Capítulo IX: Diálogo interno y emociones: las palabras con las que construimos nuestra realidad

 



Mujer observando su reflejo en varios espejos que representan sus creencias, emociones y diferentes formas de percibirse a sí misma.

                                                              

“El alma se tiñe del color de sus pensamientos. Piensa sólo en aquellas cosas que están en línea con tus principios y que puedan ver la luz del día. El contenido de tu carácter lo eliges tú. Día a día, lo que eliges, lo que piensas, y lo que haces, es en lo que te conviertes. Tu integridad es tu destino… es la luz que guía tu camino.”

                                                                     Heráclito

 

Siempre quise creer que las palabras pueden cambiar el mundo, incluso mucho antes de estudiar, leer y comprobar por mí misma de qué manera construyen una realidad.

Y ahora sé que sí pueden…

Cuando era chica, solía preguntarme si era normal el diálogo que tenía conmigo misma. Escuchaba a mi abuela hablar sola, generalmente en la cocina, y en algún lado había oído que eso era un síntoma de arteriosclerosis. Aunque mis conversaciones no eran en voz alta y, la verdad, me parecían súper interesantes, también me preocupaban un poco.

Ella rezongaba todo el tiempo: del marido, de la hija y de la nieta... o sea de mí. Evidentemente, éramos una molestia. Sin embargo, más terrible que lo que decía era verla vivir tan atormentada. Con el tiempo descubrí dos cosas: que tener diálogos internos era perfectamente normal y que, si uno presta atención, puede distinguir entre lo que las personas dicen y lo que se dicen a sí mismas. A veces ambas cosas coinciden; otras, parecen ir por caminos completamente distintos.

Bueno… yo también suelo quejarme. Y aunque no lo hago del todo sola, muchas veces siento que hablo con las paredes. De otra forma no se explica cómo, diez minutos después de lavar todos los platos, aparecen por arte de magia vasos y tazas en la pileta. Empiezo a sospechar que la vida me está mandando un mensaje: "Ponete un bazar, que te vas a ahorrar muchos costos." Todavía no descubrí cuál es la enseñanza detrás de semejante fenómeno paranormal.

Mi diálogo interno, no sin considerar el factor hereditario de que la cocina sea un lugar destinado a la queja, hace el resto. La incomodidad se transforma en un problema: "Piensan que soy la esclava", "No valoran mi tiempo", "¿que no tengo nada mejor que hacer que pasar lavando trastos todo el días?", "Yo ya cumplí mi parte y no pienso negociar el tema de la limpieza..." Y así podría seguir un rato largo... Curiosamente, casi todas esas frases terminan girando alrededor de la misma palabra: el tiempo

Pero esta conversación repetitiva, no es tan molesta mientras lavas los platos como cuando estas cansada, te vas a dormir y resulta que vuelta y vuelta y no pasa nada. La cabeza decide independizarse del resto del cuerpo. Una se dice: "Bueno, bajá un cambio. Mañana seguís quejándote." Pero no. En lugar de poner primera, mete quinta y acelera todavía más

También pensé que eso solo me pasaba a mí, hasta que empecé a notar que White Chestnut, la flor de Bach que solemos usar para el famoso "síndrome del disco rayado", junto con Mimulus, para los miedos, eran las primeras que tenía que reponer en la caja. Y no precisamente por consumo personal. Ese diálogo mental repetitivo es mucho más común de lo que creemos. Quizá algunas personas lo experimenten con más intensidad, pero, en mayor o menor medida, forma parte de la experiencia humana.

Lo importante, sin embargo, no es descubrir la fórmula para recordarles al resto de los habitantes de la casa que no son invitados y que las tareas son compartidas —si alguien la conoce, soy toda oídos—. Lo verdaderamente importante es cómo nos hablamos a nosotros mismos. Qué nos decimos. Con qué palabras. Porque, aunque parezcan inofensivas, esas palabras terminan construyendo creencias y estados emocionales que condicionan la manera en que interpretamos la realidad.

