¿Por qué sufrimos? Cómo nuestra desconexión con nosotros mismos afecta nuestras relaciones

 

Fotografía en perspectiva superior sobre una mesa de mármol dividida en dos tableros de juego. A la izquierda, el Juego de la Vida con una mano humana relajada y abierta apoyada pacíficamente a un lado. A la derecha, el juego T.E.G. con una mano curva rodeando y protegiendo posesivamente sus fichas. En el centro, un portarretrato con el texto: «El problema empieza cuando convertimos el juego de la vida en una partida de TEG.»
                             Compartir vs. Conquistar: ¿A qué estás jugando en tus relaciones?

“¿Quién soy yo? es la única pregunta que vale la pena hacerse y la única que nunca se responde.

Nuestro destino es representar una infinidad de papeles, pero esos papeles no somos nosotros mismos.

El espíritu no tiene lugar, pero deja tras de sí una huella a la cual llamamos cuerpo.
Un mago no se considera a sí mismo un suceso local que sueña un mundo más grande.
Un mago es un mundo que sueña sucesos locales.”

                                       — Deepak Chopra, El sendero del mago, Lección 4


La desconexión no afecta solamente la relación que tenemos con nosotros mismos. Cuando falta conciencia sobre lo que nos sucede y autoconocimiento suficiente para reconocerlo, esa desconexión también se manifiesta en la manera en que nos relacionamos con los demás.

El autoconocimiento no consiste simplemente en saber cuál es nuestro color favorito, qué alimentos preferimos o poder enumerar los roles y funciones que cumplimos cotidianamente. Implica reconocer qué hay detrás de esas etiquetas sociales aprendidas: qué valoramos, qué nos mueve, qué necesitamos, cuáles son nuestras fortalezas y debilidades, qué miedos e ideas nos condicionan, qué estamos dispuestos a aceptar y qué no. Implica conocer nuestra dirección y, sobre todo, reconocer nuestros límites.

Cuando conocemos aquello que orienta nuestras decisiones, contamos con una referencia interna desde la cual elegir. Sin ella, podemos dispersar nuestra energía en múltiples direcciones sin avanzar hacia un camino que tenga verdadero significado para nosotros. Somos como una brújula cuya aguja gira sin encontrar un norte: hoy puede orientarnos una emoción, mañana la conveniencia inmediata, pasado mañana la expectativa de alguien más o simplemente la energía con la que nos levantamos. Cambiamos de dirección con facilidad porque cualquier camino puede parecernos válido cuando no existe un sentido interno que nos permita distinguir hacia dónde queremos ir.

Podemos verlo con claridad cuando aparece un objetivo que realmente nos importa. De repente, nuestro enfoque se dirige hacia ese objetivo, nuestra atención empieza a identificar todo aquello que necesitamos hacer para alcanzarlo, reorganizamos el tiempo disponible y nuestras acciones comienzan a ordenarse en función de esa meta. Y no solo elegimos qué hacer: también renunciamos a aquello que nos aleja de lo que queremos alcanzar. La energía no apareció de la nada: dejó de estar dispersa porque encontró dónde concentrarse.

Pero una dirección no tiene por qué ser una gran meta ni una imagen precisa del futuro. Es la orientación que damos a nuestros recursos —nuestra atención, nuestro tiempo, nuestra energía— en función de aquello que valoramos y de la experiencia que queremos construir en las distintas áreas de nuestra vida. ¿Cómo queremos vivir nuestro trabajo y nuestra vida profesional? ¿Qué lugar queremos darle al aprendizaje, al crecimiento o a la creación? ¿Cómo queremos vincularnos con los demás? ¿Qué clase de relación íntima queremos tener? ¿Qué lugar queremos ocupar en nuestra propia vida?

Podemos permanecer durante un tiempo en circunstancias que no elegimos porque todavía no tenemos la posibilidad de modificarlas. El punto no está necesariamente en poder cambiarlas de inmediato, sino en qué hacemos mientras estamos ahí. ¿Estamos construyendo las condiciones para que algo pueda cambiar o simplemente nos adaptamos a lo que hay y dejamos que la inercia decida por nosotros? Incluso aquello que hoy no elegiríamos puede convertirse en un escalón hacia dónde queremos ir cuando hay un plan. Una circunstancia puede ser parte de nuestro presente sin convertirse por eso en nuestra dirección. La desconexión aparece cuando dejamos de distinguir entre estar atravesando un lugar y haber decidido quedarnos en él.

