¿Por qué sufrimos? El costo de ser dueños de nuestra vida (y el premio por no intentarlo)

 La cultura del victimismo, la trampa de la dependencia y el precio de asumir la verdadera autonomía.


Persona adulta acurrucada dentro de una jaula abierta en un escenario de teatro, con un cartel que dice Responsabilidad en la puerta y la vida real en el fondo en penumbras.


"¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que reemplaza mi conciencia, un médico que juzga mi dieta, no necesito molestarme."

Immanuel Kant

 

¿Podemos hablar de libertad cuando ni siquiera hemos definido qué significa ser libres?

Tendemos a pensar la responsabilidad como un asunto estrictamente individual, algo que empieza y termina en uno mismo. Sin embargo, nadie maneja en una calle hecha únicamente de sus propias decisiones. Vos podés respetar todas las normas, mantener la distancia y manejar con cuidado, pero si el que va adelante frena de golpe sin avisar, el impacto puede alcanzarte igual. La falta de responsabilidad individual no la paga solo quien la comete; termina viciando el contexto que a todos nos toca habitar.

Cuando la falta de autonomía y el victimismo se vuelven la norma, el descuido individual se convierte en una condena colectiva. Toca revisar cómo funciona el verdadero sistema de incentivos: por qué se premia la sumisión con la impunidad y el refugio de la compasión, mientras se castiga la libertad arrojándola a la descalificación y al aislamiento. Y en esa balanza, la comodidad de no hacernos cargo suele ganarle por goleada al costo de ser libres.

Lo que el sistema decide medir (y lo que decide ignorar)

Los sistemas suelen estar muy bien diseñados para medir aquello que consideran importante. La pregunta es: ¿qué eligieron considerar importante?

Lo que una sociedad estimula se verifica en los hechos, no en las palabras. Si una estructura dedica un volumen enorme de recursos a controlar determinadas variables mientras ignora o abandona otras, esa asimetría dice mucho más sobre sus prioridades reales que cualquier discurso bonito.

Alcanza con observar qué se dice buscar y compararlo con los resultados que realmente se producen. Tal vez descubramos que algunos de los discursos que más escuchamos cuentan una historia bastante diferente cuando los contrastamos con la realidad. Lo mismo podemos trasladar esa mirada al plano personal: observar si nuestras elecciones cotidianas nos acercan realmente a la vida que queremos construir y a la persona que decimos ser.

Pasa en la educación, por ejemplo. No se trata solo de cuánto presupuesto se le asigna, sino de qué contenidos resultan relevantes, qué capacidades se consideran necesarias y qué tipo de persona se busca formar. El tipo de mentalidad que se moldea desde la infancia no surge al azar: responde al modelo de sociedad que se está construyendo.

Y a nivel individual ocurre exactamente lo mismo: basta con mirar la brecha entre lo que decimos valorar y el tiempo, la atención o los recursos que efectivamente destinamos a nuestro propio desarrollo. Es fácil exigirle al entorno prioridades que nosotros mismos no practicamos. Pero al final, las intenciones se evaporan y terminamos convirtiéndonos en aquello que hacemos de manera sostenida.

Tu irresponsabilidad nunca es solo tuya

Lo que una persona desarrolla —o deja de desarrollar— influye directamente en cómo se relaciona con los demás y en el entorno que contribuye a construir. Cuando capacidades básicas como la responsabilidad personal no se cultivan, los platos rotos no los paga una sola persona.

Pensalo con el ejemplo del tránsito: No alcanza con que vos conozcas las normas y manejes bien. Compartís la calle con otros, y una decisión ajena puede arruinarte el recorrido, el auto —o la vida— aunque hayas hecho todo perfecto. Cada uno es responsable de cómo maneja, pero nadie maneja en una isla.

Entonces, ¿podemos hablar de libertad sin tener en cuenta los condicionantes externos que rodean nuestras posibilidades de elegir? No se trata de imaginar una libertad fantástica sin límites, sino de preguntarnos qué límites son necesarios para convivir y qué capacidades individuales afectan la vida colectiva

Los límites invisibles que aprendimos a naturalizar

La libertad no solo se ve condicionada por lo que viene de afuera; también la limitamos hacia adentro, de formas casi invisibles. Vivimos dentro de fronteras que aprendimos a considerar "naturales", hasta el punto de ni siquiera registrarlas como límites.