De hecho, quejarse porque nadie más lava lo que ensucia puede parecer una pavada. Pero deja de serlo cuando descubrís que ese mismo patrón aparece una y otra vez en otras áreas de tu vida. Que también ahí terminás haciéndote cargo de responsabilidades compartidas o resolviendo problemas que les corresponden a otros.

Porque, total... alguien tiene que hacerlo, ¿no?

Desde pequeños vamos construyendo una especie de mapa mental: un conjunto de ideas, creencias e interpretaciones sobre cómo es el mundo, cómo deberían ser las personas y cómo creemos que deberíamos ser nosotros mismos. La mayor parte de ese mapa se forma sin que nos demos cuenta. Lo damos por cierto porque convivimos con él desde siempre. Y, sin embargo, es desde ese mapa desde donde interpretamos cada experiencia, tomamos decisiones, actuamos... o dejamos de actuar.

Por eso, antes de intentar cambiar nuestra realidad, vale la pena aprender a observar ese diálogo interno que nos acompaña todos los días. No para juzgarlo ni para intentar silenciarlo, sino para descubrir qué historia nos estamos contando. Porque las palabras que repetimos una y otra vez terminan convirtiéndose en creencias, y las creencias, tarde o temprano, terminan influyendo en nuestra forma de vivir.

La meditación es una de las herramientas que más puede ayudarnos en ese proceso. No hace falta convertirse en un monje ni pasar horas en silencio. Con apenas unos minutos por día podemos empezar a tomar distancia de nuestros pensamientos y dejar de confundirnos con ellos. Y cuando aprendemos a elegir con mayor conciencia las palabras con las que nos hablamos, algo empieza a cambiar. Muchas veces, más de lo que imaginábamos.

La idea de que las palabras pueden transformar la manera en que pensamos y vivimos no es nueva. Ya en la Grecia clásica encontramos reflexiones sobre su poder sanador. En el Cármides de Platón, Sócrates sostiene que el alma necesita ser tratada mediante la palabra, porque la salud del cuerpo también depende, en parte, de la salud del alma.

"Hay que dar templanza al alma mediante la palabra, que crea la confianza necesaria para la eficacia del remedio..."

No resulta casual que a Sócrates también se le atribuyan la mayéutica —el arte de descubrir el conocimiento a través de las preguntas— y la dialéctica, basada en el razonamiento y el diálogo. Más que transmitir respuestas, proponía conversar para que cada persona pudiera descubrir por sí misma aquellas verdades que permanecían ocultas.

Nuestra mente tiende a repetir patrones. Muchas de las ideas que pensamos hoy ya las pensamos ayer, y probablemente vuelvan a aparecer mañana. Esa repetición tiene una función: durante miles de años nos ayudó a anticipar peligros y aumentar nuestras posibilidades de sobrevivir.

El problema es que, en la actualidad, la mayoría de nuestras amenazas ya no son depredadores ni desastres naturales. Lo que solemos sentir en riesgo es nuestra imagen, la aceptación de los demás, el fracaso, el rechazo o la incertidumbre. Son miedos mucho más difíciles de identificar porque no ponen en peligro nuestro cuerpo, sino nuestra seguridad emocional.

Cuando esos temores ocupan el centro de nuestra atención, terminan actuando como un filtro. Nuestra mirada se estrecha y comenzamos a reaccionar más contra aquello que queremos evitar que a movernos hacia aquello que realmente deseamos construir.

Quizá por eso resulta tan cierta esa frase, tantas veces atribuida a Carl Gustav Jung: "Lo que resistes, persiste." Cuanto más tiempo dedicamos a pelear contra aquello que no queremos, menos energía nos queda para crear aquello que sí queremos.

La buena noticia es que ese diálogo interno puede cambiar. Y el primer paso no consiste en luchar contra nuestros pensamientos, sino en reconocerlos. Porque solo cuando hacemos consciente ese proceso empezamos a recuperar la posibilidad de elegir.

Nuestro autoconcepto, la forma en que nos vinculamos con otros y las decisiones que tomamos, construyendo poco a poco la realidad que habitamos, tienen mucho que ver con las creencias que fuimos incorporando en un determinado contexto social y cultural. No siempre esas creencias representan quiénes somos realmente, sino la interpretación que construimos sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre el mundo.

