Comunicación con sentido: Cómo se construye la realidad que creemos elegir
“El
Estado es todo el complejo de actividades prácticas y teóricas con las cuales
la clase dirigente no sólo justifica y mantiene su dominio, sino que logra
obtener el consentimiento activo de los gobernados.”
— Antonio Gramsci, filósofo, teórico político y dirigente marxista italiano.
Cuadernos de la cárcel (1929–1935)
Ningún
orden social se sostiene únicamente por normas escritas ni por estructuras
visibles. Como advierte Antonio Gramsci, el dominio no se mantiene solo por la
fuerza, sino por la construcción activa del consentimiento. Ese consentimiento
no surge espontáneamente: se forma en el terreno de la cultura, del lenguaje y
de la comunicación.
La
comunicación no es un complemento del sistema: es su infraestructura invisible.
A través de ella se define qué es normal, qué es correcto, qué es deseable y
qué es peligroso. Se legitiman jerarquías, se naturalizan desigualdades y se
moldean aspiraciones. Lo que creemos elegir, muchas veces, ya fue previamente
delimitado.
En esa
línea, Roland Barthes (Mitologías) lo expresa con precisión: “El mito
transforma la historia en naturaleza.”
Para
Barthes, el mito no es una fábula antigua ni una ficción fantástica, sino un
modo de significación. Es el proceso por el cual construcciones históricas,
decisiones políticas o jerarquías sociales aparecen como si fueran naturales,
inevitables y evidentes. Lo que tiene origen y contexto se presenta como
esencia.
La comunicación, entonces, no solo transmite información: construye significado. Y ese significado organiza la percepción colectiva. Allí comienza el circuito que sostiene cualquier estructura social: una narrativa instala una creencia; la creencia activa una emoción; la emoción impulsa una conducta; la conducta, repetida en masa, consolida una estructura. Cuando ese circuito se vuelve cotidiano, deja de percibirse como construcción y pasa a vivirse como realidad.
La masa no
es un ente abstracto: surge cuando individuos, orientados por sentidos
compartidos —no siempre examinados— comienzan a percibir y actuar dentro del
mismo encuadre. Intervenir en la comunicación, entonces, no es intervenir en la
superficie del discurso, sino en el marco interpretativo desde el cual se
organiza la experiencia social. Comprender cómo se construye la realidad que
creemos elegir es el primer paso para recuperar dirección individual y, desde
allí, transformar el orden colectivo.
Suspender momentáneamente la reacción emocional no implica negar la experiencia ni relativizar los hechos; implica ampliar la mirada para comprender el entramado completo. Solo desde esa neutralidad consciente es posible desarrollar pensamiento crítico frente a cualquier narrativa y recuperar, de manera efectiva, la capacidad de elección que creemos ejercer.
Ese desplazamiento interior —de la reacción automática a la observación consciente— permite advertir cómo operan los encuadres en situaciones concretas, más allá de nuestros propios sesgos ideológicos.
Cuando el
discurso ilumina solo una de esas dimensiones y la presenta como totalidad, el
sistema que organizó simultáneamente ambas posiciones permanece parcialmente
invisible. El encuadre no necesariamente miente; selecciona. Y esa selección
orienta la emoción colectiva y, con ella, la dirección del cambio.
En ciertos
tramos del debate contemporáneo puede observarse, además, una tensión entre
dirección declarada y dirección efectiva. Se enuncian principios como igualdad
y no violencia, pero algunas dinámicas discursivas derivan en confrontación,
polarización o deslegitimación del disenso. La incoherencia no radica en la
demanda de igualdad, sino en el riesgo de reproducir, bajo nuevas formas, la
lógica de exclusión que se busca superar. Allí, la dirección enunciada no
siempre coincide con la dirección operativa: no transforma la estructura, sino
que se disputa el lugar dentro de ella.
Algo
similar ocurre cuando se afirma que las empresas “dan trabajo”. La afirmación
es verdadera: las empresas generan empleo. Pero también es cierto que los
trabajadores producen el valor que sostiene a esas empresas. Existe un
intercambio.
Cuando el
encuadre resalta únicamente la idea de que el empleo es un favor otorgado, la
percepción se orienta hacia la gratitud y la subordinación, mientras la
dimensión de reciprocidad queda fuera de foco. No se trata de negar la
inversión ni el riesgo empresarial; se trata de reconocer que sin capital no
hay estructura, pero sin trabajo no hay producción, ni crecimiento, ni
continuidad.
