El estado todopoderoso ¿se puede disolver?
Derecho, propiedad y libertad frente al avance del control estatal.
Desde las acampadas por el acceso a la vivienda en Puerta del Sol hasta las protestas masivas impulsadas por la Generación Z en las calles de Nairobi, Lisboa, Atenas o Dublín, una constante atraviesa la escena global: la juventud está tomando el espacio público para señalar el colapso de un modelo. Ya no se trata de un fenómeno local ni de una demanda aislada; en distintas latitudes las mismas presiones ahogan la vida cotidiana: el costo de la vivienda, el encarecimiento de la vida, la precarización laboral, la presión impositiva y la certeza de que las instituciones ya no responden a quienes sostienen el sistema.
En Kenia, entre 2024 y 2025, la rebelión juvenil logró
un hito histórico: obligó al presidente William Ruto a dar marcha atrás,
retirar por completo el paquete de reformas impositivas y disolver a casi todo
su gabinete de ministros. Lograron frenar el avance fiscal del gobierno, pero
el costo humano fue brutal: más de 60 manifestantes asesinados por la represión
policial, cientos de heridos y decenas de detenciones arbitrarias.
Pero el mensaje quedó grabado a fuego: el abuso
estatal no es invencible cuando la sociedad decide no tolerarlo más.
Cambian los países, los gobiernos y las consignas, pero el atropello sobre la vida de quienes sostienen el sistema no se detiene. Y ante semejante nivel de abuso, la pregunta que surge de inmediato es simple:
¿por
qué lo hacen?
Y la respuesta lo es aún más: porque pueden…
En la teoría tradicional del Estado suelen señalarse tres
elementos básicos e indispensables para su existencia:
- El
territorio: el espacio geográfico sobre el cual se ejerce la
autoridad estatal.
- La
población: el conjunto de personas que habitan ese
territorio.
- El
poder: la capacidad de establecer y hacer cumplir
decisiones y normas dentro de ese territorio.
En algunas formulaciones, la soberanía se considera
una característica o manifestación del poder estatal y queda incluida dentro de
ese tercer elemento. En otras, se la distingue del poder y se la incorpora como
un cuarto elemento.
Conviene no confundir los conceptos: gobierno y
soberanía no son lo mismo. El gobierno es la estructura o conjunto de órganos
que ejerce el poder estatal; la soberanía refiere a la autoridad suprema. Y, en
un sistema democrático, la soberanía reside en el pueblo, no en quienes ocupan
circunstancialmente el gobierno.
Hay una trampa semántica en esa definición que vale la
pena mirar: si el territorio y las personas son apenas "elementos"
del Estado, de ahí se desprende una conclusión lógica: el Estado es el dueño
del escenario y nosotros apenas su mobiliario. Desde esa perspectiva, la tierra
no le pertenece a los individuos que la habitan; la tierra es simplemente la
dimensión espacial sobre la que el Estado ejerce su jurisdicción y las personas,
el componente humano de una estructura que se atribuye el mapa antes de que
abramos los ojos por primera vez.
La filosofía política lleva siglos discutiendo una
pregunta de fondo: ¿el Estado es un servidor contratado para cuidar nuestra
propiedad, o el dueño que nos cobra alquiler por pisar el mapa?
Ahí es donde entra la astucia del concepto moderno por
excelencia: el Estado-nación.
Nos enseñaron a usar ambos términos como si fueran
sinónimos, pero no lo son. La nación es la comunidad, la historia compartida,
la cultura, la lengua, los lazos afectivos y espontáneos que unen a un grupo de
personas. El Estado, en cambio, es el monopolio de la fuerza, la burocracia, la
tributación obligatoria y la estructura de poder.
La fusión «Estado-nación» fue la jugada maestra. Al
hibridar la identidad afectiva de un pueblo con el aparato coercitivo del
gobierno, se logró un efecto anestésico perfecto: cuestionar al Estado pasó a
sentirse casi como una traición a la patria. Nos hicieron creer que la
burocracia tributaria que te ahoga es tu bandera, la tierra que pisás y la
gente con la que compartís el mate.
