De la fábrica del Sentido al diseño de lo posible
“El objetivo principal de la educación es crear personas capaces de hacer cosas nuevas, no simplemente repetir lo que otras generaciones han hecho.” — Jean Piaget, Psicología y pedagogía (1969)
En
capítulos anteriores hemos examinado distintos mecanismos a través de los
cuales se reproduce el orden social. A lo largo de la historia, difícilmente
puede identificarse un período en el que dicho orden haya estado orientado de
manera sostenida al bien común —entendido, en términos clásicos del
utilitarismo, como el mayor bienestar para el mayor número de personas—. El
progreso material alcanzado por la humanidad no se ha distribuido de manera
equivalente: el bienestar ha tendido a concentrarse y a difundirse de forma
desigual, mientras amplios sectores, protagonistas indispensables de ese mismo
proceso, quedan excluidos de los beneficios que contribuyeron a producir.
La
estabilidad de este orden no depende únicamente de la coerción o del poder
formal, sino también del consenso explícito o tácito de las mayorías. Un
sistema perdura no solo porque algunos lo imponen, sino porque muchos lo
sostienen: defendiéndolo, adaptándose a él, beneficiándose parcialmente o,
simplemente, evitando confrontarlo. En esa combinación de acción, resignación y
silencio se configura la dirección colectiva —el rumbo efectivo de una
sociedad— y, por extensión, los resultados que luego se interpretan como
experiencias individuales aisladas, aun cuando son producto de dinámicas
colectivas que permanecen fuera de cuestionamiento.
Criticar
ese funcionamiento resulta relativamente sencillo en el plano discursivo:
frente a una pantalla, en redes sociales o en conversaciones informales, los
diagnósticos abundan. Lo difícil es reconocerse como parte de la trama que
reproduce aquello mismo que se cuestiona. ¿Quién sostiene realmente el poder?, ¿quiénes
lo ejercen o la mayoría que lo acepta como válido, se adapta a él o se declara
neutral mientras no interviene? El poder
y el sometimiento no son posiciones aisladas, sino roles que se consolidan
mutuamente y se replican tanto a gran escala como en las estructuras más
pequeñas de la vida cotidiana. Como suele atribuirse a Albert Einstein: “La
vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que
se sientan a ver lo que pasa”.
Al examinar
la comunicación, vimos que no solo transmite información, sino que produce
sentido: configura percepciones, creencias y modos de habitar la realidad
colectiva. Un orden social se vuelve particularmente estable cuando esas formas
de percepción inducen a la adaptación más que a la conciencia crítica de la
propia posición dentro del sistema.
Karl Marx
distinguía entre clase en sí y clase para sí: la primera
representa a un grupo que comparte intereses comunes, pero aún no ha
desarrollado conciencia de su situación; la segunda reconoce su posición
histórica y actúa para transformarla. La “posición histórica” no se refiere
solo al lugar que ocupamos en la sociedad, sino a la comprensión del papel que
ese lugar implica en la dinámica social y en el cambio posible. Este
reconocimiento permite pasar de la pasividad a la acción colectiva. Es
importante aclarar que Marx delimita esta distinción al plano de la conciencia
de clase y al rol de cada grupo en la reproducción o transformación del orden
social.
Estas
categorías se inspiran en conceptos más antiguos de Hegel sobre ser
en sí y ser para sí, y fueron retomadas por Sartre, quien los
aplicó al individuo para describir el paso de una existencia pasiva a una
conciencia libre y autoconsciente, capaz de proyectarse y actuar en el mundo.
Para Sartre, el ser en sí corresponde a lo que simplemente es, sin
autoconciencia ni capacidad de trascenderlo, mientras que el ser para sí
es la conciencia que se reconoce a sí misma y ejerce libertad y responsabilidad
sobre sus elecciones dentro de sus márgenes de posibilidad.