El capital organiza; el trabajo materializa. La empresa no es una concesión unilateral ni una dádiva moral: es una relación de interdependencia. Sin la contribución cotidiana de quienes sostienen los procesos productivos —con su creatividad, esfuerzo y capacidad de generar valor— ninguna estructura económica perdura.
Una vez que
el encuadre parcial se instala, puede ser aprovechado estratégicamente por
quienes ocupan posiciones de poder: los problemas estructurales se redefinen
como enfrentamientos entre sectores. Trabajadores contra empresarios, hombres
contra mujeres, nacionales contra extranjeros. El conflicto se horizontaliza.
Sin
embargo, en la mayoría de los casos, las reglas de distribución de recursos
materiales y simbólicos no se establecen horizontalmente entre ciudadanos, sino
verticalmente, desde estructuras de decisión que exceden a los individuos. Las
consignas simplificadas —“unos viven de otros”, “unos le quitan a otros”—
resultan emocionalmente eficaces, pero tienden a oscurecer que los mecanismos
de recaudación, asignación y regulación son diseñados institucionalmente. No es
el vecino quien define impuestos, subsidios o marcos normativos; son instancias
de gobierno y administración las que determinan esas reglas.
Esa
eficacia aumenta en contextos donde la simplificación se vuelve norma. El
lenguaje reducido a consignas, los eslóganes breves y las frases emocionalmente
direccionadas no solo facilitan la circulación del mensaje: reducen la
complejidad. Y esa reducción no es inocente. Convierte realidades
multidimensionales en afirmaciones binarias, fácilmente consumibles y diseñadas
para replicarse masivamente.
Lo superficial no necesariamente es falso, pero sí incompleto. Y es en esa reducción donde el encuadre parcial encuentra terreno fértil. El reduccionismo no simplifica para comprender mejor; simplifica para cerrar el sentido.
La velocidad cumple, además, un rol central. El ritmo acelerado de producción y consumo de información reduce el tiempo disponible para la elaboración reflexiva. Cuando todo es inmediato, urgente y reemplazable por el siguiente estímulo, el pensamiento crítico pierde espacio frente a la reacción emocional. La atención —recurso finito— es capturada por mensajes diseñados para impactar, no para profundizar.
Este
funcionamiento no responde únicamente a dinámicas sociales o tecnológicas;
también se apoya en rasgos básicos de nuestro modo de procesar la realidad.
Desde una perspectiva adaptativa, la mente tiende a economizar energía.
Simplificar, categorizar y decidir con rapidez fueron estrategias que
favorecieron la supervivencia y que aún hoy organizan gran parte de nuestro
procesamiento mental.
Pero este
mecanismo no se limita a la interpretación de lo colectivo. También opera en la
manera en que interpretamos nuestra propia vida. En un entorno saturado de
estímulos, demandas y comparaciones permanentes, la mente aplica el mismo
principio de economía: construye relatos breves que ordenan la experiencia y
reducen la complejidad.
No vivimos
solo hechos; vivimos interpretaciones. Y cuando esas interpretaciones se
repiten, se consolidan como creencias. Las creencias modelan la emoción con la
que enfrentamos cada situación; la emoción orienta nuestras decisiones; y esas
decisiones producen resultados concretos. Con el tiempo, los resultados parecen
confirmar el relato inicial, cerrando un circuito difícil de advertir.
Del mismo
modo que un encuadre parcial organiza la percepción colectiva, nuestras propias
interpretaciones organizan nuestra conducta cotidiana. Lo que creemos sobre
nosotros mismos y sobre el mundo delimita lo que consideramos posible,
aceptable o inevitable.
Aquí, la
coherencia no es solo una cuestión ética; es una cuestión estructural. Toda
acción produce efectos en la dirección en la que se ejecuta, no en la dirección
que se declara. Si lo que pensamos, decimos y hacemos no convergen, los
resultados responderán a la fuerza predominante de nuestras acciones —no a
nuestras intenciones.