Aprendemos a regular nuestra conducta para evitar el rechazo, el castigo o la desaprobación: nos callamos lo que pensamos, pedimos permiso antes de decidir, nos adaptamos a lo que esperan de nosotros o renunciamos a nuestros planes para no decepcionar. Y al mismo tiempo, nos cuesta poner límites hacia afuera: dejamos que otros decidan por nosotros, invadan nuestros espacios o asuman responsabilidades que tendríamos que asumir nosotros mismos.

Cuanto más entrenados estamos para reprimirnos hacia adentro y menos ejercitamos el poner límites hacia afuera más espacio dejamos para que otros regulen nuestra conducta.

Preguntas incómodas sobre tu propia libertad

Tal vez no alcance con preguntarnos cuánto nos limita el entorno. También tendríamos que preguntarnos qué límites nos impusimos nosotros mismos y cuáles dejamos de ponerle al resto.

  • ¿Es libre alguien que se autocensura por miedo al rechazo o al conflicto?
  • ¿Es libre alguien que depende emocionalmente de la aprobación ajena?
  • ¿Es libre quien se endeuda o consume lo que no necesita solo para encajar en el molde que otros diseñaron?
  • ¿Es libre quien cree que su forma de vivir es la única posible solo porque nunca se frenó a cuestionarla?
  • ¿Es libre quien espera que siempre sea otro el que resuelva, tome la decisión o se haga cargo de lo que le toca?

En rigor, sí: elige someterse. Pero es una libertad que se consume a sí misma para comprar protección.

Responder a lo que se espera de nosotros no es un accidente: es un refugio. Cedemos nuestra autonomía porque la dependencia tiene premio y la autonomía tiene costo. Asumir la propia libertad exige un esfuerzo constante y muchas veces da pánico; por eso, resulta incomparablemente más cómodo —y socialmente recompensado— declararnos impotentes o esperar a que un tercero resuelva.

Adoptar el rol de víctima o delegar el criterio propio no solo nos quita la culpa frente a lo que sale mal; también nos otorga una ganancia inmediata: atención, compasión y la exención total de nuestras responsabilidades. Nos enseñaron a preferir la falsa seguridad de la dependencia antes que pagar el precio de la propia madurez.

Y es exactamente esa inercia, esa renuncia a pensar y hacernos cargo por cuenta propia, lo que se emparenta con una idea central de la Ilustración: la "minoría de edad".

Es que la madurez poco tiene que ver con los años que acumulamos en el tiempo. En su célebre ensayo de 1784 ¿Qué es la Ilustración?, el filósofo alemán Immanuel Kant planteó la "mayoría de edad" no como una etapa biológica, sino como la capacidad real de una persona de servirse de su propio entendimiento, en lugar de depender de que otros piensen y decidan por ella.

Para Kant, muchas personas permanecen en esa “minoría de edad” no necesariamente porque carezcan de capacidad para pensar, sino porque resulta más cómodo y seguro dejar que otros lo hagan por ellas. De ahí su conocido “Sapere aude”, habitualmente traducido como “atrévete a saber” o “ten el valor de pensar por ti mismo”.

Y resulta especialmente revelador observar cómo, incluso en vínculos que en teoría deberían ser horizontales —entre pares, parejas, colegas o amigos—, muchas veces dejamos de tratarnos como pares y terminamos armando un juego de "mamá y papá".

Funciona como una suerte de dramatización parental no asumida. Sin darnos cuenta, una de las partes se pone en el lugar del adulto que sabe: corrige al otro, le remarca lo que hizo mal, juzga sus decisiones o le dice cómo debería actuar. Y la otra parte, en vez de plantarse como un igual, acepta ese lugar infantil: busca aprobación, se justifica compulsivamente o recurre al ocultamiento y a la pequeña mentira para no tener que dar explicaciones de lo que hace o deja de hacer. Es la conducta típica de quien no se siente un par, sino un sujeto sometido a la supervisión ajena.

