El primer sistema de "pagar para existir": los sumerios

"la reencaarnacion en el siglo XXI"
“Quien no entregue su parte al templo, que cargue con su falta.”
Inscripción administrativa sumeria, tablilla de arcilla. Período Ur III (c. 2100 a.C.).
Al pensar
en “impuestos”, “jerarquías” o “trabajar para los de arriba”, solía imaginar la
Edad Media: reyes, castillos, siervos, y diezmos para la Iglesia.
Pero lo
cierto es que todo eso empezó miles de años antes, cuando ni siquiera existía
el hierro ni las grandes religiones monoteístas. Cuando comenzó lo que más
tarde llamaríamos “civilización”.
Una palabra
que suena a mejora, a progreso, a los primeros brotes del maravilloso futuro
que —supuestamente— nos esperaba…
¿Cómo no
estar agradecidos? en Sumer nacieron: la escritura cuneiforme, la educación, la
astronomía, la medicina, el derecho, la literatura… y el primer sistema de
control institucionalizado. Sumer es la cuna de la burocracia, de la
administración pública, de los impuestos en especie, de la deuda registrada, de
los excedentes centralizados en templos, del control del agua y de una
jerarquía que quedó grabada para siempre en tablillas.
todo eso
floreció junto.
El
desarrollo y la desigualdad que volvía posible ese desarrollo.
La
genialidad humana y la estructura que la administraba, la contabilizaba y, al
mismo tiempo, la controlaba. Un combo premium de avances… y de mecanismos para
que esos avances no se repartieran por igual.
El término
“civilización” viene de civis: ciudadano. Y “civilizar”, en el fondo, siempre
significó lo mismo: tomar algo vivo, natural, espontáneo, y moldearlo para que
encaje en un diseño de vida que alguien consideró el correcto. Un diseño que,
por supuesto, venía acompañado de orden, jerarquías y reglas que marcaban quién
estaba “arriba” y quién debía obedecer.
Sí, ese
modelo trajo avances enormes. Pero también instaló algo más profundo: la idea
de que lo que queda fuera de ese molde es inferior.
La excusa
perfecta para justificar conquistas, sometimientos y cualquier forma de poder
que necesite sentirse superior para existir. El germen del sentido “civilizado
vs. salvaje…”
Antes de
que aparecieran las “civilizaciones”, la tierra no tenía dueños.
No había títulos de propiedad, ni escrituras, ni mapas con líneas dibujadas por
algún gobernante para decidir qué era de quién.
En el
principio eran los cielos y la tierra…
Durante
miles de años ni siquiera tuvimos “hogar” en el sentido moderno: éramos
nómadas, caminantes eternos que seguían a los animales, al agua y a las
estaciones. Vivíamos para comer y comíamos porque vivíamos. Nada más
sofisticado que eso.
Con el
tiempo, algunas comunidades empezaron a detenerse en lugares donde la tierra
era generosa. Ahí nace el campesino en su sentido más esencial: una persona que
trabaja la tierra porque de esa relación directa —tierra, trabajo, alimento—
depende su existencia.
Eso es lo
que más tarde llamaríamos “sedentarismo”, aunque muy lejos del sentido actual
de tirarse en el sillón a no hacer nada…
Y lo cierto
es que nadie llegó primero para decir “esto es mío”.
Eso vino después.
Cuando
aparecieron los que querían beneficiarse de todo ese trabajo… pero desde el
sillón. No de sol a sol.
Ahí, en el
barro ardiente del sur de Mesopotamia —lo que hoy sería el sur de Irak— los
sumerios levantaron las primeras ciudades de la historia. O eso se sabe y se
dice…
Y con ellas
nació algo que cambiaría para siempre la vida humana.
Los templos
y los palacios empezaron a reclamar territorios que ya estaban habitados y
trabajados. No se apropiaron de tierras vacías: se apropiaron de la tierra y de
la gente.
¿Y por qué
lo aceptaron los campesinos?
Porque el
nuevo sistema fue entrando despacio, pero con una lógica tan perfecta de la que
resultaba difícil huir… Las élites controlaban el agua —canales, diques, riego—
y en una tierra donde sin agua no hay cosecha, eso significaba que, si querías
vivir, dependías de ellos.
A eso se
sumó la fuerza.
Las ciudades trajeron ejércitos propios, capaces de imponer lo que antes solo
se sugería. El poder dejó de ser simbólico y se volvió físico, directo,
innegociable.
Y
simultáneamente apareció el relato. Las élites decían hablar en nombre de los
dioses. Así que desobedecer ya no era cuestionar a un hombre, sino desafiar a
una divinidad.