Hay creencias que nos sostienen, otras que nos limitan y algunas que terminan dañándonos. A través de distintos caminos de búsqueda personal fui cuestionando muchas etiquetas que me condicionaban y adoptando nuevas miradas que estuvieran más en congruencia con mis propias experiencias.

En una ocasión me había ido bastante molesta de un taller de constelaciones familiares porque algunas de las respuestas que aparecían no me resultaban cómodas. Si las cosas que nos suceden tienen que ver con conflictos del árbol genealógico, si elegimos nuestro destino antes de nacer, si existe un karma relacionado con otras vidas… Todo eso, al menos para mí, pertenece al terreno de lo que no puedo comprobar, tan incomprobable como aquello que ocurre después de la muerte.

Lo que sí pude comprobar es que la vida es aprendizaje. Y más allá de lo que haya podido existir antes o de lo que pueda venir después, tengo la posibilidad de aprender de aquello que ocurre aquí y ahora.

En esta gran escuela, todos somos maestros y discípulos al mismo tiempo. Muchas veces, aquello que más rechazamos de una experiencia es justamente lo que más nos invita a mirar hacia adentro.

Resistirse a una situación es como intentar nadar contra la corriente: gastamos energía luchando contra algo que ya está ocurriendo y seguimos en el mismo lugar. A veces repetimos vínculos, circunstancias o conflictos hasta que logramos observar qué lugar estamos ocupando dentro de esa historia.

Con el tiempo entendí que muchas personas se resisten a mirar su propio papel en aquello que viven. No se trata de descubrir quién es el “bueno” o el “malo” de la película, ni de buscar culpables, sino de hacernos una pregunta diferente: ¿para qué puedo aprender de esto?

Porque mientras no cambiamos la pregunta, muchas veces seguimos buscando respuestas que no pueden ayudarnos a transformar la experiencia.

Todos tenemos valores elevados cuando juzgamos las acciones de los demás, pero hay que tener mucho huevo para asumir que eso que crees que te está haciendo “el malo” de alguna forma te lo haces a vos mismo o se lo estás haciendo a otro. Ofrecemos los recursos con los que contamos y no podemos dar lo que no sabemos cómo darnos a nosotros mismos. Cualquier otro análisis es una pérdida de energía y tiempo.

Hay un fragmento muy bonito de una película de Oliver Stone: “Entre el cielo y la tierra” sobre el aprendizaje que hace años llevo conmigo y dice así:

"Es mi destino estar entre el cielo y la Tierra...

Cuando nos resistimos a nuestro destino, sufrimos. Cuando lo aceptamos somos felices.

Tenemos tiempo en abundancia, una eternidad para repetir nuestros errores. Pero solo necesitamos corregir nuestro error una vez y por fin oímos la canción que nos ilumina y con la que podemos romper para siempre con la cadena de la venganza.

En nuestro corazón podéis oírla ahora... Es la canción que ha cantado vuestro espíritu desde el momento en que nacisteis. Si los monjes tenían razón... y nada ocurre sin una razón, entonces el don del sufrimiento es el de acercarnos más a Dios. De enseñarnos a ser fuertes cuando somos débiles... a Ser valientes cuando tenemos miedo, a ser sabios en medio de nuestra confusión y a liberar aquello que ya no podemos retener.

Las victorias duraderas se ganan en el corazón, no en esta tierra, ni en la otra...”

 

Y no podría estar más de acuerdo…

Pero para que las palabras puedan transformarnos, primero necesitamos comprender por qué muchas veces no somos aquello que creemos ser.

Necesitamos ir al origen y reconocer cuánto de nuestra identidad fue construido a partir de nuestro entorno, nuestras experiencias y las personas que nos rodearon.

Somos, en gran medida, lo que hicieron de nosotros, pero también somos aquello que elegimos hacer con lo que recibimos.

Y si bien nadie tiene la culpa de aquello en lo que se convirtió, sí tiene la responsabilidad de encontrarse con su propio ser y modificar aquello que ya no le pertenece o que dejó de serle útil.

