Nota final personal. Legitimidad del orden social

 


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"Temprano en la vida tuve que elegir entre la arrogancia honesta y la humildad hipócrita. Yo elegí la primera y no he visto razón para cambiar"  

                                                  Arq. Frank Lloyd Wright

 

La primera red social “analógica” que conocí —y que muchos años después entendí como una especie de Facebook primitivo— fue un puñado de papelitos que encontré en la iglesia cuando tenía seis o siete años. No recuerdo exactamente qué decían, pero sí la idea: hacer fotocopias y compartirlas, y que quienes las recibieran hicieran lo mismo.

Fue la primera vez que sentí que encontraba una herramienta para cambiar el mundo. Yo quería hacer mis propios papelitos, escribir mis ideas y repartirlas por todos lados. Pero en casa no hubo cuórum.

Meses antes de cumplir once años, le escribí una carta al recién electo presidente Carlos Menem. Tiempo después la encontré entre una pila de facturas sobre un aparador. Nunca la llevaron al correo. Tampoco recuerdo exactamente qué decía, pero sí la intención: quería que hiciera las cosas bien, que fuera bueno.

A los doce tenía clarísimo que quería elegir bachiller. Me gustaban la literatura y la filosofía… casi cuarenta años después, ¿quién podría negarlo?

Pero, sin importar cuánto pataleé o lloré, me anotaron en comercial.

Al clásico “porque lo digo yo” se sumaba una explicación imposible de comprobar —más cercana al mundo esotérico de la futurología que a una orientación real—: si aprendía contabilidad y me convertía en secretaria, tendría más oportunidades; si estudiaba bachiller con orientación docente, si me inclinaba por la filosofía o la literatura, me iba a morir de hambre.

¿Habrían cambiado algo los papelitos? ¿La carta?

Probablemente no. Tal vez nada.

Nunca pude comprobar si hubiera podido ganarme la vida como filósofa. Pero tampoco lo hice como secretaria contable. Aunque ese no es el punto.

Estos son apenas algunos ejemplos. Los cuestionamientos sobre mis elecciones personales no fueron hechos aislados. Y, aunque es natural que en la niñez los adultos decidan por uno, en mi caso esa lógica no quedó confinada a la infancia.

 Por qué quería estudiar —y por qué no—.

Por qué quería trabajar, y en qué.

Consignas del tipo: “un trabajo seguro”, “un trabajo normal”.

También el modo en que debía criar a mis hijos: cómo debía hablarles, si les daba demasiadas explicaciones, por qué no debía consultarles qué querían comer. Desde un lado de la familia se esperaba una sobreprotección extrema hacia ellos; desde el otro, una lógica de anulación y orden.

Incluso los aspectos más íntimos eran objeto de interpretación: qué estaba intentando “tapar” con mi gusto por la limpieza, o por qué necesitaba bañarme todos los días.

No hubo aspecto de mi vida que no fuera observado, opinado o corregido.

Mi vida está llena de situaciones en las que no solo no encontré apoyo en mi dirección, sino en las que intentaron devolverme —una y otra vez— a un carril marcado de antemano, invalidando cualquier idea que se saliera del rango de lo que consideraban normal o posible, e incluso interviniendo en aspectos meramente personales.

Pero lo llamativo no fue solo el cuestionamiento, ni los dramáticos futuros que parecían esconderse detrás de cada una de mis elecciones. Hubo algo más sutil: la validación y la palmadita en la espalda cuando la estaba pasando mal. Algo que quizá resulta indetectable en el momento, pero que, al mirar hacia atrás y conectar los puntos, revela una forma de refuerzo emocional perverso.

Cuando estaba bien con mis decisiones, cuando tenía claridad y entusiasmo por lo que estaba haciendo, el mensaje era que ese no era el camino.

En cambio, cuando las cosas se volvían difíciles, entonces sí aparecía el reconocimiento.

Declarar mi dirección era soberbia.
No seguir el camino señalado era rebeldía.