Retomando
estas ideas en el plano individual, podemos decir que conciencia en sí
es percibir problemas y limitaciones de manera pasiva, mientras que conciencia
para sí implica reconocer nuestra posición, nuestras posibilidades de
acción y asumir la responsabilidad de intervenir. Es el paso de la observación
crítica a la acción reflexiva, de la mera comprensión a la participación
activa. Del conocimiento a la puesta en práctica de ese conocimiento: la
conciencia activa exige no solo saber, sino actuar desde ese saber.
Si la
comunicación puede despertar o adormecer la conciencia, la educación tiene un
papel aún más decisivo: no solo transmite conocimientos, sino que modela las
capacidades prácticas con las que los individuos se relacionarán con la
realidad. Puede formar sujetos capaces de pensar y actuar por sí mismos, o
individuos cuya principal habilidad sea ajustarse a estructuras preexistentes.
En este segundo escenario, los ciudadanos permanecen en una conciencia en sí
prolongada: perciben problemas y limitaciones, pero la conciencia queda
detenida en un plano meramente descriptivo y no se traduce en intervención
efectiva.
Esta
dinámica no es solo pedagógica, sino también política y cultural. Toda sociedad
requiere cierto grado de autoridad en la infancia, pero el objetivo del
desarrollo es el pasaje progresivo de la heteronomía —actuar según normas
impuestas— a la autonomía —regularse a partir de criterios propios—. Cuando ese
tránsito no se consolida, se forman adultos dependientes de directrices
externas: más inclinados a delegar decisiones que a asumirlas, más entrenados
para cumplir instrucciones que para evaluar situaciones y responder por sus
consecuencias. La referencia principal continúa siendo externa, como en la
infancia, por lo que la iniciativa propia aparece asociada al riesgo, al error
o a la desaprobación. En lugar de actuar según su propio criterio, muchos esperan
autorización o la certeza de que no habrá consecuencias negativas. Evitan el
conflicto aun cuando la situación requiere enfrentarlo y toleran condiciones
que podrían modificar. Así, la adaptación reemplaza a la autodeterminación y la
obediencia se vuelve más frecuente que la responsabilidad activa.
Desde los
primeros años en la escuela primaria, el ingreso al sistema implica una
adaptación a parámetros de rendimiento estandarizados que facilitan la
organización colectiva, pero que exigen a todos responder a los mismos
criterios independientemente de sus disposiciones o talentos particulares. Este
proceso puede desplazar tempranamente la exploración de aquello en lo que cada
niño destaca e introducir una lógica de comparación constante, donde las
dificultades en ciertas áreas tienden a vivirse como insuficiencia o fracaso,
aun cuando lo esperable es que las capacidades estén distribuidas de manera
desigual y respondan a diferencias necesarias para el funcionamiento conjunto. A
ello se suma que no todas las habilidades reciben el mismo reconocimiento
social: ciertas competencias son jerarquizadas como más valiosas que otras,
configurando diferencias simbólicas que influyen en la autoestima, las
trayectorias educativas y las oportunidades futuras, y que más tarde se
traducen en prestigio, acceso diferencial a recursos y reconocimiento
económico, independientemente de la contribución real que esas capacidades
puedan tener para la vida colectiva.
De este
modo, el sistema no solo evalúa desempeño, sino que también define
implícitamente qué talentos cuentan y cuáles quedan relegados, desplazando el
criterio de excelencia dentro de cada campo por una jerarquía previa entre
campos, aun cuando todos resulten funcionales y se complementen entre sí para
el sostenimiento de la vida social.
En la
educación superior, las estructuras jerárquicas suelen mantenerse: el profesor
posee una autoridad basada en su dominio de un campo de conocimiento, cuyo
papel es transmitirlo, pero esa función no implica una superioridad personal ni
debería reproducir relaciones de dependencia propias de la infancia entre
adultos responsables de su propio aprendizaje. Si bien existen docentes que
fomentan el debate, la reflexión crítica y la construcción de criterio propio
—lo cual depende en gran medida de su predisposición individual—, ese no suele
ser el resultado estructural esperado por el sistema. La evaluación continua
privilegiando la reproducción fiel de contenidos antes que la elaboración
personal, lo que se evidencia en exámenes diseñados para respuestas homogéneas
más que para interpretaciones argumentadas. De este modo, una etapa que podría
consolidar la autonomía intelectual termina, con frecuencia, reforzando la
adaptación a marcos preestablecidos.