Si el único
sistema de creencias al que estás expuesto te dice que un dios te va a castigar
por no hacer tal o cual cosa, ¿quién querría arriesgarse a comprobarlo?
Por aquel
entonces no había reels ni videos de YouTube que despertaran tu conciencia…
Hoy nos
reímos de esas cosas… pero seguimos comportándonos como si las creyéramos.
Pero,
además —y esto es clave— no hace falta que todos estén de acuerdo para que un
sistema injusto funcione. Basta con que algunos descubran que les conviene
mirar para otro lado. Los intermediarios, los administradores, los que estaban
apenas un escalón más cerca del templo que del surco… ellos también existían. Y
cuando estar bien con los de arriba te asegura comida, protección o,
simplemente, no terminar del lado equivocado del látigo, el silencio se vuelve
tentador.
Hoy
callamos por miedos mucho más blandos: al conflicto, a perder un trabajo, a no
agradar, a quedar afuera. En aquel entonces, para nuestros más antiguos ancestros,
callarse o someterse era literalmente cuestión de vida o muerte.
Así se armó
el combo perfecto.
El primer modelo de control social.
Uno tan afinado, tan funcional, que de distintas maneras seguimos repitiéndolo
miles de años después.
Sí: la
humanidad inventa la civilización… y al mismo tiempo inventa la obligación de
“pagar” para poder vivir dentro de ella.
En cada
ciudad sumeria —Uruk, Ur, Lagash, Kish— el poder se organizaba más o menos así:
Arriba
de todo: los dioses.
En los registros sumerios, los dioses eran —literalmente— los dueños de la
tierra, del agua, de las cosechas, de los animales y, en cierta forma, de las
personas.
Pero,
claro, los dioses nunca bajaban a cobrar. Así que alguien tenía que administrar
su “propiedad”.
La famosa “voluntad de los dioses” era, en la práctica, la voluntad de los
reyes que ocupaban ese lugar en la jerarquía.
Y quienes
manejaban el día a día eran los sacerdotes-administradores y los escribas,
los únicos capaces de leer, escribir y llevar registros.
Ellos eran la burocracia antes de que la palabra existiera.
Abajo:
la gente común.
Los verdaderos dueños de la tierra, aunque oficialmente no lo fueran.
Campesinos,
artesanos, pastores, obreros, cargadores, mujeres que tejían para el templo,
trabajadores estacionales, esclavos por deuda…
Ellos eran los que realmente producían, construían, alimentaban y sostenían
todo.
Y sobre
ellos caían todas las obligaciones.
En otras
palabras: la primera empresa-Estado de la historia.
Un sistema donde religión, administración, economía y poder ya estaban
perfectamente mezclados, como si hubieran nacido para ser uno solo.
Los
sumerios inventaron la escritura cuneiforme, y al principio la usaron para lo
menos poético del mundo: llevar cuentas.
Mientras uno imagina al “primer escritor” como un filósofo con mirada perdida
hacia el horizonte, reflexionando sobre la condición humana…
La realidad
es muchísimo menos romántica.
Era un tipo sentado frente a una tablilla de arcilla húmeda, marcando líneas y
triángulos para dejar constancia de que Fulano debía tres medidas de grano y
todavía no las había pagado.
La palabra
escrita —ese monumento de la civilización— nació como herramienta
administrativa para que nadie se hiciera el vivo con los templos.
La primera
escritura del mundo no se usó para contar historias…
sino para contar cosas: sacos de cebada, litros de aceite, cabezas de ganado,
jornales, impuestos, deudas, entregas al templo.
Pero ahí no
terminó la historia.
Con el tiempo, esa misma escritura creada para controlar recursos empezó a
usarse para algo muchísimo más humano: transmitir mitos, poemas, rezos, listas
de dioses, proverbios, himnos y narraciones épicas.
De esa arcilla salieron textos como La Epopeya de Gilgamesh, los
primeros lamentos, los primeros diálogos, las primeras reflexiones sobre la
muerte y el sentido de la existencia.
Pero
conviene no romantizarlo demasiado.
Los únicos
que podían escribir sobre “el sentido de la vida” eran los mismos que manejaban
los registros: sacerdotes, escribas y élites.
Los de
abajo —los que realmente vivían la vida dura, la del surco y la deuda— no
podían dejar escrita su versión de nada.
Así que la
primera literatura de la historia también nació con filtro:
la voz de
unos pocos hablando en nombre de todos.
El impuesto
básico era en trabajo: corvea.
La corvea
era trabajo obligatorio y no remunerado que una persona debía prestar al
Estado, al templo o a un señor como forma de impuesto.
No se
pagaba con dinero: se pagaba con tiempo, fuerza y espalda.