Las respuestas que solían aparecer frente a estas situaciones eran siempre las mismas: “no digas nada”, “no les des bola”, “no te enganches”, “que no te afecte”, “si ya sabes cómo son…”.

Como si el problema fuera mi reacción, y no el hecho de que otras personas estuvieran opinando, corrigiendo o intentando dirigir aspectos de mi vida que no les concernían.

La expectativa implícita era clara: debía permanecer en silencio, escuchar, agradecer y, en lo posible, actuar de acuerdo con lo que se esperaba de mí. En otras palabras, ser un sujeto pasivo dentro de una conversación que, sin embargo, giraba enteramente alrededor de mi propia vida.

El margen de elección era mínimo. Si marcaba un límite o decía que no, entonces aparecía el reproche: “entonces no pidas ayuda”. La ayuda pasaba a funcionar como una forma de condicionamiento: algo que solo era legítimo si aceptaba la dirección que otros consideraban correcta.

Pero si elegía no pedir ayuda y resolver las cosas por mi cuenta, entonces el problema pasaba a ser otro: autosuficiencia, soberbia, arrogancia.

De un modo u otro, el resultado era siempre el mismo: cualquier posición que tomara terminaba siendo interpretada como un defecto. Con el tiempo entendí que esa lógica responde a lo que en psicología se denomina doble vínculo (double bind): una situación en la que una persona recibe mensajes contradictorios que se anulan entre sí, dejándola atrapada en una paradoja donde cualquier respuesta posible termina siendo incorrecta. La única alternativa verdaderamente aceptada parecía ser cumplir con lo esperado.

Quizá solo fue una impresión mía. Una interpretación exagerada. O tal vez la improbable conjunción de un millón de casualidades y unos astros convenientemente alineados, en la que aquello que me hacía bien parecía perder valor, mientras que lo que me alejaba de mí misma encontraba una rápida validación.

Pero no creo en las casualidades. Y las creencias determinan la interpretación que hacemos de la realidad.

De más está decir que nunca tuve todas las respuestas. Nadie las tiene. Y aun suponiendo que muchos de esos consejos realmente se dieran por mi bien, el consejo se da una vez; cuando se repite ya es un mandato.

Si de todas formas uno va a tener que asumir las consecuencias de sus decisiones, siempre me pareció más honesto equivocarme por cuenta propia que vivir corrigiendo el rumbo según los errores que otros estaban convencidos de que yo debía evitar.

No fue difícil para mí elegir el bienestar y la felicidad por sobre la validación y la aprobación externa, aunque entiendo porque prolifera tanto el victimismo…

Al menos desde mi perspectiva personal —pero sobre todo desde mi historia— ningún logro académico ni socialmente aplaudido puede superar lo que considero mi mayor éxito en la vida: conservar mi criterio. Ni la familia, ni la escuela, ni el sistema lograron convencerme de renunciar a él.

Con el tiempo entendí que aquello que parecía una experiencia personal aislada no era tan excepcional. Muchas de las tensiones que había observado en mi entorno respondían, en realidad, a lógicas más amplias sobre cómo funcionan los sistemas sociales.

Desde muy chica aprendí cómo reconducen, cómo desestiman y cómo llaman inmadurez a lo que no encaja, en lugar de preguntarse en qué tipo de normalidad están intentando encajar.

Mientras muchas prácticas se sostenían simplemente por repetición o por autoridad, yo observaba sus efectos, sus contradicciones y sus consecuencias. Esa distancia fue, con el tiempo, el punto de partida de mi forma de comprender y observar la realidad.

Eso no me lo enseñaron Max Weber, ni Karl Marx, ni Carl Jung, ni ninguno de los autores que mencioné a lo largo de este trabajo. Estudiarlos no me reveló algo nuevo; más bien me confirmó que no estaba sola en esa intuición: el mundo funciona así, en gran parte, porque la mayoría se adapta —aunque no le guste— y termina aceptando que funcione de ese modo.

Hoy, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que siempre supe cuál era mi dirección. Y también que no tenía por qué ser madura ni realista a los diez años.