En el mundo
laboral, gran parte de los empleos continúa operando bajo una lógica de
supervisión constante: instrucciones detalladas, control externo y márgenes
acotados para la toma de decisiones. Incluso aquellas organizaciones que
intentan adoptar modelos más horizontales o autónomos suelen enfrentar una
dificultad estructural: muchas personas no han sido formadas para la
autogestión, sino para la ejecución bajo control.
Esto se
manifiesta no solo en la necesidad de aprobación permanente o en la dificultad
para priorizar sin indicaciones explícitas, sino también en la tendencia a
limitar la propia acción al cumplimiento formal del rol, aun cuando el
trabajador advierta que las instrucciones recibidas son insuficientes,
ineficaces o incluso contraproducentes para el objetivo declarado. La consigna
implícita es “cumplir con lo pedido”, no “hacerse cargo del resultado”.
En este
marco, la responsabilidad se disocia de la acción: el individuo ejecuta, pero
atribuye las consecuencias a la instancia que ordena. La obediencia operativa
prevalece sobre el criterio profesional, y la posibilidad de intervenir para
mejorar una situación queda subordinada al permiso o a la cobertura jerárquica.
Incluso cuando algo funciona mal, se mantiene la inercia de repetir el
procedimiento, porque apartarse de él implica exponerse.
Hasta hace no mucho tiempo, las personas mayores de cierta edad encontraban crecientes dificultades para reinsertarse en el mercado, mientras que hoy muchas organizaciones manifiestan una preferencia inversa: trabajadores con experiencia son percibidos como más estables, constantes y capaces de sostener exigencias a largo plazo, mientras que los más jóvenes aparecen con frecuencia como más fluctuantes o menos dispuestos a someterse a estructuras rígidas. Estas diferencias reflejan procesos de socialización distintos y modelos educativos que han cambiado con el tiempo.
Educar no
es únicamente transmitir conocimientos; es, ante todo, formar un tipo de sujeto
social. Cada sistema educativo, más allá de sus discursos sobre calidad o
inclusión, moldea una estructura interna: define cuánto se exige, qué se
considera error, cómo se gestionan las consecuencias y qué lugar ocupa la
responsabilidad individual. En esa arquitectura silenciosa se configura un perfil de adulto que sea capaz de responder a las demandas y expectativas del sistema,
incluso cuando esa adaptación entra en tensión con su autonomía, restringe su
desarrollo o contribuye a reproducir dinámicas poco saludables para el
conjunto.
Desde
finales del siglo XX —especialmente a partir de la década de 1990— muchos
sistemas educativos experimentaron una transformación profunda vinculada a la
masificación del acceso escolar, los cambios en los paradigmas pedagógicos y
las nuevas demandas sociales hacia la escuela. La expansión de la matrícula
incorporó a poblaciones con trayectorias y recursos muy diversos sin que, en la
mayoría de los casos, se produjera una ampliación equivalente de
infraestructura, acompañamiento pedagógico o formación docente. Al mismo
tiempo, se consolidó una concepción de la educación centrada en el derecho a la
inclusión, la permanencia y la aprobación, medida cada vez más mediante
indicadores cuantitativos de acceso y finalización. En ese contexto, y bajo la
presión de evitar la exclusión, la frustración o el abandono, numerosos
sistemas optaron por flexibilizar estándares, reducir exigencias o modificar
criterios de evaluación como estrategia de sostenimiento institucional. Garantizar,
de alguna manera, que todos estén dentro del sistema, aun cuando ello implicara
redefinir qué significa efectivamente formarse dentro de él.
