¿De qué habla el Estado cuando habla de libertad y dignidad?
Los límites del lenguaje
Filadelfia, 4 de julio de 1776.
Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América.
"Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno…"
— Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, 4 de julio de 1776, traducción al español publicada por los Archivos Nacionales de Estados Unidos.
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Resulta
sumamente complejo alcanzar un objetivo o construir un camino claro cuando no
logramos nombrar con precisión qué es lo que estamos buscando. Desear “ser
feliz”, “estar mejor” “estar en paz” o “tener una vida plena” suelen funcionar
como horizontes deseables, pero mientras permanezcan en el terreno de lo
abstracto no tenemos criterios claros para convertirlos en objetivos concretos,
establecer prioridades o decidir qué pasos dar para avanzar. Necesitamos bajar
esas ideas a tierra y definir con claridad, qué significan en la práctica para
cada uno de nosotros.
Esta misma
dinámica podemos verla en nuestras relaciones personales. Rara vez iniciamos un
vínculo fijando cláusulas o pautando reglas de manera explícita; la convivencia
simplemente sucede. Sin embargo, cuando los roces inevitables y los desacuerdos
salen a la luz, la forma en que los abordamos pueden definir el destino del
vínculo. Generalmente se abren tres caminos muy distintos:
- La negociación consciente: Nombrar con claridad las
diferencias, delimitar qué es aceptable para cada parte y construir
acuerdos compartidos.
- El quiebre por agotamiento: Tolerar en silencio la
incomodidad, acumulando fricción hasta que la relación se vuelve
insostenible y colapsa.
- La resignación: Acostumbrarse paulatinamente
al malestar, naturalizando la insatisfacción o la falta de respeto como si
fueran el costo inevitable de mantener el vínculo.
Si cuando
es necesario no nos detenemos a nombrar qué entendemos por cuidado, respeto o
espacio personal, dejamos la relación a la deriva de estos dos últimos caminos.
Desde la
filosofía del lenguaje y la semántica, definir un concepto supone establecer
qué entendemos por él y cuáles son sus límites. La palabra traza un marco que
separa lo que algo es de lo que no es. A escala colectiva, los discursos
políticos y económicos están llenos de grandes palabras abstractas, pero ¿qué
quieren decir exactamente cuando dicen —“progreso”, “desarrollo”, “vida digna”,
“libertad”— que se repiten con frecuencia sin que nos detengamos a definir
colectivamente qué significan en la práctica?
¿Cómo podríamos
acercarnos a construir un sistema sano si ni siquiera tenemos un consenso
mínimo sobre qué lo define o qué implica, en concreto, vivir con dignidad?
Cuando dejamos esos conceptos vacíos o ambiguos, le entregamos al poder la
facultad exclusiva de definir los límites por nosotros, imponiendo su propia
versión de la realidad como si fuera la única posible.
¿Qué significa
ser libre?
- ¿Libertad es simplemente no
estar preso?
- ¿Es tener alternativas reales o
basta con la ilusión de poder elegir entre las pocas disponibles?
- ¿Es no depender de la voluntad
ajena ni del chantaje económico para sobrevivir?
- ¿Es poder actuar según los
propios principios aun cuando el sistema imponga un costo por hacerlo?
- ¿Puede alguien tener un abanico
de opciones de consumo y, aun así, no ser libre?
- ¿Existe verdadera libertad si
debemos pagar una tarifa para acceder a las condiciones mínimas que
garantizan nuestros propios derechos?
Es
precisamente en esa disputa por los significados donde la discusión sobre la
libertad deja de ser un eslogan político para convertirse en una urgencia
concreta.
Porque las
palabras no solo describen la realidad: también condicionan la manera en que la
interpretamos. Si entendemos la libertad únicamente como la ausencia de
prohibiciones explícitas, podemos considerarnos libres mientras nuestras
posibilidades reales de decidir sobre la propia vida se reducen cada vez más.
Si confundimos el desarrollo con el crecimiento económico, podemos celebrar
indicadores positivos sin preguntarnos qué sucede con las condiciones de vida
de las personas. Y si definimos la dignidad como un principio abstracto, sin
preguntarnos qué necesita una persona para vivir dignamente, corremos el riesgo
de defenderla en el discurso mientras ignoramos las condiciones que la hacen
posible.