Pero si ser adulta, madura y realista implica aceptar el orden social como si fuera el orden natural de las cosas, tolerar, callar, ser infeliz y joder a los demás para asegurarme que tampoco lo sean… entonces hoy tampoco lo soy.

No fue del todo malo. Aprendí a defender mis ideas. A sostenerlas. A ser autónoma. A no depender de la aprobación ajena para hacer algo en lo que creo.

Cuando cada decisión es discutida, una aprende —por supervivencia— a argumentar, a resistir, a no retroceder solo para evitar conflicto.

Y también algo más: que, si el entorno insiste en que una debe cambiar su forma de ser, tal vez la pregunta no sea qué debo cambiar, sino con quién vale la pena seguir compartiendo el camino.

Durante la pandemia descubrí que la distancia social, en muchos sentidos, también podía ser una forma de salud. La protección frente a una enfermedad física se comprende sin demasiada discusión; la salud mental y emocional, en cambio, suele quedar en segundo plano.

Sin embargo, para algunas personas, vivir en sociedad puede representar una sobrecarga sostenida que no se resuelve con la mera voluntad de “acostumbrarse”. No se trata de una incomodidad pasajera, sino de una exigencia constante de adaptación: un desgaste acumulativo que los entornos normalizados tienden a invisibilizar.

Las dificultades que no encajan en categorías funcionales simples, rara vez son leídos como condiciones legítimas, sino como fallas individuales que deben corregirse. Se asume que las capacidades son universales, y que aquello que no se alcanza es producto de desinterés, falta de esfuerzo o resistencia personal.

Esta lógica atraviesa lo académico, lo laboral y lo vincular. Se etiqueta, se compara, se exige más. Se pide adaptación permanente sin preguntarse por el costo. Se niega la dificultad cuando no coincide con los parámetros establecidos. Y, al mismo tiempo, se invalida la capacidad de comprender dimensiones complejas de la realidad que no pueden traducirse en resultados inmediatos o métricas simples.

El efecto de esta exposición sostenida no es abstracto. Vivir en un entorno que exige ser igual, que niega los propios límites y que desacredita —o directamente invalida— percepciones que no logra comprender genera tensión y un desgaste profundo. No porque la diferencia sea en sí misma un problema, sino porque se la expone de forma constante a un marco que invalida su manera de percibir, comprender y procesar la realidad.

Cuando la experiencia interna es repetidamente negada, desacreditada o forzada a encajar en categorías que no la representan, se produce una ruptura entre percepción y expresión, entre comprensión y acción.

En términos vivenciales, esto se traduce en algo muy simple: ves una cosa, pero se espera que digas otra o que te calles. Comprendés una dinámica, pero se te exige actuar como si no la vieras. Percibís una incoherencia, pero expresarla tiene un costo.

La evidencia psicológica muestra que la adaptación rígida y prolongada —especialmente cuando implica desconectarse de los propios valores o necesidades— aumenta el riesgo de estrés crónico y malestar psíquico.

En los países occidentales se estima que aproximadamente uno de cada seis adultos consume psicofármacos en algún momento de su vida. Difícilmente un fenómeno de esa magnitud pueda interpretarse únicamente como la suma de problemas individuales aislados. Más bien invita a preguntarse qué tipo de condiciones sociales, ritmos de vida y exigencias colectivas están operando en el trasfondo.

Ya a fines del siglo XIX, Émile Durkheim señalaba que ciertos fenómenos psicológicos solo podían comprenderse plenamente cuando se observaban en relación con la estructura social a la que pertenecen. Más tarde, pensadores como Erich Fromm y Michel Foucault profundizaron esta idea al mostrar cómo las sociedades no solo organizan la vida material, sino también las formas de pensar, adaptarse y regularse a uno mismo.

En ese contexto, el malestar psicológico deja de ser únicamente un asunto privado y empieza a revelar tensiones entre las personas y los marcos en los que viven. Tal vez por eso uno de los errores más persistentes de las sociedades modernas haya sido confundir normalidad con salud.