Y si el Estado es la Patria, cuestionar sus impuestos,
sus regulaciones o sus peajes deja de ser un reclamo para defender lo propio y
pasa a ser visto como un ataque a la comunidad misma. La trampa es perfecta:
convirtieron a la víctima de la extracción en el custodio de su propio
extractor.
Echamos raíces, trabajamos y construimos una vida
sobre un pedazo de tierra que sentimos propia. Pero en la práctica, esa
pertenencia es pura ilusión: el Estado invierte los roles, transforma al
administrador temporal en el dueño del juego y reduce al ciudadano a la
servidumbre cobrándole por el simple hecho de existir.
Todo esto nos conduce al dilema filosófico de fondo
que la academia suele barrer bajo la alfombra: ¿es el Estado un hecho
natural y previo al que los hombres deben someterse, o una creación artificial
de individuos libres que conservan sus derechos intactos?
Esta no es una discusión abstracta de café; es el
choque frontal entre dos filosofías irreconciliables sobre el origen de nuestra
libertad:
Por un lado, Thomas Hobbes (Leviatán)
sostenía que, en el estado de naturaleza, no existe una autoridad común
capaz de establecer y garantizar de manera efectiva derechos de propiedad. Para
Hobbes, la propiedad adquiere carácter jurídico dentro de la comunidad política
(Commonwealth), cuando existe un poder capaz de establecer las reglas y
hacerlas cumplir.
Por el otro, John Locke (Segundo
Tratado sobre el Gobierno Civil) defendía una concepción diferente: la
vida, la libertad y la propiedad no nacen del gobierno, sino que son derechos
anteriores a él. En el estado de naturaleza, cada individuo es dueño de su
propia persona y de su trabajo, y puede adquirir propiedad mediante su
apropiación legítima de los bienes comunes. El gobierno no crea esos derechos:
se constituye para protegerlos.
Pero ninguna de las dos posiciones resuelve todavía la
pregunta fundamental: cuál es el alcance del poder del Estado sobre aquello que
reconoce como propiedad privada.
La teoría jurídica moderna introdujo, a su vez, una
distinción fundamental que ayuda a separar dos cosas que fácilmente pueden
confundirse: el poder de mandar y el derecho de propiedad.
El imperium es la autoridad política y
jurídica que se ejerce sobre un territorio: quién establece las reglas, quién
las hace cumplir y quién tiene jurisdicción sobre lo que sucede dentro de sus
límites.
El dominium, en cambio, se refiere al
derecho de propiedad sobre una cosa: quién es su propietario.
Que el Estado ejerza autoridad sobre un territorio no
significa que tenga un derecho de propiedad sobre todo lo que se encuentra
dentro de él, ni que la jurisdicción sobre las personas y sus bienes se
convierta en un derecho ilimitado de disposición sobre ellos.
Pero la trampa se revela cuando la teoría choca con la
realidad cotidiana: si el Estado delimita, regula, confisca, grava y condiciona
el uso de lo que tenemos y de lo que hacemos, la distancia entre lo público y
lo privado deja de existir.
Una cosa es entender que no podés matar a alguien
adentro de tu casa porque la convivencia responde a normas comunes dictadas
sobre un territorio; otra muy distinta es no poder levantar una pared en tu
propio terreno sin pedirle permiso al municipio y pagarle una tasa. En el
primer caso hay un límite sobre el derecho a la vida de otra persona; en el
segundo, un dueño que no es tan dueño. Y ahí emerge una pregunta que atraviesa
todo este problema: ¿dónde termina la jurisdicción del Estado y dónde
empieza la verdadera propiedad del individuo?
Porque el límite existe, al menos en teoría. Lo
difícil es determinar dónde está exactamente y qué impide que, bajo distintas
leyes y reglamentaciones, pueda correrse cada vez un poco más.
¿Qué clase de propiedad es aquella que queda sujeta a
que una autoridad externa modifique unilateralmente las condiciones bajo las
cuales podés usarla? ¿Hasta dónde puede seguir llamándose propiedad privada y
en qué momento empieza a parecerse más a una licencia revocable?
Todo esto nos lleva al Contrato Social. En Rousseau,
la cuestión ya no es simplemente quién manda, sino cómo puede existir una
autoridad política legítima sin que el individuo deje de ser libre. La solución
que propone es que los individuos constituyen mediante el pacto una comunidad
política de la que ellos mismos forman parte, y que la ley, cuando expresa la
voluntad general, no sería una imposición de un poder ajeno sino la expresión
de esa voluntad colectiva.