No es un
detalle menor. Las definiciones que aceptamos establecen el marco desde el cual
juzgamos lo que sucede a nuestro alrededor. Determinan qué consideramos un
problema, qué situaciones naturalizamos y cuáles nos parecen intolerables.
También condicionan las soluciones que somos capaces de imaginar: si aceptamos
como inevitable todo aquello que se presenta como una necesidad económica, una
exigencia del sistema o una consecuencia del orden establecido, dejamos de
preguntarnos si ese orden podría organizarse de otra manera.
Por eso,
disputar los significados no consiste en discutir palabras por el simple hecho
de discutirlas. Consiste en recuperar la capacidad de examinar qué hay detrás
de ellas, qué realidad describen, qué aspectos dejan fuera y a qué intereses
puede servir la interpretación que termina imponiéndose.
¿Qué
significa vivir con dignidad?
Si buscamos
una respuesta en los documentos que fundamentan nuestro orden jurídico,
encontramos que la dignidad humana ocupa un lugar central. No es simplemente una
idea ni una aspiración de una corriente filosófica particular: es uno de los
principios sobre los que se construyó el sistema internacional de derechos
humanos.
La Declaración
Universal de los Derechos Humanos, aprobada por las Naciones Unidas en
1948, reconoce en su preámbulo la dignidad inherente a todos los miembros de la
familia humana como fundamento de la libertad, la justicia y la paz. Su primer
artículo establece que todos los seres humanos nacen libres e iguales en
dignidad y derechos. Sin embargo, no ofrece una definición precisa de qué
significa vivir dignamente. En cambio, desarrolla una serie de derechos que
buscan proteger esa condición: la vida, la libertad, la seguridad, la igualdad
ante la ley, la educación, el trabajo y un nivel de vida adecuado, entre otros.
La misma
idea aparece en los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos y
de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, adoptados en 1966. Ambos
parten del reconocimiento de la dignidad inherente a la persona humana. El
segundo, además, vincula la realización de los derechos con la creación de
condiciones que permitan a las personas vivir libres del temor y de la miseria.
No alcanza, por lo tanto, con reconocer libertades en términos abstractos:
también importan las condiciones sociales y económicas necesarias para ejercer
los derechos.
En el
ámbito regional, la Convención Americana sobre Derechos Humanos protege
la integridad personal y prohíbe los tratos crueles, inhumanos o degradantes.
Otros instrumentos internacionales desarrollan dimensiones específicas de la
dignidad, como la Convención sobre los Derechos del Niño y la Convención sobre
los Derechos de las Personas con Discapacidad, que pone especial énfasis en la
autonomía individual y la independencia.
En
Argentina, el artículo 75, inciso 22, de la Constitución Nacional otorga
jerarquía constitucional a determinados tratados de derechos humanos, entre
ellos la Declaración Universal, la Convención Americana y los dos pactos
internacionales mencionados. La dignidad, por lo tanto, no es solamente una
aspiración moral: forma parte de los principios que orientan nuestro marco
jurídico y que justifican la existencia misma de un Estado cuya razón de ser
es, precisamente, garantizarlos y hacerlos cumplir.
Esto se
respalda en el principio de servicialidad del Estado —que establece que
las instituciones están al servicio de la persona humana y de la garantía de
sus derechos— y en instrumentos como la Convención Americana sobre Derechos
Humanos (artículos 29 y 30), que delimitan el uso del poder público y prohíben
expresamente que las autoridades utilicen sus atribuciones para fines distintos
de aquellos para los cuales les fueron otorgadas. El Estado existe para hacer
efectivas esas garantías, no para la autopreservación de la burocracia, la
protección de intereses corporativos ni el beneficio de unos pocos.