Ahí aparece lo que podría considerarse el verdadero punto ciego: las personas creen que están fallando, cuando en realidad están intentando funcionar dentro de un marco que no fue diseñado pensando en la diversidad de formas de ser, percibir o vivir.

Esta exigencia de adaptación no opera en un vacío. Se inscribe en un orden social que rara vez protege a las personas de los entornos que las deterioran, porque ese deterioro no necesariamente resulta disfuncional para el sistema. Mientras alguien cumpla con los requisitos mínimos de funcionamiento —trabajar, consumir, no desbordar— el desgaste psíquico o relacional suele permanecer fuera de registro.

Muchas dinámicas cotidianas profundamente desgastantes no son cuestionadas mientras no interfieran con la productividad o la estabilidad social. La violencia que no deja marcas visibles, la incoherencia sostenida o la exigencia de adaptarse a contextos contradictorios no solo pasan desapercibidas: con frecuencia se legitiman y se defienden como formas normales y correctas de funcionamiento.

En ese sentido, el mundo que habitamos no es completamente neutral. Funciona, en gran medida, sobre una lógica de domesticación: no se espera comprensión ni criterio propio, sino conductas ajustadas. Aprender a “funcionar” se vuelve más importante que comprender qué se hace, por qué se hace o a qué costo.

 

No se trata de una teoría conspirativa ni de un diseño deliberado impuesto desde algún centro de poder. Estas dinámicas se reproducen, sobre todo, en los espacios más cotidianos: en la familia, entre amigos, en la escuela, en el trabajo. Son formas de relación que se transmiten y se sostienen muchas veces sin intención consciente, pero no por eso carentes de efectos.

Lo que aparece, más bien, es un patrón estructural: cuando un sistema prioriza la obediencia por sobre la conciencia crítica, necesita sujetos adaptables más que lúcidos. El malestar que produce esa lógica suele terminar interpretándose como un problema individual, en lugar de reconocerse como un efecto del entorno.

A lo largo de los años observé que, en muchos ámbitos de las ciencias sociales, se desestima o ridiculiza todo lo que remite al trabajo interior, al desarrollo personal o a la revisión de la propia responsabilidad subjetiva, reduciéndolo a un discurso motivacional superficial.

Sin embargo, no hay nada de superficial en enfrentar los propios mecanismos de negación y revisar la forma en que uno habita el mundo. Si fuera sencillo, no sería tan evitado.

La negación, en cambio, resulta funcional: repetir categorías y sostener marcos legitimados —incluso cuando contradicen la experiencia— permite conservar la coherencia del sistema sin tener que cuestionarlo.

En ese sentido, la crítica al desarrollo personal no siempre responde a una evaluación teórica rigurosa, sino también a algo más incómodo: exige que el conocimiento deje de ser solo un objeto de estudio y se convierta en una práctica.

La disociación entre saber y hacer constituye, en gran medida, el núcleo del problema que aquí se aborda. ¿Puede hablarse de progreso, desarrollo o transformación social sin considerar a los sujetos que encarnan esos procesos en su vida concreta? ¿Qué diferencia hay entre ignorar algo y saberlo si ese conocimiento nunca se traduce en acción?

La cuestión no es descalificar a la academia, sino señalar una responsabilidad. Enseñar conceptos sin enseñar a reconocerlos en la propia conducta, en las decisiones y en los vínculos forma sujetos capaces de describir la realidad, pero no necesariamente de transformarla. El conocimiento, por sí mismo, no cambia nada; la transformación comienza cuando ese conocimiento se comprende, se asume y se encarna.

Este trabajo tampoco busca adoptar un tono académico como forma de validación externa. El uso de este lenguaje responde, en parte, a una ironía consciente: decir desde dentro del registro académico aquello que ese mismo registro suele evitar examinar. No se trata de negar el valor del pensamiento teórico, sino de señalar su límite cuando se vuelve autorreferencial y se valida a sí mismo como horizonte de legitimidad, éxito o realización.

