Capítulo XII: ¿que hay de real en los vínculos y las relaciones?
"Todo está tan mágicamente unido, que si tiene que ser, no podrás evitarlo"
“La única relación auténtica y duradera que vamos a vivir a lo largo de toda nuestra vida es la relación que mantenemos con nosotros mismos. El resto de relaciones no son más que un juego de espejos y proyecciones.”
Jiddu Krishnamurti
Tengo muy presente mi sensación de frustración en la escuela intentando memorizar los nombres de los reyes de las antiguas ciudades de la “civilización”, las longitudes de los ríos, las corrientes cálidas y frías y la geografía completa de cada país de Europa.
Como si algo de eso fuera a servirme hoy para recordar la actividad económica de Portugal en los años 90 o cuántos habitantes tenía Malta.
Lo único que para mí tenía verdadero sentido eran la gramática y la literatura.
Aunque hoy considero que, si en lugar de poner tanto empeño en que todos coincidiéramos con las ideas principales y secundarias de los textos, hubiésemos explorado más las distintas interpretaciones que cada uno podía encontrar en ellos, habríamos aprendido algo esencial para la vida:
Que pueden existir tantos puntos de vista como lectores u observadores.
Y algo todavía más importante: el respeto por las diferencias.
Algo que puede resultar sencillo de integrar en un niño, pero que, a la vista está, no siempre resulta tan fácil de comprender para un adulto.
Lo que muchas veces se considera correcto dentro del sistema educativo es que todos lleguemos a las mismas respuestas. Y una de las consecuencias de esto, junto con muchos otros factores, es que si durante la infancia aprendimos que para ser “aprobados” existe una única respuesta válida, de adultos podemos tener dificultades para gestionar las diferencias, enfrentarnos a múltiples posibilidades o incluso animarnos a expresar una opinión que contradiga a la mayoría.
No nos enseñaron que cada persona tiene una manera particular de percibir y representar la realidad; que dentro de un mismo conjunto de información cada uno puede poner el foco en un aspecto diferente y llegar a conclusiones distintas.
Por eso muchas veces pensamos:
“Si lo que yo estoy viendo es real y tengo razón, entonces el otro tiene que estar equivocado”.
Y eso es falso.
La manera en que analizábamos los personajes principales y secundarios de los cuentos, generalmente desde la mirada del autor, tampoco ayudó demasiado.
Porque en cada historia, cada protagonista es el personaje principal de su propia vida y, al mismo tiempo, interpreta distintos papeles en las historias de los demás.
Y hay muchas personas que no llegan a comprender esto.
Algunas entregan el control de su vida a otro, mientras que otras pretenden convertirse en el centro del Universo de quienes las rodean.
Estoy convencida de que muchas veces aprendemos más sobre vínculos y relaciones a través de las historias que de la matemática.
Lo primero que nos enseñan en la primaria es que no podemos mezclar peras con manzanas.
Hasta que aparecen esos cálculos enormes llenos de números y letras, y nadie nos explica por qué ahora sí comenzaron a mezclarse.
Aunque, curiosamente, esas mismas matemáticas también me dejaron algunas enseñanzas importantes.
Aprendí a sacar factor común, que todos los problemas tienen solución y que para despejar una incógnita siempre contamos con los datos necesarios para conocer su valor; solamente tenemos que aprender qué hacer con aquello que tenemos.
Por supuesto, estas conclusiones corresponden a mi particular nivel de aprendizaje matemático, que es bastante limitado.
Pero me sirven para no mirar los problemas como solemos llamarlos: simplemente como algo que está “sin hacer”.
Vistos desde otro lugar, dejan de ser automáticamente un conflicto y una fuente de emociones negativas.
Claro que las relaciones humanas se parecen mucho más a esos cálculos complejos donde se mezclan números y letras que, al llegar al resultado final, terminan siendo algo como:
Z + XY + 2 + M
Y uno se queda pensando: ¿qué se supone que significa todo esto?
La X que todavía no logro despejar es la conclusión a la que llegaron tantos filósofos y sociólogos al coincidir en que el ser humano es un ser social y que, por lo tanto, necesita relacionarse.