La dificultad aparece cuando trasladamos esa
construcción filosófica al individuo concreto. La teoría habla de un pacto que
funda la autoridad política; la realidad nos encuentra sujetos a sus reglas sin
haber participado personalmente de ese pacto. No elegimos sus cláusulas, no
negociamos sus condiciones y tampoco podemos simplemente declarar que dejamos
de ser parte.
El contrato que organiza buena parte de nuestra vida política es un contrato que ninguno de nosotros recuerda haber firmado. Desde la lógica de cualquier contrato ordinario, es el único acuerdo donde:
1. Una de las partes jamás firmó nada ni prestó su consentimiento explícito.
- Quedás
atrapado dentro de sus cláusulas por el
mero hecho biológico de nacer o pisar una porción geográfica del mapa.
- Una
de las partes (el Estado) se reserva la facultad unilateral
de modificar las cláusulas cuando quiere, subir los precios de
mantenimiento a su antojo y redactar las leyes de cumplimiento obligatorio
para la otra parte.
Si el Estado fue una construcción humana para
garantizar nuestros derechos, ¿por qué hemos terminado comportándonos como si
nosotros fuéramos una parte de su patrimonio?
Y la pregunta escala a lo más íntimo: ¿qué tan dueños
somos de nuestra propia vida y de nuestro trabajo?
El empresario paga por emplear.
El empleado paga por trabajar.
El autónomo paga por ofrecer un producto o servicio.
El conductor paga para circular.
Y acá aparece otra trampa: cuando hablamos de propiedad,
solemos pensar solamente en una casa, un terreno o un auto. Pero la discusión
es más amplia. Está también nuestra persona, nuestra capacidad de trabajar,
nuestro tiempo y el fruto de ese trabajo. No son jurídicamente equivalentes a
una casa ni se encuentran bajo el mismo concepto de dominium, pero todos
remiten a una pregunta anterior: ¿qué cosas pertenecen al ámbito de decisión
del individuo y cuáles quedan bajo el poder de la autoridad?
Porque una cosa es que el Estado tenga imperium
para establecer las reglas de convivencia y otra muy distinta es que, bajo esa
misma autoridad, pueda ir delimitando cada vez más qué podemos hacer con
aquello que jurídicamente ya reconoció como nuestro.
Y cuando la respuesta a cada nueva obligación termina
siendo simplemente “porque lo establece la ley”, la pregunta deja de ser
solamente qué dice la ley y pasa a ser qué está legitimada a hacer una
autoridad sobre aquello que no le pertenece.
¿Cómo es que alguien puede dictar una ley sobre algo
que no es suyo?
Si mi casa y mi garaje son míos, y otra persona decide
voluntariamente comprarme algo con su propio dinero, ¿por qué esa transacción
privada necesita la autorización, regulación o intermediación de una autoridad?
¿En qué momento el uso de mi propiedad y el intercambio libre entre dos
particulares pasaron a ser un delito en potencia que debo justificar ante el
municipio o la agencia recaudadora?
Aquí es donde el propio texto constitucional acorrala
a la burocracia con su propia lógica:
El artículo 19 establece que las acciones
privadas que no perjudiquen a terceros ni afecten el orden público quedan fuera
de la autoridad de los magistrados, rematando con un principio sagrado: nadie
puede ser obligado a hacer lo que la ley no manda, ni privado de lo que ella no
prohíbe. A su vez, el artículo 14 reconoce explícitamente el derecho
a trabajar, ejercer toda industria lícita, comerciar y disponer de la
propiedad.
Frente a esto, el burócrata suele apelar a la pequeña
rendija de ese mismo artículo: "conforme a las leyes que reglamenten su
ejercicio". Y ahí es donde montaron la estafa. ¿Puede una simple
reglamentación transformar un derecho originario en una concesión o una
licencia que el Estado otorga, retiene o cobra a su antojo?
