en la mente como certezas incuestionables. No requieren demostración empírica para sostenerse y, en muchos casos, continúan organizando la percepción y la conducta aun cuando los hechos disponibles no las confirman o incluso las contradicen. Su fuerza no reside en su veracidad, sino en el grado de convicción con el que son asumidas.
En el plano individual, una creencia puede ser tan simple como pensar que “no vale la pena intentar”. Esa idea, aun sin haber sido puesta a prueba, es suficiente para inhibir la acción, limitar las elecciones y condicionar los resultados. No porque describa fielmente la realidad, sino porque funciona como una verdad interna desde la cual se decide qué es posible y qué no.
En el plano
colectivo, las creencias adquieren un peso aún mayor, ya que se presentan como
evidencias compartidas. Un ejemplo extendido es la idea del valor intrínseco de
la familia o de la parentalidad, entendidas como espacios naturalmente
protectores y moralmente superiores. Sin embargo, la experiencia social muestra
de forma reiterada que el hecho de ser padre o madre no garantiza
comportamientos de cuidado, responsabilidad o amor. Existen innumerables
situaciones de abandono, violencia, abuso o negligencia ejercidas por personas
que ocupan ese rol.
Señalar esto
no implica negar las cualidades positivas que muchas familias encarnan, ni
desconocer su potencial como espacio de contención y desarrollo. Implica, más
bien, diferenciar el rol del valor. Ser padre o madre no constituye en sí mismo
una garantía ética, ya que no existen requisitos, evaluaciones ni condiciones
previas que aseguren la capacidad de ejercer ese lugar de manera saludable. La
sacralización del rol, cuando se acepta sin cuestionamiento, puede incluso
dificultar el reconocimiento de dinámicas dañinas que ocurren dentro de esos
espacios.
Este
mecanismo se vuelve aún más visible cuando las creencias dejan de operar solo a
nivel individual y pasan a ser compartidas socialmente. La violencia de género,
por ejemplo, suele pensarse y discutirse en el marco de la pareja, donde
ciertas conductas comienzan a ser cuestionadas. Sin embargo, ese mismo
cuestionamiento se debilita o desaparece cuando la violencia ocurre dentro de
la familia y es ejercida por quienes ocupan roles socialmente sacralizados,
como el de padre o madre. En esos casos, la experiencia individual muchas veces
no alcanza para poner un límite, porque el entorno legitima la tolerancia en
nombre de la familia, del vínculo o de la pertenencia, y vuelve más
cuestionable la exclusión que el daño. Así, ciertas violencias quedan minimizadas,
invisibilizadas o directamente negadas, no por falta de evidencia, sino porque
el marco colectivo impone qué puede ser visto y qué debe ser soportado.
Las
creencias operan como un filtro interpretativo a través del cual las personas
leen su experiencia. Lo que se percibe como realidad directa es, en verdad, una
porción organizada por marcos de sentido aprendidos y heredados. La experiencia
nunca se presenta de manera neutra: siempre es interpretada.
Es como si
varias personas vivieran en una misma casa, pero cada una mirara el paisaje
desde una ventana distinta.
Desde una
ventana se ve el bosque.
Desde otra,
la ciudad.
Desde otra,
el mar.
Cada vista
es real, pero ninguna constituye el paisaje completo.
El problema
aparece cuando se confunde lo que se ve desde una ventana con toda la realidad,
y se niega que aquello que otros ven también exista.
Cuando la
mirada se amplía —cuando una persona se anima a asomarse a otras ventanas— no
pierde su visión: la enriquece.
Y aun así,
no se ve todo.
Porque hay
otras casas, otras ventanas, otros paisajes.
Las
creencias funcionan de ese modo. No son mentiras ni verdades absolutas: son
recortes e interpretaciones de la realidad y, en muchos casos, relatos
simbólicos que buscan dar sentido a aquello que no puede conocerse de manera
directa. Se configuran a partir de la experiencia, del aprendizaje y de la
transmisión cultural, y actúan como marcos que orientan la acción.
Creer que
algo es posible habilita el intento; creer que no lo es desalienta incluso
antes de empezar. Creer que vale la pena insistir sostiene el esfuerzo; creer
que no, conduce al abandono. De la misma manera, creer que el matrimonio es
“para toda la vida” puede llevar a sostener vínculos que generan sufrimiento,
así como creer que el valor personal nace del sacrificio y el esfuerzo
constante puede empujar a una vida de desgaste legitimado como virtud.