No digo que sea fácil descubrir quiénes somos. Pero quizás sea mucho más difícil vivir sin saberlo.

Cuando comprendemos nuestra historia, podemos perdonarnos por aquello que no supimos hacer mejor, aceptarnos y, desde ese lugar, empezar a cambiar.

“Para poder cambiar, tenemos que aceptarnos tal como somos. Entonces el cambio parece llegar casi sin que nos demos cuenta.”

Esta idea se relaciona con la mirada de Carl Rogers, uno de los principales referentes de la psicología humanista junto a Abraham Maslow.

Esta corriente, surgida como una tercera fuerza dentro de la psicología a partir de la década de 1960, se diferenció tanto del psicoanálisis como del conductismo al poner el foco en la experiencia subjetiva, la libertad, el desarrollo personal y la capacidad humana de buscar sentido y realización.

Rogers planteó que el autoconcepto comienza a construirse desde las primeras experiencias de vida y que la forma en que somos valorados, aceptados o rechazados influye profundamente en la manera en que aprendemos a vernos.

La percepción que tenemos de nosotros mismos, la autoestima, la autonomía y la capacidad de reconocernos favorecen el desarrollo de nuestro potencial.

¿Cómo te ves?

¿Cómo quisieras verte?

¿Cómo creés que te ven los demás?

No podemos cambiar aquello que ocurrió ni las voces que formaron parte de nuestra historia, pero sí podemos aprender a distinguir cuáles queremos seguir escuchando y cuáles ya no necesitamos llevar con nosotros.

Maslow introdujo el concepto de metas abarcando así una mirada más amplia sobre la naturaleza profunda del ser humano. Las meta-motivaciones impulsan a los individuos, una vez satisfechas las necesidades básicas, hacia fines superiores que los llevan a desarrollar su potencial y convertirse en aquello que pueden llegar a ser.

Para Maslow, los valores superiores tendrían también una dimensión biológica y psicológica, aunque con una urgencia y prioridad diferente a las necesidades más básicas.

Quizás porque no concibo una vida sin significado, otra de las creencias que elegí asumir para mi vida es que nacemos con un propósito. Un propósito que tiene una dimensión individual, relacionada con nuestro propio crecimiento y evolución, y una dimensión social, vinculada con aquello que cada uno puede aportar para mejorar el entorno que habita.

Creo que la vida nos va ofreciendo herramientas, experiencias y oportunidades para acercarnos a ese camino. A veces no aparecen de la manera que esperamos, pero incluso las dificultades pueden convertirse en parte del proceso de aprendizaje y transformación.

Nadie nos habla demasiado de nuestro mundo interior ni de cómo llegar a él.

Educados dentro de una sociedad de consumo que muchas veces pone el foco en la carencia para impulsarnos a buscar siempre algo más, acostumbrados a mirar el vaso medio vacío y a reparar más en el error que en la virtud, es comprensible que nos cueste conectar con nuestras propias capacidades y con aquello que ya tenemos disponible.

Mucho más difícil resulta enfocarnos en los fines superiores de Maslow cuando todavía seguimos ampliando una lista de necesidades que parecen nunca estar completamente satisfechas.

Es parte de un círculo que se retroalimenta: buscamos tener más esperando finalmente sentirnos mejor, pero muchas veces postergamos aquello que realmente puede darnos bienestar.

Quizás no debería ser tan difícil distinguir entre el bien-tener y el bien-estar, ni vivir aplazando lo importante porque lo urgente siempre va a encontrar la manera de ocupar nuestro tiempo.

Nos guste o no, la manera en que elegimos interpretar lo que vivimos influye en cómo transitamos cada día. Y aquello que hacemos con nuestro entorno, para bien o para mal, también forma parte de la transformación del mundo que compartimos.


Capítulo X: ¿Qué te falta para ser la pesona que quieres ser?


Marian

Consultora en desarrollo personal y comunicación

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No dejes de creer que las palabras pueden cambiar el mundo.


Libros:

El mapa mágico del tesoro 

Desobedecer la normalidad  

Geopolítica Humana: Liderazgo y poder personal

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