Lo más curioso de este mecanismo es que los papeles se pueden dar vuelta. Una misma persona puede actuar como el padre severo que reta a su pareja en casa, y al día siguiente, en el trabajo, ponerse en el lugar del hijo que esconde un error o no se anima a tomar una decisión sin el visto bueno de su jefe. Cambian los escenarios y las personas, pero el esquema se repite: dejamos de relacionarnos entre adultos y volvemos a buscar —o a ejercer— una autoridad que nos valide los pasos nos diga qué hacer o se haga cargo de las consecuencias.

Tal vez alcanzar esa “mayoría de edad”, en términos kantianos, implique independizarnos de la mirada y la opinión ajena, contrastar los discursos y las verdades heredadas con los resultados de la realidad, orientar y sostener nuestro rumbo desde un criterio propio, hacernos cargo de la parte que nos toca y convertirnos, en cierta medida, en nuestro propio adulto responsable.

Cuando en una sociedad se vuelve norma no desarrollar esa independencia, la falta de autonomía deja de ser un fallo individual y se convierte en cultura.

La libertad no se pierde por la fuerza: se entrega. Y cuando el victimismo, la queja pasiva y la delegación de la responsabilidad se normalizan, se arma un pacto silencioso donde resulta cómodo ser víctima. Si nadie se hace cargo, nadie tiene la culpa; si todos nos declaramos impotentes frente al sistema, nadie tiene la obligación de cambiar nada.

Y es que, en el fondo, la queja pasiva rara vez busca soluciones. Buscar una salida exigiría soltar la condición de víctima, y con ella, el beneficio de la compasión ajena y la eximición de toda responsabilidad. La víctima no busca soluciones porque la solución le quita el síntoma, y el síntoma es lo único que le da identidad y razón de ser. La solución la dejaría desnuda, sin excusas y teniendo que hacerse cargo de lo que quiere que sea distinto en su vida. Ocurre como en la terapia: hay quien no va a transformarse, sino a buscar un espectador para su sufrimiento, para volver a la semana siguiente a repetir exactamente el mismo guion. La disfunción no es un problema a resolver; es la identidad que se necesita conservar.

La sociedad disfuncional no tolera al individuo autónomo porque su sola existencia destruye la coartada colectiva. Si alguien demuestra que es posible hacerse cargo, la impotencia de los demás deja de ser una fatalidad del sistema y pasa a ser lo que realmente es: una elección. Aquí se activa con precisión lo que Friedrich Nietzsche conceptualizó como la moral del esclavo: la dinámica mediante la cual el resentimiento invierte los valores para disfrazar la impotencia de virtud. Como el grupo no tiene la audacia de emanciparse, prefiere moralizar su debilidad y castigar la fortaleza. Así, la autorresponsabilidad se tilda de "soberbia", la independencia de "egoísmo" y la firmeza de "falta de empatía". Es la nivelación hacia abajo en su máxima expresión: sacralizar la sumisión para que nadie tenga el atrevimiento de destacar.

En el fondo, no es rechazo: es envidia pura. Todos desean la soberanía y la paz del que no depende de nadie, pero nadie quiere pagar el costo de renunciar a la comodidad del rebaño. Y al no estar dispuestos a pagar el precio de la libertad, prefieren cobrarle el peaje al que se atrevió a conseguirla.

Discursivamente, la verdad suele presentarse como una virtud incuestionable. Sin embargo, en la práctica, pocas cosas generan más hostilidad que una verdad que incomoda. Ocurre que las respuestas aprendidas —y las excusas compartidas— dejan de ser meras ideas para convertirse en pilares de la propia identidad; cuestionarlas se percibe como una amenaza.

¿Qué ocurre, entonces, cuando alguien formula una pregunta que obliga a desarmar una certidumbre heredada? ¿Qué pasa cuando se exigen argumentos en lugar de aceptar la inercia del "siempre se hizo así"? ¿Qué ocurre cuando alguien disiente no por rebeldía, sino por honestidad intelectual? ¿O cuando alguien dice "basta" frente a un rol de víctima que el grupo aprendió a validar?

Tal vez ahí podamos observar la gran contradicción: decimos valorar la verdad, el diálogo y la libertad, pero nos cuesta tolerar cómo se ven esas virtudes cuando alguien las lleva a los hechos. Quien pregunta demasiado incomoda. Quien pone un límite es visto como agresivo. Quien decide hacerse cargo de su vida rompe el libreto y se convierte en el problema que hay que corregir.