Porque si todo nuestro esfuerzo está puesto en soportar lo que no queremos y nada en acercarnos a lo que sí queremos, no estamos avanzando hacia ninguna parte. Estamos dejando que las circunstancias decidan por nosotros, como quien suelta el timón y permite que sea el viento quien elija el rumbo.

No necesitamos tener completamente definido el camino para saber hacia dónde queremos avanzar. Crecer también implica descubrir nuevas posibilidades, cambiar el orden de nuestras prioridades y modificar nuestros objetivos. Parte del desarrollo consiste en descubrir que algunas cosas que antes no parecían importantes empiezan a serlo, mientras que otras pierden relevancia.

La dirección es personal. Podemos coincidir con otras personas en determinados intereses y construir proyectos compartidos, pero eso es una elección, no una condición para tener una dirección propia. Nuestra vida no debería organizarse únicamente alrededor de las obligaciones externas ni de las necesidades de los demás. También necesitamos hacer lugar a aquello que queremos construir, aprender, experimentar o desarrollar, aunque nadie más lo considere una prioridad.

Cuando no reconocemos una dirección propia o no estamos verdaderamente comprometidos con ella, es fácil que el tiempo que queda después de cumplir con las obligaciones se convierta simplemente en tiempo disponible: para adaptarnos a los planes de otros, llenar espacios, distraernos o repetir una rutina que nunca nos preguntamos si seguimos queriendo.

Podemos pasar años cumpliendo con todo lo que la vida nos reclama y llegar al final preguntándonos qué hicimos realmente con ella.

Algo de esto aparece también en los relatos de Bronnie Ware, una enfermera australiana que durante años acompañó a personas en el final de sus vidas. Al recopilar aquello de lo que más se arrepentían, encontró que uno de los principales lamentos era no haber vivido una vida más fiel a sí mismos y haber dejado que las expectativas de los demás ocuparan demasiado espacio.

Da para pensarlo… porque la muerte es la única garantía que todos tenemos de la vida, lo único realmente seguro. Intuyo que esta inteligencia creadora perfecta pudo haber pensado, al momento de organizar el mundo, que saber que vamos a morir nos llevaría a tener mayor conciencia de estar vivos. Quizá no tuvo en cuenta una variable: que los humanos somos capaces de vivir toda una vida sin enterarnos de que estábamos desconectados de ella.

Tal vez una de las preguntas más incómodas sea entonces qué estamos haciendo con nuestra vida cuando no estamos cumpliendo obligaciones. ¿Hay algo que nos importe lo suficiente como para construirlo? ¿O necesitamos mantenernos permanentemente ocupados para no hacernos esa pregunta?

Porque podemos trabajar, cumplir, pagar, resolver, atender a otros y después matar el tiempo con distracciones hasta que llegue el día siguiente. Podemos incluso convencernos de que así es la vida y que no hay demasiado más para hacer con ella.
Pero ¿eso es realmente lo que sentimos adentro, o simplemente nos metimos en la rutina y seguimos la agenda de lo que el mundo externo decide que debemos hacer?

Algo similar ocurre con los límites. Desde muy temprano aprendemos una idea de responsabilidad orientada principalmente hacia afuera: hacer la tarea, cumplir horarios, respetar reglas, trabajar, pagar las cuentas, cuidar a quienes dependen de nosotros. Todo eso forma parte de ser responsables, pero es apenas una parte. También necesitamos aprender a reconocer qué nos corresponde dentro de nuestros vínculos y qué pertenece a los demás.

Cuanto menos conscientes somos de nuestros propios límites, más expectativas podemos construir sobre cómo deberían comportarse los demás con nosotros. A veces esas expectativas nacen de una necesidad de sentirnos seguros, valorados o aceptados, y terminamos responsabilizando al otro por no hacernos sentir de la manera en que queremos sentirnos.