Aun las
creencias sobre la muerte, según cada marco cultural o religioso, reordenan
decisiones, miedos y prioridades, y con ello la manera misma de vivir.
A través de
las creencias no solo se interpretan hechos, sino que se organizan criterios de
orientación: qué significa vivir bien, qué merece ser perseguido, qué debe
evitarse y qué se acepta como “lo normal”. En ese proceso, se incorporan
juicios, prejuicios y etiquetas que ordenan el mundo y ubican a cada persona
dentro de él, muchas veces sin advertir que ese orden no es natural, sino
aprendido.
Así, lo que
surge como construcción social termina presentándose como si siempre hubiese
sido así. Los parámetros de normalidad se naturalizan, y aquello que responde a
acuerdos históricos, culturales y simbólicos comienza a vivirse como parte del
orden mismo de las cosas.
Cuando una creencia se instala, deja de ser cuestionada y comienza a operar como marco. Dentro de ese marco, lo injusto puede volverse razonable, el desgaste confundirse con compromiso, el miedo con prudencia y la renuncia con madurez.
Un ejemplo claro de este proceso es la incorporación del teléfono celular en la vida cotidiana. Hasta hace pocas décadas no existía, y sin embargo hoy resulta difícil imaginar la vida sin él. Lo que comenzó como una herramienta funcional fue consolidándose progresivamente como un requisito implícito de participación social, hasta el punto de que su ausencia ya no se percibe como una opción.
La disponibilidad permanente se naturalizó como norma: la expectativa de estar localizable, responder de inmediato y sostener múltiples intercambios de manera simultánea dejó de presentarse como una exigencia externa para vivirse como parte “normal” del funcionamiento cotidiano. Hablar con alguien presente mientras se responde a alguien ausente, alternar de forma constante entre estímulos y fragmentar la atención se volvió habitual, pocas veces cuestionado y raramente problematizado.
Resulta, en este sentido, llamativo que conductas que en otros contextos siguen siendo consideradas faltas de respeto —interrumpir, desatender al interlocutor, desviar la mirada de manera sostenida— dejen de ser leídas como tales cuando median las pantallas. El uso del teléfono celular parece suspender criterios de convivencia que aún se sostienen discursivamente como válidos, pero que dejan de aplicarse en la práctica cotidiana.
Lo que no se nombra ni se problematiza permanece operando como norma silenciosa: no se dice que atender el celular mientras alguien habla implica una ruptura del vínculo presente, porque decirlo pondría en tensión un funcionamiento que hoy resulta funcional al sistema. Así, ciertas conductas se toleran, se justifican o se invisibilizan, no porque no tengan efectos, sino porque cuestionarlas implicaría revisar una organización de la vida que ya fue incorporada como incuestionable.
Esta lógica no solo reorganizó los vínculos, sino también el descanso, la concentración y los ritmos corporales, con efectos visibles sobre la salud física y mental. Sin embargo, esos efectos suelen leerse como fallas individuales —falta de foco, ansiedad, agotamiento— más que como consecuencias de un sistema de funcionamiento que se impuso sin deliberación consciente.
Así, lo que en un inicio fue una solución práctica terminó estableciendo una norma obligatoria, vivida retrospectivamente como si “siempre hubiera sido así”. La posibilidad de elegir otros ritmos, otras formas de presencia o incluso de no estar disponible queda desdibujada, mientras la falta de adhesión se vuelve visible y problematizada, y el daño que produce la norma permanece, en gran medida, fuera de discusión.
Por eso, revisar creencias no es un ejercicio teórico. Es una intervención directa sobre la forma en que las personas participan de los sistemas que habitan.
Las
creencias no operan únicamente como contenidos mentales aislados, sino como
estructuras organizadoras del sentido que orientan la interpretación de la
experiencia. En ese punto, no solo importa qué se cree, sino cómo esas
creencias se sostienen incluso cuando generan daño o entran en contradicción
con la propia vivencia. Al consolidarse, tienden a volverse invisibles para el
sujeto, funcionando como supuestos de base desde los cuales se evalúa la
realidad, se justifican decisiones y se establecen jerarquías de valor.