En este
marco, la flexibilización de estándares aparece con frecuencia como la solución
más inmediata y menos costosa. Cuando esa respuesta se vuelve permanente —en
lugar de funcionar como un diagnóstico inicial seguido de nivelación y
posterior exigencia—, se traduce en una reducción general de las expectativas
y, en consecuencia, en un deterioro de la calidad formativa del conjunto.
El mensaje
subyacente es: “no podemos esperar demasiado de vos”. Esto no emancipa; tutela.
Y la tutela prolongada produce dependencia, no porque haya estudiantes que
carezcan de capacidad, sino porque el propio sistema limita las oportunidades
efectivas de desarrollarla.
Precisamente
porque la escuela debería ser el ámbito privilegiado para enfrentar
dificultades de manera progresiva en un entorno seguro —con contención, apoyo y
margen para el error antes de la exposición plena a la vida adulta—, esa tutela
permanente resulta contraproducente. La sobreprotección institucional —al igual
que la familiar— tiende a debilitar aquello que pretende resguardar. Cuando el
desafío se reduce de manera sistemática, no se fortalece la autonomía.
El
resultado frecuente es la formación de sujetos con baja tolerancia a la
frustración, necesidad constante de validación externa y escasa confianza en su
propia capacidad para resolver dificultades. Al mismo tiempo, puede
consolidarse una expectativa implícita de que el entorno debe compensar o
solucionar aquello que no se ha aprendido a afrontar, acompañada de una
disposición a la queja sin reconocimiento de la propia capacidad de
intervención
Esa capacidad de intervención sobre la propia realidad no surge de manera espontánea: se construye. Y uno de sus pilares es la disciplina, un concepto cuyo significado también ha cambiado a lo largo del tiempo. Durante siglos se la asoció con control externo, castigo y obediencia; hoy, en muchos ámbitos, se la evita por considerarla opresiva. Sin embargo, prescindir de ella no produce libertad, sino fragilidad. Debilita la autonomía, dificulta el logro sostenido, empobrece la capacidad de proyectarse a largo plazo y reduce las condiciones necesarias para la excelencia.
La
disciplina, en este sentido, no debe confundirse con castigo ni con obediencia
ciega. No se trata de reproducir modelos autoritarios del pasado, sino de
formar individuos capaces de comprender la relación entre actos y
consecuencias. El error es un componente inherente al aprendizaje: provee información para corregir el rumbo, no constituye un destino ni una identidad. Sin embargo, cuando se suprimen las consecuencias para evitar la frustración, se debilita también la comprensión de causalidad. Y sin causalidad no hay responsabilidad. La
atribución de responsabilidad presupone el reconocimiento de que las acciones
generan efectos. Dicho de otro modo, la realidad impone condiciones y límites
que no dependen de la voluntad individual.
Cuando ese
entrenamiento no ocurre, se configura lo que podría denominarse una inmadurez
estructural: personas que han alcanzado la adultez biológica pero no han
consolidado plenamente la autonomía psíquica.
Esto no
significa que la escuela sea la única responsable. La familia, el entorno
cultural y las decisiones individuales influyen profundamente. Sin embargo, la
escuela es el único dispositivo institucional de alcance masivo destinado a la
formación de ciudadanos, y esos ciudadanos son quienes luego reproducen,
transforman o estabilizan el orden social al constituir nuevas familias,
organizaciones y estructuras de poder. Cuando la formación queda exclusivamente
en manos del ámbito privado, la madurez se distribuye de manera desigual,
ligada al capital cultural de origen. La educación ha demostrado históricamente
su capacidad para reproducir estructuras sociales, valores y modos de relación;
en ese mismo proceso se configuran también las disposiciones de autonomía,
dependencia o conformidad que caracterizan a una sociedad determinada.
En un
entorno cada vez más exigente, evitar la dificultad, la disciplina y los
límites —que constituyen la base de la madurez— produce individuos frágiles y
dependientes. Si a ello se suma una presión social que penaliza la autonomía,
cuestionar lo ineficaz suele derivar en sanciones destinadas a restablecer la
homogeneidad: la norma deja de ser la verdad o la eficacia y pasa a ser la
conformidad.
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