Aunque, probablemente, si pudiera irme a vivir a un lugar completamente aislado, tampoco me importaría demasiado, porque quizá otros necesitan de esa misma interacción más que yo.
Pero lo cierto es que, por alguna razón, acá estamos.
Podemos jodernos y restar en la vida de los otros, o podemos ayudarnos y sumar.
Y rara vez quien adopta una actitud pasiva, quien decide no hacer nada, ocupa realmente un lugar neutro.
Lo complejo del cálculo es que los vínculos que más defendemos, los de nuestro círculo cercano, suelen ser también los más difíciles de resolver.
En lo que respecta a mi experiencia, nunca me crucé por la calle con un desconocido que me dijera:
“Ojalá no se cumplan tus sueños”.
“Qué bueno que estás contenta, pero esperá, porque no siempre va a ser así”.
Sin embargo, las críticas, los comentarios negativos, el uso y abuso, la envidia, las trabas, la falta de apoyo o la desmotivación, ya sea de manera sutil o directa, muchas veces aparecen desde los lugares más cercanos, no desde el infinito y más allá.
Y eso, si uno está mínimamente cuerdo y sano, obliga a replantearse qué tan reales son los vínculos que construimos: aquellos que heredamos, los que la vida fue poniendo en el camino y también aquellos que elegimos.
Cuando empezás a comprender, aunque sea en parte, el complejo y maravilloso funcionamiento del cerebro, muchas preguntas comienzan a encontrar respuestas.
Y cuando integrás ese conocimiento, inevitablemente algo cambia.
Cuando entendés que nuestros hábitos de acercarnos o alejarnos, nuestra búsqueda del placer y nuestra evitación del dolor, están relacionados con procesos químicos que ocurren en nuestro organismo, y que muchas veces buscamos repetir determinadas sensaciones, incluso enamorarse empieza a mirarse desde otro lugar.
Ni hablar cuando además comprendés que la función de la persona que te atrae no es hacerte feliz, sino acompañarte en un proceso de aprendizaje.
Aunque a veces prefiramos aprender solos, hay lecciones que funcionan mejor cuando aparecen a través de un maestro.
Pero lo interesante de comprender cómo funcionamos no es perder la magia de aquello que percibimos con los sentidos.
Es empezar a ser conscientes de la manera en que participamos en la construcción de la realidad que vivimos.
La vida siempre nos da un tiempo de tregua para que todo parezcan mariposas.
Aunque, afinando un poco la mirada, después podamos descubrir que algunas también tenían algo de murciélago…
Era un chiste.
(Como diría Freud, quizá todo chiste tiene algo de verdad escondida).
Todo depende…
Si pudiera quitar del mundo una sola energía que considero dañina, probablemente elegiría el egoísmo.
Pero como dicen quienes saben de física, la energía no se crea ni se destruye, sino que se transforma.
No podemos cambiar las leyes de la naturaleza, pero sí podemos transformar la manera en que utilizamos esa energía.
Incluso convertirla en algo más abundante.
No asociaría exclusivamente el egoísmo con su raíz etimológica vinculada a la individualidad, sino más bien con una idea de carencia.
Una carencia que nace de no comprender cómo funciona la abundancia.
Una energía mal dirigida que no solamente mira hacia uno mismo, sino hacia aquello que poseen los demás.
Y entonces convierte los vínculos en recursos: personas de las cuales obtener algo, en lugar de encuentros donde existe un intercambio permanente entre dar y recibir.
Más allá de la virtud que muchas veces intentamos mostrar hacia afuera, en ocasiones el egoísmo también puede esconder otras faltas que terminan manifestándose como envidia.
Porque detrás de cada emoción existe un pensamiento.
Y detrás de cada pensamiento, una determinada manera de interpretar el mundo.
Desde esta mirada, una vez que comprendemos la lógica de la abundancia, nadie elegiría conscientemente vivir desde el egoísmo y privarse de aquello que podría recibir.
Mucho menos tendría sentido dejar de alegrarse por el bienestar o los logros de otros.
Aunque es fundamental aprender a escuchar nuestro cuerpo y comprender cómo funciona nuestra fisiología, no todas las respuestas aparecen únicamente desde allí.