En ese
proceso, determinadas creencias no se mantienen por su coherencia lógica, sino
por los mecanismos que las protegen del cuestionamiento. Allí intervienen los
atajos cognitivos: formas simplificadas de razonamiento que permiten confirmar
lo ya creído, reducir la incomodidad de la duda o preservar una identidad
personal o colectiva. Las falacias cumplen, en este sentido, un rol central. No
se presentan como errores evidentes, sino como modos eficaces de dar coherencia
interna a una interpretación aun cuando esta sea parcial, exagerada o
desconectada de los hechos.
Desde esta
perspectiva, una falacia no se entiende como un simple error lógico ni como un
fallo moral del pensamiento, sino como un mecanismo que permite a una creencia
legitimarse, defenderse y volverse resistente a la revisión. Reconocer una
falacia no implica “corregir” ideas equivocadas, sino hacer visible el
entramado de razonamientos que sostiene determinadas emociones, percepciones y
decisiones, tanto en la experiencia individual como en las dinámicas que
estructuran el orden social.
Algunas falacias que sostienen la normalidad incuestionada
Falacia
de la mayoría (ad populum)
La falacia
de la mayoría consiste en asumir que algo es correcto, verdadero o aceptable
simplemente porque es compartido por la mayoría. Cuando una creencia es
ampliamente sostenida, deja de percibirse como una interpretación posible y
comienza a vivirse como un dato de la realidad.
Bajo esta
lógica, lo frecuente se confunde con lo natural, y lo normal con lo deseable.
Así, prácticas, vínculos o dinámicas que generan desgaste o sufrimiento se
legitiman no porque funcionen, sino porque “todos lo hacen”, “siempre fue así”,
“es lo normal” o “si todo el mundo te lo dice, por algo será”. La pertenencia
al grupo opera como garantía de validez, y el desacuerdo se vive como
exageración, rareza o problema individual.
Falacia de la tradición
La falacia
de la tradición sostiene una creencia por el solo hecho de su antigüedad. Algo
se considera válido no porque sea justo, saludable o funcional, sino porque se
ha hecho de ese modo durante generaciones.
En este
marco, cuestionar una práctica no se vive como una revisión necesaria, sino
como una amenaza al orden establecido. Frases como “en esta familia siempre fue
así”, “así me criaron” o “esto se hizo toda la vida” funcionan como cierre del
diálogo, desplazando la pregunta por el impacto real que esas prácticas tienen
en las personas que hoy las encarnan.
Falacia del costo hundido (o del sacrificio)
La falacia
del costo hundido lleva a sostener decisiones, vínculos o modos de vida dañinos
bajo la idea de que ya se ha invertido demasiado como para abandonar. El
tiempo, el esfuerzo o el sufrimiento pasado se utilizan como justificación para
prolongar el sufrimiento presente.
Desde esta
lógica, persistir se transforma en virtud, aun cuando implique desgaste,
pérdida de bienestar o negación de los propios límites. La renuncia a cambiar
se presenta como madurez, compromiso o fortaleza, cuando en realidad responde
al temor de reconocer que aquello en lo que se invirtió no dio el resultado
esperado.
Falacia de falsa dicotomía
La falacia
de falsa dicotomía consiste en reducir realidades complejas a solo dos
posiciones excluyentes, presentando el mundo en términos binarios: o una cosa o
la otra. Bajo esta lógica, las posturas intermedias, los matices y las
distinciones contextuales quedan invisibilizadas o directamente invalidadas.
Este tipo de
razonamiento no solo simplifica en exceso los fenómenos sociales, políticos o
éticos, sino que tiende a generalizar: disentir en un aspecto es leído como
adhesión total a la posición opuesta, y coincidir parcialmente se interpreta
como acuerdo absoluto. Las ideas dejan de evaluarse por su contenido específico
y pasan a clasificarse por pertenencia, como si cada posición implicara un
paquete cerrado de creencias que debe aceptarse o rechazarse en bloque.
En este marco, lo complejo se vuelve incómodo. La duda, la ambivalencia o el desacuerdo parcial son percibidos como incoherencia o traición, y el pensamiento crítico se reemplaza por una lógica de alineamiento. Si no se está completamente de un lado, se asume que se está del otro. Esta reducción binaria no solo empobrece el análisis, sino que dificulta el diálogo, refuerza la polarización y consolida identidades rígidas en las que ciertas ideas se defienden o se descartan sin ser verdaderamente pensadas.
