Acadios, babilonios y egipcios. El poder en tres actos: expansión, ley y relato
— Confesión ante Osiris, Libro de los Muertos
Lo que
empezó en Sumer no fue un experimento aislado sino el primer borrador de algo
que otros pueblos iban a tomar, adaptar y perfeccionar.
Porque
mientras los sumerios organizaban la vida alrededor del templo, la deuda y el
trabajo obligatorio, en otras regiones cercanas empezaban a formarse
estructuras cada vez más complejas. No copiaban exactamente el modelo, pero
tampoco partían de cero. Había comercio, contactos, intercambio de ideas. Y,
sobre todo, había un mismo problema que resolver:
cómo
organizar grandes grupos humanos sin que todo colapse.
La
respuesta, curiosamente, fue y es… bastante parecida en todos lados.
Otros lo
ordenaron y lo escribieron, como los babilonios, que convirtieron el poder en
ley.
Y otros lo
llevaron a un nivel casi perfecto de legitimación, como los egipcios, donde el
poder dejó de representarse… y pasó a encarnarse en un dios vivo.
Distintos pueblos, distintos estilos. Pero una misma lógica de fondo empezaba a consolidarse: una minoría que organiza, una mayoría que sostiene, y un relato lo suficientemente sólido como para que todo eso parezca inevitable.
Es en ese contexto donde aparece Sargón de Acad.
Uno de los primeros en construir no solo poder… sino un relato sobre sí mismo.
Una especie de versión ancestral del líder que hoy se presenta como “el primero” en traer una idea revolucionaria.
Ya no se trataba solo de gobernar una ciudad.
Sino de algo más ambicioso:
imaginar un poder capaz de abarcarlo todo…
lo que más tarde llamarían ser “rey de los cuatro confines del mundo”.
Hacia el siglo XXIV a.C., Sargón unificó múltiples ciudades de Mesopotamia bajo
su mando y creó lo que muchos consideran el primer imperio de la historia.
Ya no se
trataba de una ciudad que organiza su territorio.
Se trataba de extender ese modelo sobre otras ciudades, otras tierras, otras
personas.
Para
sostenerlo, no alcanzaba con la autoridad local: había que crear una estructura
más amplia. Gobernadores designados, administración centralizada, rutas de
comercio, y, sobre todo, ejércitos permanentes.
Con la
expansión de Sargón de Acad empiezan a aparecer los primeros indicios de
fronteras, no como líneas en un mapa moderno, pero sí como territorios
delimitados que alguien reclama, administra y defiende. Ya no es solo “dónde
vivo”, sino “hasta dónde llega mi poder… y dónde empieza el del otro”.
Y
expandirse no era un concepto abstracto.
Era
organizar ejércitos.
Tomar territorios.
Someter poblaciones enteras.
Ahora bien,
esos ejércitos no eran dioses ni reyes.
Eran personas comunes: campesinos, trabajadores, hombres que —en otro contexto—
podrían haber estado del otro lado.
¿Podían
elegir?
A veces
había incentivos: botín, tierras, ascenso social.
Otras veces, la presión era más directa: lealtad obligada, pertenencia,
necesidad.
Negarse no era una opción sin consecuencias.
Pero
incluso más importante que eso hay algo en común en todos los sistemas:
el relato. No
lo repito porque sí…
El relato
es el verdadero denominador común.
El relato
como tecnología de poder. Como un software instalado en la mente colectiva.
Es lo que
permite transformar una imposición en algo aceptado,
una
desigualdad en algo justificable,
y una
construcción histórica en una supuesta verdad natural.
y también
en cómo hoy se construye sentido a través de la publicidad, la propaganda
política o los discursos que consumimos todos los días.
Y en este punto
de la línea del tiempo, para que alguien esté dispuesto a pelear, a matar o a
apropiarse de lo de otros,
primero tiene que creer que eso tiene sentido.
Que es correcto.
Que responde a algo más grande que él mismo.
Defender al
rey.
Expandir el orden.
Cumplir la voluntad de los dioses.
Y en ultima
instancia, si no se comió el relato… está el castigo.
Y ahí el
sistema muestra uno de sus mecanismos más eficaces:
no solo
organiza el trabajo,
no solo administra la vida,
sino que también define qué está bien y qué está mal.
Hace que
incluso la violencia pueda percibirse como parte del orden natural de las
cosas.
En el
fondo, no es tan difícil sembrar esas ideas cuando encontrás terreno fértil: personas que necesitan creer en algo por fuera de sí mismas.
A veces son
muchos dioses.
A veces uno solo.
A veces un gobernante, un salvador, alguien que prometa poner orden donde hay
incertidumbre.
Pero hoy
también puede ser otra cosa: la pertenencia.
La
identificación con un grupo, una ideología, un partido político…
o incluso con una marca.
La
sensación de formar parte de algo más grande.
De tener una identidad que te ubica.
Un valor extra…
Y sí, yo
también podría quedarme esperando a que aparezca ese libertador que me lleve a
la tierra prometida.
Pero
mientras tanto, la historia parece mostrar otra cosa:
que cada
vez que alguien viene a “salvar”, lo primero que hace es pedir que creas.
Y lo
segundo… que sostengas.
Y mientras ese modelo se expandía con los acadios, en la misma región —entre los ríos Tigris y Éufrates, en el corazón de Mesopotamia— otras ciudades y pueblos seguían creciendo, comerciando, compitiendo y reorganizando el poder.
Ahí aparece
Babilonia.
Mismas
bases: agricultura, excedentes, jerarquías marcadas, templos, palacios.