Sin
embargo, al mirar la dinámica cotidiana, la realidad linda con lo absurdo: toda
esa inmensa maquinaria institucional y burocrática da la impresión de haber
sido diseñada únicamente para cobrar tasas, gastos administrativos, sellos,
tramitar formularios e informarle al ciudadano qué impuestos debe pagar y qué
normas debe acatar, olvidando por completo que su razón de ser era, en primer
lugar, garantizar sus derechos, no vendérselos…
La
incorporación de estos tratados al bloque de constitucionalidad devela una
contradicción estructural: el Estado utiliza el lenguaje abstracto y los
conceptos jurídicos indeterminados como una estrategia de simulación para
eludir sus responsabilidades originarias. Al declarar principios como la
dignidad o la libertad sin definir operativamente sus alcances materiales,
estas nobles proclamas se transforman en recipientes vacíos que el poder
político y económico llena a su conveniencia. Así, la "libertad" se
declama en términos absolutos mientras la vida cotidiana de los ciudadanos se
encuentra asfixiada e hiperregulada por un entramado impositivo implacable, y
el "desarrollo" se mide a través de indicadores macroeconómicos
abstractos que invierten los fines de la organización social, tratando a los
seres humanos como meros recursos para la economía y no a la economía como una
herramienta al servicio de las personas.
Al carecer
de una definición consensuada sobre qué constituye un "sistema sano",
el relato del progreso se enfoca exclusivamente en lo que se construye,
invisibilizando deliberadamente lo que se destruye: la salud mental de las
mayorías, el tejido social y el medio ambiente. En definitiva, ésta calculada
ambigüedad conceptual permite perpetuar una estructura donde un sector
minoritario acumula riqueza a costa de la carga de una mayoría precarizada.
Ahora bien,
reconocer la dignidad como un principio universal no equivale a haber resuelto
qué condiciones concretas exige. Los documentos mencionados establecen derechos
y obligaciones importantes, pero no reúnen todas sus implicaciones en una única
definición operativa de lo que significa vivir dignamente.
Y es
precisamente ahí donde aparece la cuestión que debería interesarnos: si la
dignidad humana es el fundamento de los derechos que reconocemos, ¿cómo
determinamos si las condiciones en las que vivimos son compatibles con ella?
Podemos
ordenar la cuestión en dos planos:
|
Principios que reconocemos |
Preguntas que necesitamos resolver |
|
Toda persona tiene dignidad. |
¿Qué
condiciones debe reunir una vida para que esa dignidad sea respetada en la
práctica? |
|
Todas las
personas tienen derechos. |
¿Qué
posibilidades reales tienen de ejercerlos? |
|
La
autonomía individual merece respeto. |
¿Qué
margen efectivo tenemos para decidir sobre nuestra propia vida? |
|
Todas las
personas tienen igual dignidad y los mismos derechos fundamentales. |
¿Qué
significa la igualdad si no garantizamos a todas las personas las condiciones
mínimas necesarias para vivir con dignidad y ejercer sus derechos? |
|
Los
Estados deben respetar y garantizar derechos. |
¿Con qué
criterios evaluamos si las instituciones y las políticas públicas contribuyen
a ese objetivo? ¿Qué pasa si no se cumplen? |
Estas
preguntas buscan examinar qué hace falta para que esos principios se traduzcan
en condiciones de vida concretas.
Porque una
persona puede tener formalmente derecho a estudiar y carecer de los recursos
necesarios o tener que trabajar doce horas al día para subsistir, sin disponer
del tiempo para hacerlo. Puede tener libertad para elegir dónde vivir y no
contar con ingresos suficientes para acceder a una vivienda. Puede elegir qué
comer y querer alimentarse de manera saludable, pero no poder pagar los
alimentos que necesita. Y puede ser jurídicamente libre para rechazar
determinadas condiciones laborales y, al mismo tiempo, depender de ellas para
cubrir sus necesidades básicas.
En cada
caso, el derecho formal y la posibilidad efectiva de ejercerlo son dimensiones
diferentes. Y si queremos evaluar el desarrollo de una sociedad, necesitamos
observar ambas.
Esto
tampoco significa que exista una única manera correcta de vivir. La dignidad no
debería depender de que todas las personas compartan los mismos valores,
aspiraciones o proyectos. El desafío consiste en identificar condiciones
fundamentales que permitan a cada una desarrollar su propia vida, sin que su
existencia quede reducida a satisfacer los intereses de otros.
Si
afirmamos que una economía debe estar al servicio de las personas, que el
Estado debe proteger sus derechos y que el desarrollo debe mejorar sus vidas,
necesitamos poder examinar los resultados. ¿Qué entendemos por mejorar una
vida? ¿Qué condiciones son indispensables? ¿Qué desigualdades limitan la
autonomía? ¿Qué consecuencias estamos dispuestos a considerar incompatibles con
una sociedad digna?