Falacia de autoridad moral
La falacia
de autoridad moral atribuye validez o legitimidad a una afirmación o conducta
en función del rol que ocupa quien la enuncia, y no de sus actos concretos o de
los efectos de lo que sostiene. El lugar simbólico se convierte en garantía, y
el comportamiento queda en segundo plano.
Esto ocurre
con frecuencia en ámbitos políticos, académicos, científicos y profesionales,
pero también en la familia: se acepta una afirmación como verdadera simplemente
porque proviene de una figura considerada experta, mayor, responsable o “bien
intencionada”, sin revisar intereses, contextos o consecuencias. La autoridad
reemplaza al análisis, y la obediencia al criterio propio.
Falacia
ad hominem (contra
la persona)
El ad
hominem desplaza la discusión del contenido del argumento hacia la persona que
lo enuncia. En lugar de analizar lo que se dice, se descalifica a quien lo
dice, invalidando su posición por atributos personales, antecedentes, rasgos de
carácter o supuestas intenciones. De este modo, el argumento queda sin
responder, pero socialmente desacreditado.
Este recurso
es frecuente en el discurso político y mediático, donde una idea se descarta no
por su falta de consistencia, sino porque “quien la plantea es radical”, “no es
confiable”, “habla desde el resentimiento” o “tiene intereses ocultos”. La
atención se corre del contenido al emisor, y la discusión se clausura sin haber
ocurrido.
Falacia
del hombre de paja
La falacia
del hombre de paja consiste en alterar el argumento del otro mediante recortes,
desplazamientos de contexto o simplificaciones forzadas, construyendo una
versión distorsionada de su posición. En lugar de responder al planteo real, se
discute contra una formulación más extrema, más rígida o fácil de refutar.
Este
mecanismo suele operar extrayendo una parte del argumento, ignorando sus
condiciones o reformulándolo de manera que pierda su sentido original. Así, una
crítica puntual se convierte en una postura absoluta, una pregunta en una
acusación y un límite en una negación total. El resultado es una discusión
aparente, donde se refuta algo que nunca fue afirmado.
Falacia
de la pendiente resbaladiza
La falacia
de la pendiente resbaladiza consiste en presentar una acción, decisión o
cuestionamiento como el primer paso de una cadena inevitable de consecuencias
negativas. Se asume que permitir una alternativa distinta conducirá
necesariamente a un desenlace catastrófico, sin demostrar de manera fundada la
relación causal entre los hechos.
En el plano
colectivo, esta falacia opera cuando se justifica la adopción de medidas
extremas bajo la premisa de que no actuar implicaría un daño mayor. La
complejidad de la situación se reduce a un escenario de urgencia permanente:
cualquier duda, límite o desacuerdo es leído como una amenaza al orden, la
seguridad o la supervivencia. De este modo, se clausura la posibilidad de
evaluar opciones intermedias y se legitiman decisiones que se presentan como
inevitables, aun cuando sus costos humanos y sociales sean profundos.
Incluso
principios considerados universales, como el derecho a la vida, muestran cómo
las creencias colectivas operan de manera selectiva. Aunque se proclaman como
valores fundamentales y supremos, en determinados contextos pueden ser
suspendidos o relativizados mediante argumentos que los presentan como
necesarios para proteger otros bienes considerados superiores. La guerra
constituye un ejemplo paradigmático: se justifica en nombre de la defensa, la
soberanía o la seguridad, y se sostiene no solo por decisiones políticas, sino
por la adhesión de quienes aceptan poner el propio cuerpo en riesgo en nombre
de esos valores. En estos casos, la apelación a la mayoría, a la tradición, a
la autoridad moral y al miedo a escenarios futuros catastróficos opera como
mecanismo de legitimación, reduciendo el margen de cuestionamiento y
desplazando el foco del costo humano implicado.
Falacia
de la pendiente resbaladiza
La falacia de la pendiente resbaladiza consiste en presentar una acción, decisión o cuestionamiento como el primer paso de una cadena inevitable de consecuencias negativas. Se asume que permitir una alternativa distinta conducirá necesariamente a un desenlace catastrófico, sin demostrar de manera fundada la relación causal entre los hechos.

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