Mismo
entramado de creencias: dioses que ordenan el mundo, sacerdotes que interpretan
su voluntad, gobernantes que ejecutan ese orden en la tierra.
La
diferencia es que, en ese contexto, el sistema da otro paso.
Con
Hammurabi, el poder ya no solo se ejerce:
también se
escribe… y se presenta como algo legítimo desde lo sagrado.
Hammurabi
fue rey de Babilonia aproximadamente entre 1792 y 1750 a.C., y bajo su gobierno
la ciudad pasó de ser un centro más en Mesopotamia a dominar gran parte de la
región.
El llamado
“Código de Hammurabi” no es un código en el sentido moderno, sino una
recopilación de normas, decisiones y castigos que reflejan cómo funcionaba esa
sociedad, y que él mismo mandó a compilar y grabar en piedra.
En la
estela donde se conserva, aparece representado recibiendo la ley del dios
Shamash, una de las principales deidades de la tradición mesopotámica, asociada
justamente con la justicia y el orden.
La ley entonces
se convierte en algo objetivo, incuestionable.
Tallada en
piedra.
“Ojo por
ojo, diente por diente”.
Suena a
justicia. A equilibrio. A una especie de límite al abuso.
Pero en la
práctica, esa ley no igualaba.
Lo que
hacía era organizar la desigualdad y volverla legítima.
Porque no
todos los “ojos” valían lo mismo.
No todos
los “dientes” tenían el mismo precio.
La misma
acción no tenía la misma consecuencia según quién la cometía…
y, sobre
todo, según contra quién.
No era lo mismo dañar a un noble que a un campesino.
No era lo
mismo afectar a un hombre libre que a un esclavo.
La ley no
solo dice qué está permitido y qué no.
También
define cuánto vale cada vida.
“El orden
es así”.
Y cuando
una desigualdad se vuelve ley, deja de sentirse como injusticia…
y empieza a
vivirse como sentido común.
Y mientras
en Mesopotamia la ley se tallaba en piedra, a orillas del Nilo el orden tomaba
otra forma en el antiguo Egipto.
Un río que
marcaba el ritmo de la vida.
Ahí el
sistema alcanza otro nivel
El poder
deja de hablar en nombre de los dioses… y pasa a ser un dios.
Si Sumer es
el alba del control institucionalizado.
los acadios
inventan cómo escalarlo.
Y Egipto
inventa la teatralización total del poder.
El faraón
no representa el orden. Es el orden.
Hijo de los
dioses.
Garantía de
equilibrio.
Puente
entre el cielo y la tierra.
Se lo
entendía como garante del equilibrio del mundo —lo que los egipcios llamaban
maat, el orden cósmico— y su función era mantener esa armonía entre los
hombres, la naturaleza y lo divino. Cuestionarlo sería alterar el curso del
Nilo, romper la armonía del mundo, poner en riesgo la vida misma.
¿Te suena a
cuando hoy te dicen que, si no esforzas y aguantas “todo se va al carajo”, “se
cae el país”, “vuelve el caos”?
Es la misma
jugada, pero sin pirámides.
Y en esa
escala de poder, la figura del faraón podía ser tan incuestionable que hasta un
niño podía ocupar ese lugar.
Tutankamón
llegó al trono con alrededor de ocho o nueve años.
Hoy, a esa
edad, un chico apenas decide qué juego descargar.
En ese
entonces, cargaba sobre sus hombros toda la estructura política, religiosa y
simbólica de un imperio.
Las
pirámides —más que simples tumbas— fueron monumentos de poder:
arquitectura diseñada para trascender, para mostrar orden, capacidad, permanencia.
No eran
solo para los muertos.
Eran un
mensaje para los vivos.
Porque la
ambición del sistema no terminaba con la vida.
También
organizaba lo que venía después.
Según las
creencias egipcias, cada persona debía enfrentarse al juicio de Osiris.
Ahí, el
corazón del difunto se pesaba frente a la pluma de la verdad.
Si estaba
en equilibrio, accedía a la vida eterna.
Si era
pesado… bueno, te comía Ammit, una monstruo mitad león, mitad hipopótamo, mitad
cocodrilo
Por eso los
faraones acumulaban objetos, amuletos y tesoros: era su “kit de supervivencia”
para pasar el viaje y el juicio.
A
Tutankamón lo enterraron con toneladas de oro, objetos, muebles, alimentos…
todo lo necesario “para que no le falte nada”.
Su tumba
quedó prácticamente intacta durante más de 3.000 años.
Lo que deja
una imagen bastante clara: del otro lado, no usamos nada.
Y mientras
todo esto tomaba forma en Mesopotamia y en el Nilo,
no eran los
únicos.
El Imperio
Asirio, con su poder militar y su lógica de expansión;
los fenicios,
navegando, comerciando y conectando culturas;
Los hititas,
disputando territorios y consolidando estructuras de poder en Anatolia.
Distintos
pueblos.
Distintos
estilos.
Pero una
misma necesidad de fondo: organizar, sostener… y legitimar el poder.
Algunos lo
hicieron con dioses.
Otros con
leyes.
Otros con
ejércitos.
Otros con
comercio.
Pero la
lógica ya estaba en marcha.
Lo que
empezó como organización de la vida se convirtió, con el tiempo, en
organización del poder.
Y ese
modelo —con variaciones, nombres distintos y relatos adaptados—
iba a
seguir transformándose.
Porque lo
que viene después no es el fin de esta historia.
Es su
evolución.
Grecia.
Roma.
Y nuevas
formas de explicar —y sostener— exactamente lo mismo.
La ley del dios Shamash.


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