En ese punto, el saber deja de orientarse a la transformación concreta de la experiencia y pasa a funcionar como una forma de integración simbólica al orden existente.

En todos los ámbitos —académicos, profesionales, institucionales o cotidianos— existe una responsabilidad personal ineludible: saber que algo está mal y aun así reproducirlo, sostenerlo o callarlo no es neutralidad. En el ámbito jurídico, la conciencia previa y la omisión no se consideran neutras; se reconoce que saber y no intervenir también implica responsabilidad, y que esta puede ser mayor según la posición o el rol que se tenga. Resulta llamativo que ese principio sea ampliamente aceptado en el plano legal y, sin embargo, tienda a diluirse cuando se trata de dinámicas familiares o sociales que también producen daño.

Esta indulgencia no es inocente: protege vínculos, preserva jerarquías y asegura la continuidad del orden existente. Allí donde el conocimiento no asume responsabilidad, el daño se privatiza, se minimiza o se vuelve invisible, incluso en espacios que deberían ofrecer protección.

En ese contexto, lo que suele nombrarse como éxito muchas veces no es más que adaptación funcional. Cuando quienes comprenden cómo opera el sistema eligen no intervenir, no hay transformación sino integración acrítica al mismo orden.

Desde esta perspectiva, la sabiduría —en un sentido cercano al clásico— no es acumulación de saberes ni distinción social, sino coherencia interna, responsabilidad ética y orientación al bien común. Del mismo modo, el éxito y la felicidad no son recompensas externas, sino consecuencias de una vida vivida en consonancia con aquello que se comprende y se encarna.

En ese sentido, el eje no es el conocimiento sino la conciencia: estar presentes en lo que hacemos, en cómo usamos el tiempo, en las palabras que elegimos y en los marcos desde los que interpretamos la realidad. Ser conscientes del lugar que ocupamos, de aquello que sostenemos y de aquello que podríamos dejar de reproducir.

Cambiar el mundo no requiere gestos grandilocuentes ni voluntades heroicas, sino personas suficientemente conscientes y sanas como para no seguir reproduciendo aquello que las daña y daña a otros. Y, sin embargo, aun cuando esto parece evidente, con frecuencia se elige la adaptación antes que la responsabilidad de habitar esa conciencia.

Tal vez la cuestión no sea si merecemos un sistema distinto, sino qué estamos haciendo para merecerlo. Plantearlo así obliga también a revisar qué entendemos por mérito y con qué criterios decidimos quién merece qué.

Cuando el mérito se reduce a resultados y productividad, se ignora deliberadamente el costo humano, psíquico y social que esos resultados implican. Un sistema que solo premia lo que se produce, pero no observa lo que se destruye para producirlo, difícilmente pueda llamarse justo.

Porque cuando una práctica dañina es conocida y, aun así, nadie interviene para detenerla, deja de ser el problema de unos pocos y pasa a convertirse en responsabilidad de todos los que la toleran. Y mientras no estemos dispuestos a actuar de otro modo —a dejar de legitimar aquello que sabemos que daña— quizá este sea, precisamente, el sistema que nos corresponde

Tal vez, al final, la cuestión no sea únicamente social ni teórica, sino profundamente humana. La salud —mental, emocional y ética— es al mismo tiempo un derecho y una responsabilidad personal. Ninguna forma de normalidad colectiva debería exigir a una persona renunciar a ella para poder encajar. Cuidar la propia conciencia, reconocer los propios límites y actuar en coherencia con lo que se comprende no es individualismo ni aislamiento: es la condición mínima para poder habitar el mundo sin seguir reproduciendo aquello que lo daña. Porque una persona verdaderamente sana no se limita a sobrevivir dentro de un sistema; transforma, aunque sea silenciosamente, el entorno del que forma parte.

El desarrollo personal es, en sí mismo, una responsabilidad con el mundo que compartimos.

Tal vez estos no sean más que los papelitos que aquella niña quiso repartir alguna vez. Hoy los dejo aquí, para quien quiera tomarlos y compartirlos.




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