Al menos desde mi perspectiva, y desde la de muchas personas que compartimos la idea de que existe una dimensión espiritual en nuestra evolución, no podemos dejar al alma afuera de todo este complejo entramado que son los vínculos y las relaciones.
Imaginemos por un momento lo abundante que puede ser el mundo.
El Universo, Dios, la Fuente o como cada persona prefiera llamarlo, creó algo aparentemente diferente para cada uno de nosotros.
Hasta que comprendemos realmente qué significa eso, el ego puede incluso sentirse halagado al leer que todo tiene relación con uno mismo.
Y, en cierta forma, es verdad.
Todo aquello que vemos afuera pasa por el filtro de nuestra propia conciencia.
Es una interpretación de la realidad desde nuestra propia historia, nuestras creencias y nuestra manera particular de percibir.
Como expresó el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung:
“Todo lo que nos irrita de otros nos lleva a un entendimiento de nosotros mismos”.
Sigmund Freud también planteó la idea de la proyección como un mecanismo mediante el cual atribuimos a otros aspectos de nuestra personalidad que nos cuesta reconocer en nosotros mismos porque resultan dolorosos o difíciles de aceptar.
Pero no solamente proyectamos aquello que rechazamos.
También proyectamos aquello que admiramos.
El brillo, la capacidad y las cualidades que reconocemos en otras personas también pueden existir potencialmente dentro nuestro, esperando ser desarrolladas.
Es una buena noticia para un mundo donde muchas veces la cinta roja se vende por metro, entender que la envidia nace de una percepción de carencia.
De creer que no tenemos algo que, en realidad, puede estar disponible para nosotros.
Aunque esa falta nunca puede analizarse de manera general.
Porque detrás de cada envidia hay una historia diferente.
Y detrás de cada historia, una necesidad que busca ser comprendida.
Son múltiples los significados que podemos encontrar en internet sobre la envidia: desear aquello que otra persona tiene y no querer que lo tenga; negar el mérito ajeno atribuyéndolo solamente a la suerte; incluso hay quienes la consideran un sentimiento natural que puede motivarnos a superarnos.
Personalmente, creo que cualquiera de estas definiciones resulta demasiado limitada para describir una energía tan negativa.
Y no siempre somos conscientes del daño que puede generar este sentimiento.
Desde una mirada espiritual, la abundancia es una energía que necesitamos aprender a sintonizar.
Si no estamos en la frecuencia adecuada, en lugar de escuchar música, terminamos escuchando ruido.
Y después de observarlo, creo que lo único concreto que podemos afirmar es que detrás de la envidia existe una comparación entre uno mismo y el otro, acompañada de un deseo negativo hacia aquello que el otro logra.
Y esto puede ocurrir incluso aunque no deseemos exactamente lo mismo.
A veces nos molesta que otra persona alcance una vida, una virtud o una experiencia que nosotros creemos que nos falta, o que sentimos que nos deja en desventaja.
Pero esa reacción solamente deja en evidencia cuánto desconocemos todavía sobre nosotros mismos y nuestros propios deseos.
Es energía dirigida hacia afuera.
Es una búsqueda en el otro de aquello que todavía no aprendimos a reconocer dentro nuestro.
Y también muestra la dificultad de algunas personas para alegrarse genuinamente por lo bueno que sucede en la vida de otros, o para brindar apoyo cuando no existe un beneficio personal de por medio.
No es una emoción menor en un mundo donde resulta imprescindible recuperar el verdadero significado de comunidad.
Es lógico que quien tiene puesta toda su atención en la vida del otro, comparando y juzgando, no encuentre el espacio necesario para mirar hacia adentro y transformar su propia realidad.
Pero no significa que no pueda hacerlo.
Su esencia sigue esperando ser escuchada.
Porque quizás para eso vino.
El Ser natural, tal como llega al mundo, está libre de muchos de los condicionamientos que irá incorporando a lo largo de los años.
Primero aparecen los mandatos familiares: padres que muchas veces priorizan la seguridad y la adaptación a una sociedad determinada, porque eso mismo fue lo que ellos aprendieron.
Luego aparece un sistema educativo que busca formar dentro de ciertos parámetros, muchas veces priorizando el promedio, pero sin enseñarnos necesariamente a gestionar nuestras emociones ni a desarrollar nuestras capacidades individuales.