Una inseguridad puede aparecer, por ejemplo, en una pareja que necesita que el otro responda siempre de determinada manera para sentirse querida; en alguien que necesita constantes demostraciones de reconocimiento en su trabajo para sentirse competente; o en quien interpreta la distancia de un amigo como falta de interés y necesita que este se comporte de una manera específica para volver a sentirse valorado. El problema es que ninguna conducta externa puede garantizar indefinidamente esa seguridad: hoy puede alcanzar una respuesta, mañana necesitaremos otra. Y cuando nuestra seguridad depende de cómo se comportan los demás, siempre habrá algo que pueda volver a ponerla en duda. En el fondo, estamos esperando que el comportamiento del otro regule algo que está ocurriendo dentro de nosotros.

Hay una frase atribuida a Eleanor Roosevelt que dice: “Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento”.

Lo mismo puede ocurrir con otras necesidades que no hemos aprendido a expresar. Podemos callar para evitar un conflicto y después resentirnos porque el otro «debería haberse dado cuenta»; aceptar algo que no queremos y sentir que abusan de nosotros; o esperar que alguien cambie una conducta que nunca le hemos dicho claramente que nos molesta. En todos esos casos, hay algo que suponemos que el otro debería saber o hacer, aunque nunca lo hayamos expresado. Gran parte de los problemas que surgen en las relaciones parten de una falta de comunicación.

La otra, por un exceso de expectativa. Reconocer una necesidad y expresarla tampoco significa que el otro tenga la obligación de satisfacerla. Si imagináramos la vida como el tablero de un juego, parece lógico pensar que cada persona está jugando su propio juego. Lo que no parece tan lógico —ni demasiado justo— es creer que la vida nos puso un tablero lleno de personas para que formen parte de nuestra estrategia. Cada participante tiene sus propios intereses, necesidades, límites y decisiones.

Podemos coincidir, cooperar, hacer acuerdos y hasta perseguir un objetivo común. Cuando existe reciprocidad, nuestras jugadas pueden favorecer el avance de todos. Pero una relación deja de ser recíproca cuando miramos a las personas como fichas de nuestro juego. En ese momento, la persona deja de ser alguien con quien compartir el juego y empieza a convertirse en una pieza útil dentro de nuestra estrategia.

Y, en realidad, no es una idea tan desencajada en un mundo donde gran parte del valor se mide por lo que tenemos, lo que producimos o lo que podemos conseguir. Aprendemos a convertir recursos en valor y, casi sin darnos cuenta, podemos terminar aplicando la misma lógica a las personas: qué me aporta, qué puedo obtener, qué me conviene, qué costo tiene este vínculo.

Tal vez por eso resulte tan fácil olvidar algo bastante simple: las personas no son recursos dentro de nuestra vida. Son personas, jugando su propio juego. Y quizá una parte de construir vínculos más sanos consista justamente en aprender a relacionarnos con ellas sin necesitar que sus movimientos coincidan siempre con nuestra estrategia.

Por eso, la responsabilidad personal y emocional no comienza simplemente con la decisión de “hacernos cargo”. Comienza mucho antes: con la capacidad de reconocer dónde terminan mis límites y empiezan los del otro. Conocer nuestros límites nos permite asumir nuestra parte sin cargar con la del otro ni exigirle al otro que cargue con la nuestra.

Cuando hay autoconocimiento, podemos distinguir también entre la culpa que dirigimos hacia nosotros mismos por aquello que creemos haber hecho mal y la que dirigimos hacia los demás por aquello que creemos que nos hicieron. En ambos casos puede haber algo que todavía no estamos pudiendo reconocer como propio. Cuando logramos identificar qué nos corresponde, la culpa puede transformarse en responsabilidad.

Y aunque no suene como la palabra más atractiva del mundo —sospecho que no es una palabra que la mayoría quiera tatuarse en la frente—, sin responsabilidad no hay madurez ni libertad. Porque no podemos hacernos cargo de aquello que ni siquiera somos capaces de reconocer. Y cuando no reconocemos nuestra parte, es fácil quedar atrapados en una posición en la que todo lo que nos ocurre parece depender de lo que otros hacen, dejan de hacer o deberían haber hecho. Ahí puede empezar a construirse algo más que una situación de victimización: el victimismo como identidad.