Sin
criterios para responder estas preguntas, palabras como progreso, crecimiento,
bienestar o desarrollo pueden justificar modelos muy diferentes,
incluso cuando sus resultados para la vida de las personas y el medio ambiente
son contradictorios o francamente destructivos.
Es
necesario desarticular un discurso tan recurrente como desgastado: “la culpa la
tiene el gobierno anterior” y diferenciar entre los gobiernos que administran
el Estado y el Estado como institución, cuya obligación de garantizar los
derechos de las personas no desaparece con cada cambio de gestión. Que un
gobierno haya dejado deudas, déficit o recursos insuficientes no convierte a la
ciudadanía en responsable de esa situación ni exime a la gestión siguiente de
su obligación de restituir los derechos que no fueron garantizados, en lugar de
utilizar esa herencia como justificación para seguir postergándolos.
Así como cuando
se vende una propiedad o un vehículo con obligaciones pendientes, el cambio de
titularidad no hace que esas obligaciones desaparezcan: su cumplimiento debe
resolverse conforme a la ley y a las responsabilidades que correspondan. Del
mismo modo, el cambio de gobierno no extingue las obligaciones del Estado
frente a la ciudadanía. La administración de los recursos puede cambiar de
manos; la responsabilidad institucional de garantizar los derechos permanece
Antes de
discutir si necesitamos más subsidios o menos, también deberíamos preguntarnos
qué condiciones económicas hacen necesarios esos subsidios. ¿Cuántas de las
dificultades que intentamos compensar mediante ayudas estatales podrían
aliviarse si las personas conservaran una mayor proporción de sus ingresos y
tuvieran menos cargas que afrontar? No se trata de dar por sentado que los
subsidios son innecesarios, sino de evitar que el debate sobre cómo compensar
las carencias sustituya a la pregunta por sus causas.
Por eso,
antes de discutir qué modelo económico conviene, cuánto debe intervenir el
Estado o qué políticas deberíamos aplicar, hay una cuestión anterior: ¿cuál
es el piso material y de libertades que el Estado debe garantizar de forma
irrenunciable para que podamos afirmar que respeta la dignidad de “todas” las
personas que están bajo su jurisdicción? Sin la definición precisa de ese
umbral mínimo, cualquier debate sobre modelos económicos se reduce a una
discusión tecnocrática vacía de sentido humano.
Hay otra
cuestión que no podemos pasar por alto: ¿qué ocurre cuando no se cumplen
nuestros derechos?
Los
ciudadanos conocemos bastante bien nuestras obligaciones. Sabemos que existen
plazos, multas, sanciones y mecanismos para exigirnos que las cumplamos. Pero
cuando son las instituciones las que no garantizan los derechos que tienen la
obligación de proteger, ¿qué mecanismos tenemos para exigir que lo hagan? ¿Qué
consecuencias tiene ese incumplimiento para quienes lo padecen? ¿Y qué
responsabilidad asume quien debía garantizar esas condiciones?
Cuando es
el Estado el que incumple sus obligaciones constitucionales el sistema se
vuelve ciego. Nadie multa a las instituciones por violar la dignidad humana.
Y para
responder a esa asimetría entre exigencias y garantías, necesitamos dar un paso
atrás y volver a lo más básico: comprender dónde se traza la frontera del
abuso. Porque la tolerancia hacia el Estado se termina ahí donde su inacción
nos reduce a un estado de pura supervivencia. Si al ciudadano se lo acorrala
con obligaciones y castigos, pero se lo deja desamparado en sus derechos
fundamentales, el poder real vuelve a la gente. Plantarse frente a esto no es
un ejercicio teórico: es el acto de defensa propio de una mayoría que se niega
a seguir siendo el combustible de una estructura que la desgasta y la posterga.
En el plano
individual, entender dónde terminan mis límites y dónde empiezan los del otro
es el requisito indispensable para construir cualquier relación saludable. Es
saber reconocer qué me pertenece y qué pertenece a los demás. Sin esa
distinción clara entre lo propio y lo ajeno, la convivencia se vuelve invasiva,
abusiva o caótica.