Más tarde aparece una sociedad que instala en el inconsciente colectivo modelos de vida, etiquetas, categorías y deseos prefabricados que prometen plenitud a cambio de encajar dentro de un determinado modelo de consumo.
Y así, poco a poco, muchas personas terminan alejándose de su propia esencia.
Comienzan a buscar afuera la aprobación, el reconocimiento, la seguridad, el poder o la validación que creen necesitar.
Pero todos esos recursos, en realidad, son internos.
Y solamente podemos aprender a dárnoslos a nosotros mismos.
La seguridad que depende completamente del exterior siempre será frágil.
Por eso, cada vez que alguien cuestiona nuestra identidad o pone en duda nuestro valor, todo nuestro sistema parece desmoronarse.
Pero quizás la vida no nos pone determinadas personas para dañarnos.
Quizás algunas aparecen para mostrarnos aquello que todavía no aprendimos a reconocer en nosotros.
Si no sabemos lo que valemos, la vida encontrará distintas maneras de recordárnoslo.
Hasta que podamos verlo por nosotros mismos y ya no necesitemos que alguien más venga a confirmarlo.
Desde la teoría a la que adhiero, de que somos seres de luz viviendo una experiencia humana, me cuesta comprender la cantidad de conflictos que he observado durante más de 40 años.
Conflictos de los que incluso he sido parte.
No puedo negarlo.
Mientras mi percepción de la realidad estuvo basada en la idea de que existía algo llamado “sentido común”, más de una vez quise electrocutar a alguien.
Metafóricamente, claro.
Pero hasta que uno no comprende de qué se trata este juego de espejos, es difícil entender qué viene a mostrar el otro, para qué aparece esa persona en nuestro camino.
Aceptar a las personas como son no significa soportarlas sin límites.
Significa comprender que aquello que nos molesta de ellas también puede estar enseñándonos algo.
Y si no lo entendemos, como decía Alf:
“¡No hay problema!”
La vida simplemente cambia el rostro del personaje y nos lo vuelve a presentar.
Somos algo mucho más grande que el funcionamiento de un sistema.
Pero nuestra experiencia humana ocurre dentro de él.
Y no existe sistema que pueda funcionar si cada pieza desconoce la función que cumple, compite con la que tiene al lado o intenta ocupar un lugar que no le corresponde.
Al igual que sucede en nuestro propio cuerpo: cada célula cumple una función determinada.
El corazón no intenta convertirse en riñón.
El páncreas no quiere ser intestino.
Y eso, curiosamente, parece tener mucho sentido.
Desde chica, observar la manera en que interactuaban los adultos fue uno de los motivos que despertó en mí el deseo de cambiar el mundo.
Con el tiempo aprendí que antes tenía que comprenderme y transformarme a mí misma.
Porque resulta contradictorio defender una realidad que todavía no somos capaces de construir en nuestro interior.
Para creer realmente en la justicia, la honestidad y tantos otros valores con los que el mundo podría funcionar mejor, primero tuve que desarrollarlos en mí.
Tuve que practicarlos incluso cuando hacerlo no siempre me beneficiaba.
Solo así pude comprobar que también existían.
Tuve que mirar hacia adentro y modificar aquello que no quería seguir viendo afuera.
Porque una de las grandes contradicciones humanas es que muchas personas saben perfectamente cómo deberían comportarse los demás, pero encuentran infinitas explicaciones para no aplicarlo a sí mismas.
Queremos recibir aquello que no siempre estamos dispuestos a dar.
Queremos un mundo que nos trate mejor, pero no siempre estamos dispuestos a formar parte de la causa.
Queremos todo para nosotros…
Y al otro, que le den.
Entendí que somos cuerpo, mente y alma.
Tres dimensiones de una misma experiencia.
Y que funcionamos de una manera tan compleja y perfecta que, cuando alguna de esas partes pierde coherencia con las demás, aparece alguna señal: insatisfacción, malestar o enfermedad.
Desde esta mirada, la materia es aquello que nos hace percibirnos separados del resto.