Y no era
opcional.
Durante una
parte del año, el ciudadano común tenía que trabajar para el templo o para el
rey en lo que hiciera falta:
canales de
riego, muros defensivos, templos nuevos, almacenes, transporte de mercancías.
Trabajo
obligatorio que, en teoría, se ofrecía a los dioses…
pero que,
en la práctica, reforzaba exactamente la estructura que mantenía sometidos a
los de abajo.
Después
venían los impuestos en especie: grano, cebada, animales, textiles, dátiles,
pescado, cerámica, madera... un recurso premium que no abundaba en la zona..
Todo
quedaba registrado en tablillas.
Y si
faltaba algo, se acumulaba como deuda.
¿Y a quién
se le pagaba todo esto?
A la élite
del templo y del palacio.
Cuando vos
entregabas cebada, no se la comía el dios Enlil en persona —obviamente—, pero
su nombre estaba en el centro de todo.
Enlil era
el jefe del panteón sumerio, algo así como el CEO cósmico de la antigua
Mesopotamia.
No era un
dios más: era quien ordenaba el mundo, decidía destinos y tenía autoridad
incluso sobre los otros dioses.
Y no era
precisamente un dios “cariñoso”: era severo, autoritario y obsesionado con el
orden. Todo debía funcionar según sus reglas.
Su
principal centro de culto era el Ekur, en la ciudad de Nippur.
Y el Ekur
no era “un templo más”: era el corazón administrativo y simbólico de toda
Mesopotamia.
Quien
controlaba Nippur controlaba, en gran medida, la legitimidad política.
Así que,
aunque Enlil no bajara a cobrarte la cebada en persona, su nombre justificaba
toda la estructura: los sacerdotes que dirigían, los escribas que registraban,
los jefes militares que imponían y los funcionarios que administraban.
Toda una
cúpula que vivía del trabajo de los demás.
Es difícil
leer esto sin sentir un déjà vu.
La
diferencia es que ellos decían que, si no obedecías, los dioses traerían caos,
sequías o enemigos.
Aunque… eso
de advertir caos y enemigos si no hacés caso tampoco quedó tan en el pasado…
En Sumer,
la religión no era un adorno espiritual: era la columna vertebral del sistema.
No hacía falta separar “política” de “creencias” porque todo estaba diseñado
para que pareciera lo mismo. Los dioses ocupaban, simbólicamente, los
ministerios: uno para la justicia, otro para la agricultura, otro para el
viento. Y lo que hoy serían leyes o constituciones, allá se resolvía
directamente apelando a la voluntad divina, casualmente siempre interpretada
por los de arriba.
Para la
gente común, los dioses eran reales, determinaban la cosecha, el clima y el
destino. Pero al mismo tiempo —y acá está el truco del sistema— eran perfectos
para legitimar quién gobernaba, quién administraba, qué tareas eran
obligatorias y qué ofrendas había que entregar para “mantener la armonía”. No
se debatía nada: si estaba decidido por los dioses, ya está.
Romper ese
ciclo significaba, supuestamente, poner en riesgo el equilibrio del cosmos. Así
que cuestionar a la élite era, en el fondo, cuestionar el universo mismo.
Se suele
decir que en Sumer la obediencia “no se vivía como sumisión”… pero la verdad es
que no lo sabemos.
Los
agricultores, los peones de los canales, los esclavos: esos no dejaron su
versión del cuento.
Solo
tenemos la narrativa oficial, donde todo era “armonía cósmica” y “mantener el
orden del universo”.
Tal vez
algunos lo vivían así.
Tal vez
otros simplemente obedecían porque no había alternativa.
Como hoy,
que todos seguimos respetando jerarquías, aunque sepamos perfectamente que el
“dios wifi” no nos va a castigar con una sequía, pero puede que nos deje sin
internet si no pagamos…
La lógica
que nació en Sumer se repitió después en:
los
faraones egipcios,
los
emperadores chinos,
la Iglesia
medieval,
y todo
poder centralizado hasta nuestros días.
Sumer fue
la primera civilización que convirtió la espiritualidad en una maquinaria
administrativa, y el trabajo humano en un tributo obligatorio para sostener el
orden de arriba.
La élite
vivía gracias al pueblo.
Y el pueblo
trabajaba “para los dioses”.
Brillante,
si estabas arriba.
Bastante
jodido, si estabas abajo.
Y así
empezó —literalmente— la historia del poder.
Y colorín
colorado, como sabemos este cuento no ha acabado…
En el capitulo anterior... La historia humana del poder: cuando la conciencia se volvió obediencia
en el proximo episodio... acadios y egipcios
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