A nivel
colectivo ocurre exactamente lo mismo: no podemos defender una libertad ni
identificar cuándo está siendo vulnerada si no entendemos con precisión dónde
terminan las atribuciones del poder y dónde empiezan nuestros derechos
inalienables. Si no sabemos trazar esa frontera, resulta imposible distinguir
un acto de autoridad legítima de una intromisión indebida o un abuso de poder. El
problema es que, además, esa frontera nunca está quieta: el Estado la va
corriendo silenciosamente a fuerza de leyes nuevas y nuevas imposiciones. Te
inventa regulaciones —como, por ejemplo, la obligatoriedad de la VTV— que se
suman a lo que ya pagás por la patente, funcionando en la práctica como aduanas
internas pensadas para sacarte plata. Así, el derecho básico a circular deja de
ser libre y pasa a tener un precio que pagás una y otra vez bajo distintos
nombres. Si no registramos ese avance hormiga del poder sobre nuestras vidas,
terminamos normalizando el despojo.
Sin
embargo, hay una razón por la que a la mayoría nos cuesta tanto reconocer esos límites:
nunca fuimos educados para defender nuestras propias fronteras.
Desde la
infancia, el sistema educativo nos formó con devoción para memorizar las fechas
patrias, cantar el himno con postura firme y venerar los símbolos nacionales.
Nos enseñaron a prometer fidelidad a la bandera y a encarnar un concepto
abstracto de “patria” que casi siempre exige obediencia, deber y sacrificio.
Pero rara vez nos enseñan, con esa misma pasión y rigor, a entender la
Constitución como un escudo protector frente a los abusos del Estado, a exigir
el cumplimiento de nuestros derechos con vehemencia o a reconocer el valor
sagrado de nuestra propia dignidad humana. Nos instruyeron para ser súbditos
disciplinados y patriotas funcionales, no ciudadanos conscientes de su propia
soberanía.
Pero ¿no
debería ser precisamente la educación el lugar donde aprendamos a comprender
esas instituciones, conocer nuestros derechos y desarrollar las herramientas
necesarias para evaluar si quienes ejercen el poder cumplen con su función?
Para
cumplir esa misión, la educación debería gozar de una autonomía real frente al
poder político, en lugar de funcionar como una institución más al servicio de
quienes gobiernan. Su función no debería ser formar ciudadanos obedientes al
orden establecido, sino personas capaces de comprenderlo, cuestionarlo y
transformarlo.
Si
aprendemos a venerar la patria, pero no a cuestionar lo que se hace en su
nombre, ¿cómo vamos a reconocer los límites del poder cuando se presenta como
defensor de aquello que nos enseñaron a respetar como un valor sagrado?
De esa
falla de origen nace la confusión sobre lo que verdaderamente significa
emanciparse.
En el
ámbito personal, emanciparse de los padres significa dejar de estar bajo su
tutela y adquirir autonomía para decidir sobre la propia vida, con todo lo que
eso implica. Significa asumir el costo de las decisiones propias, pero también
el derecho a tomarlas: los padres ya no deciden el rumbo de nuestro futuro ni
pueden imponer restricciones sobre cómo debemos vivir. Elegir un camino propio
no significa una deslealtad ni renegar de nuestro origen, sino dejar de
confundir el reconocimiento de lo que recibimos con la obligación de
reproducirlo.
Sin
embargo, cuando trasladamos esto a escala social, nos encontramos con una gran
estafa histórica. Nos enseñaron a celebrar el Día de la Independencia como el
momento en que nos emancipamos de las potencias extranjeras. Pero si miramos de
cerca, lo que realmente ocurrió fue la emancipación del poder, no del
ciudadano. El nuevo gobierno local se liberó de la corona de afuera para
adquirir la libertad de controlarnos desde adentro. Se cambió de amo, pero el
ciudadano común mantuvo las restricciones, las cargas y la misma obligación de
obedecer. Las potencias extranjeras dejaron de cobrarnos impuestos, pero el
Estado propio perfeccionó el mecanismo para seguir sacándonos el fruto de
nuestro trabajo.
Por eso, la
emancipación colectiva sigue siendo una cuenta pendiente. Significa dejar de
comportarnos como menores de edad frente al poder de turno. Significa dejar de
esperar que un gobierno o un líder mesiánico actúe como un padre que decide qué
merecemos, qué calidad de vida podemos tener o qué permiso necesitamos para
trabajar. No hay emancipación posible mientras sigamos aceptando la escasez
como destino, la arbitrariedad como norma y la fuerza como argumento.