Pero cada alma sería una expresión de una misma fuente creadora: el núcleo, la conciencia, Dios, “el que Es”, o el nombre que cada persona encuentre para aquello que considera origen.
Y en nuestra experiencia humana somos, en potencia, una expresión de esa misma abundancia buscando regresar a un estado de plenitud y paz.
Juzgamos porque nos sentimos separados del resto.
O quizá nos sentimos separados porque juzgamos.
Y sufrimos esas diferencias porque, en algún nivel, vienen a mostrarnos aquello que compartimos.
Como explica Marta Salvat, escritora y conferencista vinculada al desarrollo espiritual, en sus charlas sobre Un Curso de Milagros:
“El secreto es comprender que yo, en tu lugar, con tu historia, con tus aprendizajes, con toda tu carga y en tu nivel de evolución, hubiese hecho lo mismo”.
También comprendí que percibimos el tiempo de manera lineal, pero que el único momento desde el cual podemos crear es el presente.
Solo podemos hacer algo ahora.
Nos alejamos de nuestro centro cuando seguimos atrapados en situaciones del pasado o preocupados por un futuro que todavía no existe.
Porque el presente es lo único que realmente podemos tocar.
En definitiva, todos buscamos algo parecido: paz, felicidad y bienestar en las distintas áreas de nuestra vida.
Y lo buscamos porque conocemos la emoción opuesta o porque tenemos miedo de volver a experimentarla.
Entonces cabe preguntarse: ¿qué sentido tiene restar en la vida de los otros?
La vida puede ser entendida como un juego que todos tenemos la posibilidad de disfrutar y en el que todos podemos ganar.
La idea de perder pertenece a una concepción dual que nosotros mismos construimos y sostenemos.
La carencia, que no tiene que ver solamente con el dinero, las posesiones o aquello que creemos que nos falta, también existe como una percepción interna.
Tiene que ver con nuestro activo más importante: la imagen que tenemos de nosotros mismos, la valoración personal y la manera en que, desde ahí, nos relacionamos con el mundo.
Esa es una de las raíces por las cuales existe tanto egoísmo y tan poca cooperación.
Estamos, en muchos sentidos, mal educados.
El concepto de “Yo Soy”, tan importante dentro de la metafísica, es completamente diferente al “yo soy” narcisista al que suele hacer referencia la psicología.
En general, no se trabaja lo suficiente sobre nuestras capacidades ni sobre el reconocimiento del propio valor.
Muchas personas desconocen la riqueza que poseen.
El activo más importante que tenemos somos nosotros mismos y todas las herramientas internas con las que contamos para atravesar aquello que la vida nos presenta.
No hay nada que esté fuera de nuestras posibilidades cuando tenemos dominio sobre lo único que realmente nos pertenece: nosotros mismos.
Pero si permitimos que el afuera confisque nuestro mayor bien, terminamos siendo como millones guardados dentro de una caja fuerte cuya llave no tenemos.
Seguimos mirando lo que podríamos hacer si fuéramos como otros.
Seguimos imaginando cómo viviríamos si tuviéramos aquello que ellos tienen.
En una mente abundante no existe la idea de que nuestra paz dependa de que otro fracase.
No existe la necesidad de que alguien pierda para que nosotros podamos ganar.
No existe la comparación constante, el desmerecimiento ni la necesidad de reafirmarnos a través del otro.
Porque desde la individualidad podemos reconocernos como seres completos y, al mismo tiempo, comprender que juntos formamos parte de algo mayor.
La abundancia consiste en que cada uno, siendo quien es, tiene la posibilidad de desplegar aquello que ya posee en potencia.
Resulta casi irónico que uno de los desafíos más grandes de la vida sea simplemente llegar a ser quienes somos.
Si pudiéramos percibir el intercambio constante de energía entre los seres humanos, probablemente comprenderíamos mucho más sobre la conexión que existe entre todos.
Las nueve revelaciones es una película interesante para explorar esta idea de que todo está relacionado.
Dejando por un momento la espiritualidad y volviendo a lo cotidiano, comprender algo no significa necesariamente que me guste.
De hecho, sigo pensando en la montaña, la isla tropical, la granja, la casita de Blanca Nieves en el bosque…
No importa demasiado el paisaje.