El propio texto constitucional responde dos páginas
más adelante, con una claridad que la clase política prefiere ignorar. El artículo
28 actúa como un candado definitivo: “Los principios, derechos y
garantías reconocidos en los anteriores artículos, no podrán ser alterados por
las leyes que reglamenten su ejercicio”.
La respuesta jurídica, ética y lógica es: No.
Por supuesto, no soy tan ingenua: sé perfectamente que
un batallón de abogados constitucionalistas y jueces adictos al poder
encontrarán siempre la pirueta técnica, la doctrina de la «emergencia» o el
eufemismo normativo para justificar el peaje. Pero que logren disfrazar el
atropello con jerga jurídica no cambia la verdad de fondo: una reglamentación
que altera ahoga o anula el uso de lo propio podrá ser legal en sus propios
tribunales, pero sigue siendo inconstitucional en su esencia y un abuso de
poder disfrazado de trámite.
El diseño institucional global padece del mismo
defecto de fábrica: deja en manos del propio Estado la interpretación de los
límites de su propio poder.
No importa si la norma está escrita en Buenos Aires,
Madrid, Washington o París: cuando la Constitución le concede al gobierno la
facultad de «reglamentar» un derecho, le está entregando el lápiz con el que,
tarde o temprano, la burocracia terminará borrando la propiedad del individuo.
En cualquier ámbito del derecho privado, un contrato
donde una de las partes puede cambiar unilateralmente las cláusulas, fijar su
propio sueldo y usar la fuerza para cobrar sin que la otra pueda rescindirlo
sería nulo por estafa. En la teoría política, a eso lo llaman
representación.
Estamos ante la estafa contractual más grande de la
historia.
Soberanía y
límites
Pero hay algo
todavía más profundo que el poder de regular, cobrar y condicionar: el poder de
obligar. Porque una ley no se sostiene únicamente sobre el papel. Detrás de la
obligación existe, en última instancia, la posibilidad de hacerla cumplir
mediante la fuerza.
Y entonces la
pregunta vuelve a cambiar de escala: si el poder político deriva de la
soberanía popular, ¿qué ocurre cuando ese mismo poder, utiliza la fuerza contra
quienes son la fuente de esa soberanía?
Una cosa es la
legitimidad que una sociedad otorga a un gobierno para ejercer determinadas
funciones y otra muy distinta es suponer que, una vez otorgado ese poder,
desaparecen todos los límites.
Pensemos en algo
más sencillo. Si tengo una empresa y contrato a un gerente para que la
administre, le estoy delegando facultades para tomar determinadas decisiones.
Eso no significa que le haya entregado la propiedad de la empresa, ni que pueda
disponer o repartir mis bienes como considere, como si fueran propios. Delegar
la administración no equivale a transferir la propiedad ni a entregar un cheque
en blanco.
Entonces,
aplicado al poder político, aparecen varias preguntas.
¿Qué es
exactamente lo que una sociedad delega cuando legitima a un gobierno?
La sociedad
delega el ejercicio de determinadas funciones de gobierno; no les entrega la
soberanía misma ni un poder ilimitado.
¿Qué ocurre
cuando el poder delegado empieza a ampliar por sí mismo su propio alcance? Si
la delegación tiene un marco, ¿quién determina hasta dónde llega ese marco?
¿Puede el propio poder delegado ampliarlo indefinidamente?
¿Y qué ocurre
cuando los límites no desaparecen de golpe, sino que se desplazan un poco cada
vez?
Una obligación
nueva. Una excepción. Una restricción presentada como necesaria. Una facultad
que antes no existía. Otra que se amplía. Y, con cada paso, una sociedad que se
adapta al nuevo límite hasta que deja de recordar dónde estaba el anterior.
Entonces quizá
el problema no sea que las personas hayan decidido entregar voluntariamente un
poder ilimitado. Quizás el poder se haya ido volviendo ilimitado precisamente
porque cada nuevo límite fue aceptado como una excepción, una necesidad o un
mal menor.
Y si para
imponer un límite cada vez más amplio existe la posibilidad de utilizar la
fuerza, ¿hasta qué punto la ausencia de rebelión puede interpretarse como
consentimiento?
¿Que una
sociedad se adapte significa que está de acuerdo?