Del mismo
modo, podemos decir que aspiramos a relaciones saludables y auténticas, pero
vincularnos desde el control, aceptar dinámicas de sumisión, evitar
conversaciones incómodas o sostener versiones de nosotros mismos diseñadas para
agradar. No es coherente aspirar a la autenticidad si tememos mostrarnos tal
como somos.
La relación
que emerge no responde al ideal enunciado, sino a la dinámica efectivamente
sostenida. Si evitamos el conflicto por miedo a perder, si aparentamos para no
incomodar o si controlamos para no sentir inseguridad, el vínculo quedará
organizado por esos mecanismos, no por el valor que decimos priorizar.
La
incoherencia no es un fallo moral; es una desalineación de fuerzas. Cuando
existen intereses internos en tensión —seguridad y cambio, pertenencia y
autonomía, reconocimiento y autenticidad, queja y responsabilidad— nuestras
acciones tienden a favorecer aquello que reduce el conflicto inmediato, aunque
contradiga el resultado que afirmamos buscar.
Sin
embargo, así como en lo colectivo se toleran brechas entre promesas y efectos
reales, en lo personal también aprendemos a justificar nuestras propias
inconsistencias. Ajustamos el relato antes que revisar la conducta. Explicamos
el resultado antes que examinar la dirección.
Las etiquetas simplifican y ofrecen una sensación de claridad, pero al mismo tiempo estrechan la comprensión. Cuando nos definimos —o definimos a otros— a partir de categorías rígidas, dejamos de advertir matices y posibilidades de transformación. Sin esa revisión, los errores de interpretación no solo se perpetúan como certezas individuales, sino que también modelan vínculos y decisiones colectivas a pequeña escala.
Desde hace
milenios sabemos que el orden social no se sostiene solo por la fuerza, sino
por la palabra: no por discursos efímeros, sino por narrativas persistentes que
se instalan, se repiten, se defienden y terminan por volverse sentido común,
incluso en boca de quienes padecen sus efectos.
Mucho antes
de nuestra era, imperios, monarquías y sistemas feudales comprendían que
gobernar implicaba organizar el sentido. Más tarde, repúblicas, presidencias e
ideologías de distinto signo —capitalistas, socialistas, comunistas, liberales
o libertarias— confirmaron lo mismo bajo otros lenguajes.
Las formas cambian, los argumentos se actualizan y los modelos reformulan sus promesas. Cada uno presenta una verdad parcial que explica por qué su propuesta funciona y por qué sería necesaria. Y, en efecto, toda estructura produce algún tipo de orden o estabilidad desde cierto ángulo. Pero ese funcionamiento nunca es universal: todo modelo distribuye beneficios y también distribuye costos.
La comunicación no es una habilidad blanda ni un recurso accesorio: es la infraestructura invisible del poder. Conecta creencias con emociones, emociones con decisiones y decisiones con estructuras. Mientras la tratemos como un detalle operativo y no como el núcleo organizador de la experiencia colectiva e individual, seguiremos modificando nombres y modelos sin alterar la arquitectura que produce resultados semejantes.
Lo que hace falta no es un ajuste superficial, sino la incorporación de dos factores ausentes en todos los planos que hemos trabajado —dirección, gestión de recursos, roles, creencias, emociones y comunicación—: conciencia y límites.
La
conciencia permite registrar qué creemos, qué sentimos, cómo actuamos y qué
roles asumimos, transformando la reacción automática en elección deliberada.
Nos permite advertir cómo, mediante nuestras acciones, omisiones o
indiferencias, construimos en pequeños sistemas de interacción el mismo tipo de
dinámicas que luego criticamos a gran escala.
Los límites, por su parte, definen qué nos corresponde y qué no, qué aceptamos y qué rechazamos. Establecen un marco de responsabilidad que impide la reproducción automática de la victimización, la dependencia o el control.
Integrar estos dos factores no solo mejora la vida individual; constituye el primer paso para un orden social más responsable y autónomo. Ninguna transformación colectiva es sostenible si no está acompañada por sujetos capaces de asumir su participación en aquello que desean cambiar.
Como señaló Karl Marx, existe una diferencia entre conciencia en sí y conciencia para sí. La primera registra la situación; la segunda asume la propia implicación en ella. Pasar de una a otra es lo que convierte la comprensión en acción responsable. Es la diferencia entre describir el entorno y participar activamente en su transformación.
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