Lo que imagino es un lugar alejado del ruido, de la contaminación en todas sus formas y de la multitud que muchas veces la genera.
Pero quizás el desafío más grande no estaba en cambiar grandes estructuras, cuestionar sistemas o intentar comprender los problemas del mundo.
Lo verdaderamente desmotivante que encontré en mi inquietud por cambiar el mundo no fueron las personas que decían que no se podía.
No fue pensar en luchar contra los medios de comunicación y tantos conceptos instalados.
No fueron las guerras, los desastres ecológicos que podían complicarme los tiempos, ni imaginar que alguien pudiera querer hacerme desaparecer por decir algo inconveniente.
Tampoco una posible llegada extraterrestre o un ataque zombi…
Nop.
Lo más difícil de comprender fueron las relaciones de pareja.
Es decir… ¿de qué manera puedo imaginar un mundo en paz, donde aprendamos a ser más tolerantes, más colaboradores y más libres, si dos personas que se eligieron libremente muchas veces no logran ponerse de acuerdo para construir un proyecto en común?
Si no podemos hacerlo entre dos…
¿Cómo pretendemos hacerlo entre ocho mil millones?
Aclaro que estoy siendo deliberadamente generalista. De ninguna manera pretendo meter todas las relaciones en la misma bolsa.
Pero leo, escucho, observo… y resulta difícil no advertir ciertos patrones.
La falta de compromiso con un proyecto compartido.
La dependencia emocional.
La inseguridad de dos personas que termina boicoteando el desarrollo individual de ambas y, al mismo tiempo, invadiendo los espacios vitales del otro.
La dificultad para mostrarse tal cual uno es, con sus debilidades, sus miedos, sus motivaciones y sus expectativas.
Porque si no podés mostrarte vulnerable frente a la persona con la que compartís la mayor intimidad, quizás ese vínculo no sea un lugar verdaderamente seguro.
También observo la poca profundidad en la comunicación, que, al fin y al cabo, es el único puente real entre dos personas.
Y el egoísmo.
Porque, en lugar de preguntarse cómo construir juntos, muchas veces cada uno está más preocupado por satisfacer sus propias necesidades.
Eso suele hacerse especialmente evidente cuando la relación termina y el otro deja de brindar aquello que antes ofrecía.
Hay una frase que dice que conocés a la verdadera persona no cuando te casás, sino cuando te separás.
Yo creo que, en realidad, ambas personas siempre estuvieron ahí.
Solo que determinadas motivaciones permanecían ocultas mientras los beneficios seguían existiendo.
Hasta el significado del amor incondicional termina acomodándose según la conveniencia de cada uno.
Para mí, amar sin condicionamientos significa reconocer el valor de una persona por quien es, independientemente de lo que pueda darte o de si actúa de acuerdo con tus deseos.
Por eso, hablar de amor incondicional casi resulta redundante.
Porque si hay condiciones, quizá estemos hablando de otra cosa.
Y esto no tiene nada que ver con quedarse o irse.
Perderle el respeto a alguien porque ya no va a darte lo mismo o porque “ya no te pertenece” es, en realidad, perderte el respeto a vos mismo por todo lo que entregaste en esa relación.
Nunca entendí por qué, cuando una persona decide terminar una relación y la otra no está de acuerdo, dice amarte hasta que comprende que no hay vuelta atrás y, de un día para el otro, comienza a hacerte la vida imposible.
No creo que del amor al odio haya un solo paso.
Creo que, si alguien deja de quererte porque ya no va a recibir aquello que esperaba de vos, probablemente nunca te quiso por quien eras, sino por lo que representabas para esa persona.
Ni hablar cuando hay hijos de por medio y terminan convirtiéndose en moneda de cambio porque ninguno de los dos sabe gestionar la situación.
Cuando la gente habla de amor, paro las orejas.
Porque muchas de las cosas que se justifican en nombre del “amor” explican bastante bien por qué el mundo está como está.
El mundo no es disfuncional solamente porque existan malos gobiernos, grupos económicos que los condicionen o instituciones corruptas.
Todo eso también es consecuencia de algo mucho más cotidiano.
Individualmente muchas veces no sabemos conducir nuestra propia vida.