¿Y si el poder
puede recurrir a la fuerza para imponer cada nuevo límite, en qué momento deja
de ser autoridad y empieza a convertirse en autoritarismo?
Después de todo,
no resulta tan descabellado querer quedarte en casa y acatar “las normas” si la
otra opción es que te muelan a palos…
Que en los
discursos oficiales aseguren después que la gente se repliega porque “está
de acuerdo con el modelo”, solo se lo cree el que se lo quiere creer.
Pretender que la sumisión nacida de la coerción es una prueba de consenso es el
cinismo perfecto del político autoritario.
Es un miedo
racional… no legitimidad.
Por supuesto, no
hay que pecar de ingenuos: además de la red de beneficiados directos que lucra
con el esquema, siempre hay un sector de la sociedad que se muestra
genuinamente conforme con determinadas medidas. Pero más allá del beneficio o
la afinidad sincera, ocurre algo todavía más perverso: que se active una suerte
de Síndrome de Estocolmo político.
No es solo la
fascinación por el carisma del líder de turno lo que adormece la reacción, sino
el goce revanchista de ver cómo la misma guillotina cae sobre el rival.
Aceptamos gustosos una restricción que nos destruye con tal de que salpique a
la oposición. Cuando la política se reduce a un juego de suma cero donde el
daño ajeno se festeja como victoria propia, el Estado ya no necesita
doblegarnos: le entregamos la llave de nuestra jaula voluntariamente.
(Alcanza con
leer los comentarios en redes sociales: hay más gente regodeándose en la
revancha contra la oposición que celebrando una medida que, desde su punto de
vista, nos va a llevar al crecimiento).
Pequeñas
miserias humanas…
El sistema tilda
de “delito” a la resistencia únicamente para autopreservarse. Sin
embargo, cuando el poder vulnera los derechos preexistentes que debía
custodiar, debería entenderse que pierde su única fuente de legitimidad y cae
en una ilegalidad de origen. En ese marco, la resistencia no tendría que
considerarse un delito, sino la legítima defensa frente al abuso: la etiqueta
de “ilegalidad” es solo el disfraz con el que el Estado criminaliza la
autodefensa del ciudadano.
Cuando el
gerente usa la seguridad de la empresa para asaltar al dueño, no está
ejerciendo ninguna autoridad: dejó de ser gerente y se convirtió en usurpador.
Si la pregunta
para el poder es ¿por qué lo hacen?, la pregunta para el ciudadano es otra:
¿por qué lo permitimos?
Porque el abuso
no siempre llega con la forma de un abuso. A veces llega disfrazado de
necesidad, de seguridad, de excepción, de orden o de una pequeña modificación
que parece demasiado insignificante como para discutirla. Y cuando cada avance
es apenas un poco mayor que el anterior, la frontera se desplaza sin que
necesariamente percibamos que se está desplazando.
Ahí es donde la
metáfora de la rana hervida resulta especialmente reveladora.
La metáfora de
la rana hervida permite visualizar cómo un poder puede avanzar sobre la
libertad, la propiedad y la vida de las personas sin que cada avance provoque
una rebelión inmediata. No porque nadie vea lo que ocurre, sino porque cada
aumento de la temperatura puede parecer tolerable cuando se lo compara
solamente con el anterior.
Si tirás una
rana en una olla de agua hirviendo, el choque térmico es tan brutal que el
animal reacciona instintivamente y salta de un golpe para salvarse. Pero si la
ponés en agua a temperatura ambiente y vas subiendo el fuego muy despacio, un
grado a la vez, la rana ajusta su temperatura corporal al entorno. No percibe
el peligro porque cada pequeño aumento de calor es casi imperceptible en
comparación con el momento anterior. Para cuando el agua está hirviendo, la rana
ya no puede saltar. Muere hervida, no por falta de capacidad física, sino por
la incapacidad de registrar la aceleración del daño.
Con la
extracción estatal y la pérdida de soberanía individual pasa exactamente lo
mismo.
Si un gobierno
decretara de la noche a la mañana que se va a quedar con el 50% de tu sueldo,
que tenés que pedirle permiso en una ventanilla municipal para tocar una pared
de tu propia casa, y que no podés comerciar libremente con tu vecino sin que un
tercero se lleve una tajada, la reacción social sería inmediata y violenta: la
rana saltaría de la olla.