Y si no te gusta lo que hay para comer,
cuidado con protestar: no sea cosa que, además de pasar hambre, termines
recibiendo una lección sobre el orden público.
La
verdadera libertad no se concede desde arriba por la benevolencia de quienes
administran el Estado; se ejerce desde abajo, cuando una sociedad aprende a
nombrar sus derechos, reconoce sus propios límites y decide dejar de tolerar
que los rebasen.
Es ahí
donde se vuelve evidente que el problema no es coyuntural ni de un partido
político el problema es estructural.
Como
explicaba Antonio Gramsci, el poder se sostiene también cuando logra que una
determinada visión del mundo se incorpore al sentido común. Así, intereses y
relaciones de poder históricamente construidos pueden terminar percibiéndose
como naturales, inevitables o como la única forma posible de organizar la
sociedad. Nos acostumbramos a interpretar la realidad desde ese marco, incluso
cuando sus reglas y asimetrías nos perjudican.
Por eso, el
paso que no nos podemos saltear exige soltar las creencias a las que estamos
aferrados y cuestionar esa supuesta «normalidad». Reconocer los mecanismos que
nos condicionan es solo el comienzo; el paso siguiente es dejar de
reproducirlos automáticamente en lo cotidiano. Cuestionar el orden actual no
consiste en rechazar todo lo establecido de manera caprichosa ni en suponer
mágicamente que cualquier alternativa será mejor, sino en recuperar la
capacidad de examinar lo que damos por sentado y distinguir entre los límites
necesarios para la convivencia y aquellos que solo protegen privilegios.
Esto
requiere, en primer lugar, volver al origen de esta reflexión y recuperar el
sentido de las palabras. Necesitamos dejar de defender discursos que solo
suenan bonitos para empezar a analizar su significado real. Si no nos detenemos
a exigir definiciones claras de lo que representan hoy conceptos como democracia,
representación, límites, libertad, progreso o derechos
humanos, seguiremos siendo rehenes de lemas vacíos que justifican modelos
destructivos.
No debemos
olvidar la gran lección del siglo XX: las estructuras de poder pueden convertir
los ideales más nobles en la máscara perfecta para la barbarie. En nombre de la
libertad, la paz, la justicia, la defensa de la patria, la civilización o la
seguridad nacional se han justificado guerras, persecuciones y exterminios. Los
mayores horrores de la historia no se cometieron al margen del Estado, sino
también en su nombre, bajo discursos que presentaban la violencia como una
necesidad, un deber o incluso una causa moral.
Podemos
hablar de derecho a la vida o a la dignidad humana si una guerra es legal, si
se permite cuestionar el destino de las personas que migran de zonas de
conflictos… o necesitamos que los bombardeos alcancen todo el planeta para
plantearnos ahí si es justo. ¿En qué momento decidimos que la vida y los
derechos de los demás son un costo aceptable para mantener nuestra propia
tranquilidad?
¿Podemos
defender la dignidad humana solo cuando su vulneración nos afecta directamente?
¿Podemos reclamar nuestros derechos y, al mismo tiempo, aceptar que otros no
dispongan de las condiciones necesarias para ejercer los suyos? ¿Podemos hablar
de libertad mientras justificamos restricciones que impiden a otros decidir
sobre su propia vida?
La dignidad
no es un asunto individual, sino también la capacidad que tenemos de
reconocerla en los demás. Ignorar la pérdida de derechos ajenos solo valida la
misma regla de juego que, más temprano que tarde, nos alcanzará a todos. No hay
posibilidad de construir un sistema sano desde la apatía o desde la idea de que
la suerte del otro no nos incumbe.
La solución
no es una respuesta cerrada: es una construcción colectiva que dé forma a otra
estructura. No se trata de pelear por el lugar que nos toca dentro de una estructura
que no es sana sino de transformarla. Las reglas que organizan la convivencia
se sostienen o se transforman mediante nuestras decisiones, nuestras conductas,
nuestras omisiones y aquello que aceptamos como normal.
Pero
emanciparnos no consiste solamente en reconocer lo que no queremos aceptar.
También necesitamos ampliar lo que somos capaces de imaginar. Existen
experiencias de democracia directa con mecanismos participativos de abajo hacia
arriba —como la que aplica Suiza en sus cantones—, hasta experiencias de
comunidades autónomas, modelos cooperativos o ecoaldeas sostenibles. Ninguna es
perfecta ni aplicable como receta mágica, pero todas demuestran que la forma
actual de organizar la sociedad no es la única alternativa posible.