En pareja tampoco aprendimos a construir proyectos compartidos.
Y si encima nos multiplicamos...
La única luz posible termina siendo la oveja negra.
Un ser humano sin un proyecto de vida propio queda a la deriva de las circunstancias.
Y para compartir la vida con alguien deberían encontrarse dos proyectos compatibles.
Tan simple de decir.
Y, al mismo tiempo, tan difícil de encontrar.
La idealización del otro, que genera expectativas porque esperamos que sea aquello que nosotros necesitamos y no quien realmente es, constituye, para mí, una de las mayores expresiones de desamor.
Esperar que alguien sea distinto de lo que es.
Y además hacerlo sentir culpable por no cumplir con esa expectativa.
La responsabilidad, en realidad, es de ambos.
Porque cuando una relación nace desde la dependencia emocional, desde la necesidad de estar con alguien y no desde el deseo de compartir un proyecto común, se vende fruta hasta fuera de temporada.
Uno puede construir un personaje digno de exhibirse en una vidriera.
Lo difícil es sostenerlo con el paso del tiempo.
He leído por ahí, e incluso me lo han dicho personalmente, que si a uno le importa una relación tiene que aguantar...
Bueno...
También me han dicho que "mujeres eran las de antes, que aguantaban los golpes por amor a la familia..."
Ceder un 50 y 50, bueno... consensuar, ponele. Pero ¿aguantar...? ¿De verdad alguien cree que es tan terrible estar sola o solo como para que "aguantar" entre dentro de las posibilidades de una relación? Compartir la carga puede hacer la vida más fácil. Pero si alguien, además de no compartirla, te deja la suya y te trae más reclamos que sexo... ¿qué hay que pensar...? ¡Jueraaaaaaaa!
Una vez, un conocido, en medio de una conversación filosófica sobre las relaciones humanas, minutos después de invitarme a pasar un sábado a la noche en la sala VIP de un boliche y seguir el domingo navegando en velero, me preguntó:
—¿Por qué las mujeres que se me acercan me usan?
No me la podía haber dejado más servida.
Le respondí:
—¿Y qué estás vendiendo?
Si simplemente me hubiera dicho: "¿Vamos a bailar?", probablemente habría aceptado. Pero detrás de todo lo demás había una connotación distinta. Era como si me estuviera diciendo: "Siento que yo solo no alcanzo; necesito ofrecerte un estatus para resultar interesante."
Y ahí está el problema.
Cuando creemos que nuestro valor depende de lo que mostramos, de lo que tenemos o de lo que podemos ofrecer materialmente, terminamos atrayendo personas interesadas justamente en eso. Después nos sorprende descubrir que vinieron por el envase y no por quien estaba adentro.
Pero no es un caso aislado...
Las ya no tan nuevas aplicaciones de citas vienen a ser algo así como un Mercado Libre de personas. Motivado por una foto y una presentación de 150 caracteres, decidís si la agregás al carrito y, si hay coincidencia, hay premio... y, con un poco de suerte, algo de acción. Solo faltaría agregar abajo la reputación, los testimonios de quienes ya la conocieron y el promedio de estrellas.
Lo que me parece decadente no es la posibilidad de conocerse a través de la virtualidad. He conocido gente muy copada, sobre todo en los primeros tiempos, cuando todavía se percibía cierta naturalidad, bastante parecida a la forma en que nos vinculábamos en la era analógica. Aunque, para ser justa, también puede haber sido que entonces yo todavía no supiera leer algunas cosas que hoy sí veo con claridad.
Lo verdaderamente llamativo es la pobreza con la que muchas personas terminan presentándose. No hablo de dinero, ni de estudios, ni de belleza. Hablo de la pobreza del relato sobre uno mismo. De cuánto creemos que valemos cuando tenemos apenas unas pocas líneas para decir quiénes somos.
En cierto punto, la virtualidad, si no sos un poco consciente, no hace más que mostrarte que muchas personas no hablan con vos: hablan con la fantasía que construyeron sobre vos. La conversación, cuando supera los monosílabos, rara vez busca conocerte; simplemente intenta llevarte hacia el terreno donde el otro ya decidió jugar.