Por eso, la
expansión del Estado casi nunca llega como un golpe de Estado ruidoso; se
parece más a una anestesia gradual. Si se repasa la historia del último siglo,
salta a la vista un patrón que se repite en todo el globo: crisis de
emergencia, impuestos «extraordinarios» que jamás se retiran, regulaciones
«provisionales» sobre el dinero y barreras burocráticas a la movilidad que
vinieron por un par de meses y se quedaron para siempre. Basta investigar cómo
nacieron el impuesto a los ingresos, el dinero fiduciario sin respaldo o los
controles fronterizos para entender que lo que hoy aceptamos como «normal»
empezó como un abuso excepcional.
En este proceso
de asfixia sistemática, la brecha no hizo más que ensancharse: mientras la
clase política y los grandes actores corporativos navegan la hiperregulación a
través de influencias y exenciones, y el que trabaja
pierde cada vez más capacidad de ahorro y calidad de vida.
El mecanismo es
siempre el mismo: la emergencia crea el precedente, el precedente se vuelve
norma y la norma se transforma en paisaje. En una o dos generaciones, la
memoria de la libertad originaria desaparece. Lo que antes habría provocado un
escándalo, hoy se percibe simplemente como “la forma en que funcionan las cosas”
No es que nadie
advierta el aumento de la temperatura, sino en que cada aumento sea lo
suficientemente pequeño como para que la siguiente generación ya encuentre
normal la temperatura anterior.
La tragedia de
la metáfora no es solo la astucia del que maneja la perilla del fuego, sino la
capacidad de adaptación de la víctima. Nos adaptamos a la burocracia, nos
adaptamos a la inflación, nos adaptamos a la presión tributaria y nos adaptamos
a que el administrador actúe como dueño.
Nos
acostumbramos a entregar parcelas de libertad a cambio de la promesa de un bien
mayor: la seguridad. Y ahí es donde el argumento del control despliega su
ingeniería más seductora.
Pensemos, por
ejemplo, en el control del dinero. La justificación oficial siempre suena
razonable: combatir el lavado, el narcotráfico, el crimen organizado o el
financiamiento del terrorismo. Problemas reales, graves y difíciles de discutir
en público sin quedar bajo sospecha.
Pero hay una
pregunta incómoda: ¿cuánto de todo ese despliegue consigue realmente impedir
aquello que dice combatir?
Porque si
miramos la realidad, el crimen organizado no desapareció. El narcotráfico
continúa, la trata de personas continúa, el tráfico de armas continúa y los
mercados clandestinos siguen operando. El delito grave que se pretende combatir
siempre encuentra la rendija por donde escabullirse.
Mientras tanto,
quien trabaja honestamente, ahorra, compra, vende o intenta disponer del fruto
de su propio esfuerzo, queda atrapado en una red millonaria de regulaciones,
registros, declaraciones juradas, límites e impuestos.
Y entonces
aparece una pregunta todavía más hiriente: si el sistema es tan implacablemente
eficiente para no dejar un solo resquicio donde meter la mano en el bolsillo
del ciudadano, ¿por qué resulta tan torpe e ineficaz para concentrar esa misma
tecnología de control en la ilegalidad que realmente nos destruye?
No hace falta
ponerse conspiranoico ni suponer complicidades oscuras para advertir la
perversión del esquema. Si el ciudadano que cumple vive permanentemente bajo
sospecha, obligado a demostrar su inocencia ante cada movimiento financiero,
mientras el delincuente opera en las sombras, la prioridad del Estado no es
protegernos: es fiscalizarnos.
Después de todo,
lo verdaderamente razonable sería dejar en paz a quien produce, comercia y vive
de su trabajo, y concentrar toda la fuerza pública en perseguir a quien
efectivamente le hace daño a los demás.
Y hay otra
paradoja todavía más difícil de ignorar: ese ciudadano ya paga por la seguridad
que el Estado promete brindar. Sin embargo, cuando esa protección falla y es
víctima de un delito, el costo de la vulneración recae por completo sobre él. Paga
por una cobertura que no recibe, paga el precio del daño cuando la prevención
fracasa y, mientras tanto, se lo obliga a seguir financiando y acatando el
mismo aparato que le soltó la mano…
Y mientras buena
parte de las decisiones económicas y los sacrificios presentes se justifican en
nombre de la «inversión», el crecimiento y los beneficios que supuestamente
llegarán mañana, la realidad nos devuelve siempre el mismo cuento de la buena
pipa.