Y así, sin que exista una orden explícita, el propio grupo se encarga de vigilar los límites. Primero el entorno fomenta la pasividad; después la pasividad se vuelve norma; finalmente, la misma comunidad corrige a cualquiera que quiere ser dueño de su vida.

Quizás la madurez tenga que ver, en parte, con poder reconocer nuestra propia participación en ese mecanismo.

Aceptar que ciertas cosas son como son y que no podemos cambiarlas forma parte de la madurez. Pero también lo es diferenciar con lucidez entre aquello que realmente no depende de nosotros y aquello que perpetuamos por comodidad, justificándonos como víctimas de un contexto que nosotros mismos ayudamos a sostener.

De la inmadurez individual a la ganancia estructural

No podría afirmar fehacientemente que la sociedad fabrique deliberadamente personas inmaduras; atribuir una intención maquiavélica a semejante escala es casi imposible de demostrar. Sin embargo, resulta inevitable preguntarnos qué ocurre cuando la ignorancia, la dependencia y la falta de conciencia terminan siendo sospechosamente funcionales para determinados esquemas económicos y sociales.

Más que buscar culpables o teorías conspirativas, la pregunta clave es qué ganancia secundaria sostiene estas dinámicas en el tiempo. Cuando la dependencia, la externalización de la culpa y la búsqueda de una autoridad protectora se repiten tanto en un país como en una empresa o en nuestros vínculos, ya no estamos ante una falla individual: estamos frente a una inmadurez estructural.

El sufrimiento como resultado de la pasividad

Podemos debatir las causas de este fenómeno, pero no podemos negar sus consecuencias. Y si los resultados son sufrimiento, sobrecarga, conflicto constante y una distribución desigual de la responsabilidad, deberíamos preguntarnos por qué seguimos operando de la misma manera.

En las matemáticas escolares nos enseñaban a despejar una X para resolver una ecuación. En la vida social o personal ocurre algo similar: ante una dinámica que nos daña pero persiste, hay una X —una ganancia invisible— que mantiene el problema en pie. En un sistema, la desigualdad sostiene ciertos privilegios; en un equipo, la desorganización evita asumir compromisos; y en una persona, el victimismo permite evadir el riesgo, obtener compasión y no hacerse cargo de las consecuencias de sus elecciones.

Ahí es donde el sufrimiento se multiplica. Una persona atrapada en la inmadurez no sufre de forma aislada: una persona con problemas no es solo un número en una estadística, es un entorno entero que impacta sobre otros. Lo que no resolvemos en nuestra propia vida termina condicionando la vida de los demás.

La puerta a la responsabilidad

Cuestionarnos abre una posibilidad, pero también nos compromete. Nos quita la excusa. Exige mirar cuál es nuestra propia implicancia en aquello que criticamos.

Ahí radica la diferencia fundamental de este recorrido: entre una conciencia que simplemente padece la realidad como una víctima impotente, y una conciencia que reconoce su parte en la construcción de esa misma realidad. Dejar de poner el foco en la queja de lo que está fuera de nuestro control desplaza la pregunta por completo: ya no es qué debería hacer el otro, sino qué puedo transformar yo.

Es verdad que a nadie le gusta reconocerse en el papel de víctima pasiva. Es una etiqueta incómoda, y por eso preferimos armar un andamiaje interminable de justificaciones. Pero las excusas solo explican cómo llegamos hasta acá; no nos mueven un solo centímetro hacia adelante, ni en lo personal ni como sociedad.

Afrontar esto requiere coraje. Porque si no tenemos la valentía de mirarnos hacia adentro y asumir la parte que nos toca en el desorden que nos rodea —ese desorden que alimentamos y proyectamos en los demás—, al menos deberíamos tener la honestidad de aceptar una realidad incómoda: que el sufrimiento pasivo es, muchas veces, el precio que aceptamos pagar con tal de no correr el riesgo de crecer y hacernos cargo.

 

Anterior: ¿Por qué sufrimos? Cómo nuestra desconexión con nosotros mismos afecta nuestras relaciones


Marian

Consultora en desarrollo personal y comunicación

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Desobedecer la normalidad  

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