Después llegan las tres o cuatro preguntas de manual. No para descubrir quién sos ni qué necesitás, sino para confirmar la película que ya se armó en su cabeza.
Y hay una regla bastante simple que pocas veces falla: quien no pregunta, no quiere conocer; quiere encontrar aquello que vino a buscar.
Si tu necesidad de encontrar a alguien es mayor que tu capacidad de observar cómo se está comunicando esa persona, es muy fácil enamorarte de una conversación que nunca existió. Hasta que la realidad, bastante menos platónica, te devuelve a la Tierra... y entonces aparece la gran pregunta:
—¿Qué pasó?
La respuesta suele ser mucho más sencilla de lo que parece.
Nunca hablaron con vos. Hablaron con el personaje que imaginaron.
Parece contradictorio, porque es sano que cada uno cuide sus necesidades y elija la vida que quiere vivir. Pero el equilibrio en una relación, haya comenzado en el mundo real o en el virtual, depende de que ambos estén jugando el mismo juego y aceptando las mismas reglas.
Conocer nuestras necesidades y nuestros valores es indispensable. Pero, si decidimos compartir la vida con alguien, también es necesario averiguar si esos valores y proyectos son compatibles, en lugar de pasar años intentando convencer al otro de que adopte los nuestros.
Si hay tantas personas que ni siquiera se interesan por comprender las necesidades de quien tienen delante, justamente en el vínculo más íntimo que van a construir, cuesta imaginar cuánto podrán aportar después al bienestar de una comunidad.
Un mundo que funcione para todos no puede ser el mérito de una sola persona; depende de todos.
Los valores no son lo que decimos que tenemos. Son los que ponemos en práctica cuando nadie nos obliga a hacerlo. Son los que determinan cómo nos tratamos a nosotros mismos, cómo construimos una pareja, una familia, un equipo de trabajo, una empresa, una comunidad y, finalmente, una sociedad.
El mundo que vemos no deja de ser el reflejo de millones de relaciones humanas interactuando al mismo tiempo. Y esas relaciones empiezan mucho antes de los gobiernos, las instituciones o las leyes. Empiezan en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos y a quienes decimos que más queremos.
Podemos seguir votando. Podemos seguir llenándonos la cabeza de mierda con las noticias y creyendo que el problema está afuera. Podemos seguir quejándonos y creyendo que somos mejores que aquello que juzgamos. Podemos seguir delegando nuestra responsabilidad en los otros y relacionándonos desde el interés y la adicción.
O podemos elegir otra cosa.
Cada uno tiene la posibilidad de decidir qué pieza quiere ser en el rompecabezas. Si es la pieza que se relaciona desde lo que recibe, será parte de un mundo carente, lleno de miseria, egoísmo, ira, enfermedad, insatisfacción, miedo y sálvese quien pueda. O puede ser la pieza que se relaciona desde lo que da y formar parte de un mundo de amor real, abundante, cordial, justo y más saludable para todos.
Ambos mundos coexisten, aquí y ahora.
Cada uno decide.
"One love.
One heart.
Let's get together and feel all right." One love Bob Marley
“Nuestras vidas no son nuestras, de la matriz a la tumba estamos ligados a
otros. Con cada crimen y con cada gentileza estamos moldeando el futuro”
“Todos los límites son convenciones esperando ser superadas, puedes
superar cualquier convención si tan solo concibes el hecho de lograrlo. En
estos momentos siento el latido de tu corazón tan claramente como el mío y sé
que la separación es una ilusión. Mi vida se extiende mucho más allá de mis
propias limitaciones.” de la película Cloud Atlas
Capitulo XIII: Éxito, Responsabilidad y Desarrollo Personal
Marian
Consultora en desarrollo personal y comunicación
📞 +54 11 3651 0736
✉️ simplementemarian78@gmail.com
YouTube: https://www.youtube.com/@Redmetamorfosis3110
No dejes de creer que las palabras pueden cambiar el mundo.
Libros:
Geopolítica Humana: Liderazgo y poder personal
Blog:

Comentarios
Publicar un comentario
¿Estás de acuerdo? Deja tus comentarios, siempre con respeto, para que entre todos construyamos una nueva verdad.