La
ambición, la voluntad de poder, la manipulación y el intento de subordinar a
otros en beneficio propio no son atributos exclusivos de la clase política;
también aparecen en nuestras relaciones cotidianas. El desafío no es imaginar
una sociedad sin esas tendencias, sino desmantelar cualquier estructura
que permita convertir esas inclinaciones en relaciones de subordinación
legalizadas. Hay que trazar una frontera clara entre la simple administración
de los recursos comunes y el ejercicio del poder: quien administra no puede
tener la facultad de escribir o cambiar las leyes a su propio beneficio. El
objetivo final es construir una comunidad de personas maduras, capaces de
resolver sus diferencias mediante el consenso y acuerdos entre iguales, sin
someterse a la tutela de un Estado que se atribuya el rol de padre para decidir
sobre el futuro de millones de personas.
Tampoco
podemos seguir delegando ciegamente el rumbo de nuestras vidas en una
institución que, durante siglos, ha reproducido estructuras de poder sostenidas
sobre la desigualdad. Es bastante ingenuo creer que lo cambiará la
administración siguiente.
Cuando las vías institucionales se convierten en un callejón sin salida que solo protege al poder, la historia del pensamiento político y el constitucionalismo nos recuerdan que la autoridad no es un cheque en blanco. La desobediencia civil pacífica, defendida por pensadores como Henry David Thoreau y llevada a la práctica por Gandhi y su movimiento, permite denunciar públicamente leyes o prácticas consideradas injustas mediante la acción no violenta. Por su parte, el derecho de resistencia a la opresión fue reconocido expresamente en el artículo 2 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Cuando un Estado viola sistemáticamente la dignidad y los derechos fundamentales de su población, erosiona la legitimidad que fundamenta su autoridad.
Y no
debería hacer falta llegar a la tortura, la desaparición o la masacre para
reconocer que nuestros derechos están siendo vulnerados. ¿Hasta qué punto
tenemos que llegar para dejar de considerar aceptable lo que nos perjudica? Si
esperamos a que el abuso alcance sus formas más extremas para cuestionarlo,
¿cuántas vulneraciones previas habremos normalizado en el camino?
Esperar ese
límite es llegar cuando ya no queda nada por defender…
Meter una
boleta en una urna no va a devolvernos lo que hemos ido cediendo por inercia.
Como bien
advirtió Martin Luther King Jr. en su Carta desde la cárcel de Birmingham,
la libertad no se concede voluntariamente desde el lugar del opresor: debe ser
exigida por quienes la ven vulnerada. Y esa exigencia empieza cuando dejamos de
aceptar como inevitable aquello que nos despoja de nuestra autonomía y nuestra
dignidad.
Un destino
distinto surge de algo mucho más íntimo y transformador: un despertar
profundamente humano. Es la decisión consciente de dejar de naturalizar la
crueldad y la deshumanización del otro, de sentir la herida ajena como propia,
de recuperar el suelo que habitamos y de sostener la certeza de que nuestras
vidas nos pertenecen. La libertad real no es un permiso que nos concede el
poder, ni un bien por el que debamos pagar. Se trata, al final del día, de
volver a elegir la empatía sobre la apatía, y de construir una convivencia
donde ninguna razón de Estado, por poderosa que sea, pase jamás por encima del
derecho a la vida y a la dignidad humana.
“Resolveos
a no servir más, y seréis libres”.
— Étienne
de La Boétie, Discurso de la servidumbre voluntaria.
Amén. Amén y amén.
P. D.: Yo lo resolvería bastante fácil: por ley, quienes gobiernan deberían cobrar el salario mínimo, vital y móvil que ellos mismos determinan, sin gastos de representación y con una jubilación equivalente a la mínima. Si ese piso de ingresos alcanza para vivir dignamente, no deberían tener inconvenientes en demostrarlo con el ejemplo.
y una de dos... o resolvemos el piso de la dignidad humana o desaparecen todos los políticos... En cualquiera de los dos casos, la realidad nos daría una respuesta.
Anterior: Simón dice… El Estado, el enemigo invisible
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Marian
Consultora en desarrollo personal y comunicación
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