Nos piden
paciencia para un futuro que nunca llega, mientras los datos del presente
muestran una constante implacable: según relevan los informes globales sobre
riqueza (como los de Credit Suisse/UBS o los balances anuales de Oxfam), el 1%
más rico de la población mundial ya concentra casi la mitad de la riqueza del
planeta, al tiempo que en las últimas tres décadas la participación de los
salarios en el producto global no ha parado de caer.
El argumento de
la postergación es el anzuelo perfecto. Nos prometen que el esfuerzo de hoy se
traducirá en el bienestar del mañana, que las exenciones y facilidades al gran
capital terminarán derramando empleo y prosperidad. Pero la rueda gira hace
años exactamente en la misma dirección: la acumulación se acelera arriba
mientras abajo la vida se enfrenta a salarios con márgenes cada vez más
estrechos.
Desde una lógica
puramente económica, podría pensarse que al propio sistema le convendría una
ciudadanía próspera: más consumo, más actividad y una torta más grande de la
cual recaudar. Sin embargo, el objetivo primario del poder no es la eficiencia,
sino la dependencia. Ocurre exactamente igual que en las dinámicas de
dominación doméstica: el abusador prefiere resignar un segundo ingreso con tal
de mantener a su víctima aislada, sin margen de autonomía financiera. Porque el
dinero da margen de maniobra, y el margen de maniobra permite elegir, decir
«no» o marcharse. Para garantizar el sometimiento se necesita achicar las
alternativas del ciudadano hasta que la pura subsistencia consuma toda su
energía diaria. El poder no busca administrar la abundancia de hombres libres;
prefiere administrar la escasez de rehenes.
Ahora bien,
conviene hacer una distinción fundamental: que una persona gane o acumule más
dinero que otra no representa, en sí mismo, un problema. Desde una perspectiva
genuinamente libre, si a cada uno se lo deja producir e intercambiar en paz,
que un vecino posea veinte casas o una fortuna legítima resulta irrelevante. El
problema jamás ha sido el dinero; el problema es la concentración de un poder
capaz de comprar voluntades, redactar leyes a medida, coaccionar jueces o
imponer agendas políticas globales para perpetuar la servidumbre de la
población. Para entender la escala del fenómeno hay que ampliar el mapa: la
regulación asfixiante que sufrimos hoy no la inventó el municipio local, forma
parte de una red burocrática internacional mucho más extensa. Y si la calidad
de vida media no ha parado de deteriorarse en las últimas tres décadas, sin ser
Nostradamus se puede intuir que sostener ese nivel de control cuesta cada vez
más caro, y la factura la seguirán pagando siempre los mismos.
Ante este
panorama surge la pregunta inevitable: ¿se puede disolver el Estado? Pretender
que eso ocurra de la noche a la mañana en una sociedad golpeada, sin desarrollo
personal y con pobreza de espíritu, sería una ingenuidad peligrosa. Si mañana
disolvés el Estado en un contexto así, no nace la libertad: nace la tiranía de
consorcio. Ocurre exactamente lo mismo que con los sindicatos o las
cooperativas, que nacen para defender a un grupo y terminan convertidos en
cuevas de intermediarios que lucran con la pasividad general.
El verdadero
límite al abuso no se redacta en una ley ni se deposita en una urna; se ejerce
en la conciencia individual. El autogobierno no es una utopía técnica, sino un
estado de desarrollo personal. Solo cuando el individuo aprende a reconocer la
manipulación, supera el miedo, desmonta la falsa ética de la docilidad y asume
su propia responsabilidad personal —para sí y para con el entorno—, el poder
pierde su capacidad de sometimiento y, poco a poco, toda legitimidad.
Para quien crea que las cosas son así, que están bien como están o que sencillamente no pueden cambiar, el análisis termina acá. Para quienes prefieren elegir su propia aventura, queda abierta la invitación para el próximo capítulo
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