Una persona puede atravesar una situación injusta y ser víctima de algo sin que eso defina quién es. El problema aparece cuando la posición de víctima se convierte en la explicación desde la cual interpreta sistemáticamente su vida.

Conocernos no garantiza que nuestras relaciones sean fáciles ni que dejemos de sentir miedo, enojo, frustración o necesidad de los demás. Lo que cambia es el lugar desde el que participamos en ellas. Podemos pedir sin exigir, expresar sin acusar, poner límites sin castigar y reconocer lo que nos sucede sin convertir automáticamente al otro en responsable de resolverlo.

Y quizá ahí aparezca una de las diferencias más importantes entre relacionarnos desde la desconexión o desde el conocimiento de nosotros mismos. Cuando todavía no sabemos quiénes somos, podemos convertir al otro en una referencia para orientarnos, confirmarnos o definirnos. Cuando empezamos a conocernos, esa relación cambia de naturaleza: el otro deja de ser una respuesta que necesitamos obtener y puede convertirse en alguien con quien elegimos compartir, construir, intercambiar y también disentir.

Parte de nuestra insatisfacción puede venir de una expectativa bastante comprensible: creer que algún día las cosas finalmente van a acomodarse a nuestro gusto y entonces, recién ahí, vamos a poder sentirnos bien. No me gusta ser portadora de malas noticias, pero eso probablemente no ocurra jamás.

La vida no va a dejar de ser imprevisible porque aprendamos a conocernos. Las personas no van a comportarse siempre como esperamos. Algunas situaciones serán injustas, otras dolorosas y muchas simplemente ocurrirán sin pedirnos permiso. Conocerme no me da el control sobre la vida. Me permite conocer al jugador que está jugando este juego y reconocer cuánto control real tengo sobre mi propia jugada. En ese margen de elección aparece la libertad.

Tal vez por eso el conocimiento de nosotros mismos sea una forma de conocimiento particularmente incómodo. No alcanza con acumular información ni con construir una descripción más o menos acertada de quiénes creemos ser. Tenemos que observarnos, cuestionarnos, descubrir nuestros patrones y estar dispuestos a encontrar respuestas que no siempre coinciden con la imagen que construimos de nosotros mismos.

Si conocer significa acercarnos a una comprensión más precisa de algo, ¿por qué nosotros mismos quedaríamos fuera de esa búsqueda? Si en la naturaleza podemos observar patrones, relaciones y funciones que forman parte de un sistema mucho mayor, ¿por qué habríamos de suponer que nosotros somos una excepción, un accidente sin propósito que vino simplemente a trabajar, pagar cuentas y esperar al día siguiente?

La conexión necesita un "yo" presente

Cuando perdemos la conexión con nosotros mismos, también perdemos la capacidad de encontrarnos verdaderamente con alguien. Podemos estar rodeados de personas, compartir años, conversaciones, proyectos y afectos, y aun así no terminar de encontrarnos.

Podemos adaptarnos, agradar, exigir, interpretar, ceder, controlar, reclamar o esperar. Podemos incluso querer mucho a alguien y, aun así, estar relacionándonos más con la idea que construimos de esa persona que con quien realmente tenemos delante.

Si no puedo distinguir a la persona que tengo enfrente de aquello que necesito que sea, ¿con quién estoy relacionándome realmente?

Quizá una parte del sufrimiento aparezca justamente ahí: en intentar que la realidad se parezca permanentemente a la versión que necesitamos de ella. Que nosotros seamos quienes creemos que deberíamos ser. Que los demás sean quienes necesitamos que sean. Que la vida nos ofrezca las condiciones que consideramos necesarias para empezar a vivir como queremos.

Epicteto lo expresó hace siglos de una manera sencilla: “No son las cosas las que perturban a los hombres, sino los juicios que los hombres hacen sobre las cosas.”

No se trata de negar lo que ocurre ni de convencernos de que todo está bien. Se trata de observar cuánto de nuestra energía gastamos resistiendo aquello que no podemos modificar y cuánto utilizamos para decidir qué hacer con lo que sí está en nuestras manos.

Y mientras esperamos que todo eso ocurra, podemos gastar una enorme cantidad de energía intentando modificar el tablero en lugar de aprender a jugar nuestra propia partida.



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