Lo que nadie te dice sobre pedir deseos

 

                                                                   Pide un deseo...


“La Navidad no es un momento ni una estación, sino un estado de la mente.”
                                             
 — Calvin Coolidge


Mucho antes de que la Navidad fuera una fecha religiosa, el solsticio marcaba el momento de máxima luz.

Los pueblos celebraban cuando el sol alcanzaba su punto más alto, desplegando toda su fuerza sobre la tierra.

No era solo un fenómeno astronómico: era una señal.

La confirmación de que la vida está en su plenitud, que todo lo que crece y florece recibe su energía.

Espiritualmente, el solsticio siempre fue leído como un tiempo de expansión.

Una energía que impulsa hacia adelante, que invita a desplegar lo mejor de uno mismo, a celebrar lo logrado y a abrirse a nuevas posibilidades.

Es un umbral. Un antes y un después.

Una oportunidad de transformación.

Un momento ideal para reconocer lo que se ha sembrado, agradecer la cosecha y pedir lo que deseamos que florezca en el ciclo que viene.

Con el tiempo, el cristianismo tomó esta fecha y le dio otro relato.

Pero el símbolo sigue siendo el mismo: renacer, celebrar lo logrado, abrirse a lo que viene.

Tal vez por eso esta época sigue teniendo algo especial.

No importa cómo la nombres ni en qué creas.

Hay una sensación compartida de plenitud y de proyección.

De cierre… de deseo…


O solía haberla…

En estos días me pasó algo curioso: En tres viajes distintos, con personas distintas, en trayectos cortos, apareció el mismo tema sin buscarlo.

“No hay clima.”

“La gente está enojada.”

“Todos contestan mal.”

 Y no fue solo una conversación... 

Minutos antes de subir al auto, lo había visto: un matrimonio tratando mal a una cajera de supermercado que los atendía con una amabilidad impecable. Ya venían rezongando cuando se pusieron detrás de mí en la fila.

Aun así, les deseó un buen día después de cobrarles. Pero por un instante, la expresión de la chica cambió. No era confrontación, como la que seguramente yo hubiera tenido; era más bien una mezcla de desconcierto y de no entender por qué alguien merecía ese trato…

Lo que no entendí muy bien fue cómo conseguí quedarme callada…

porque si algo tengo clarísimo en esas interacciones es que estamos siendo la experiencia de alguien. Cada gesto, cada palabra, cada actitud deja una huella, incluso en quienes no conocemos. Y no hice nada mejor quedándome en silencio.

Y esta noche, después de escribir mi cartita y mientras veía la quinta película navideña de esta temporada,

puse pausa y quise escribir.

Algo que, en realidad, pienso bastante seguido.

 ¿Por qué la vida real no se parece a las películas navideñas?

A esas historias llenas de luces, solidaridad, reencuentros y finales felices.


Y sé lo que dirían los adultos maduros y realistas: “Porque es una película.”

 (Redoble de tambores) - Error.

Son ese tipo de personajes los que obtienen esos resultados y crean un contexto diferente…

La diferencia no está en la ficción.

Está en las conductas de las personas.

 Los resultados son distintos en la vida real

porque, muchas veces, no somos esos personajes.

Nos falta la conciencia sobre la conexión que nos une como seres humanos

Y, definitivamente, no somos lo que queremos recibir…

 Y quizás ahí esté el punto.

 Tal vez la magia no la da el cine.

Tal vez la magia no está en la decoración, ni en la fecha,

ni en la posición del sol, ni en el nacimiento de Jesús.

 Tal vez la magia —la de verdad— la hacemos las personas.


En los gestos simples.

En cómo hablamos.

En cómo tratamos al otro,

aun cuando tenemos razones para estar enojados.

Y pedir deseos, en este tiempo, no tiene que ver con esperar milagros y que las cosas cambien por sí solas…

Es proyectar, con intención, hacia el ciclo que viene.

La vida ya es un milagro, y de lo que aporta cada uno depende que sea más fácil o más difícil para los demás.

No se piden deseos para que algo cambie afuera.

Se formulan para ordenarse por dentro.

 Tiene que ver con coherencia: convertirnos en eso que deseamos recibir.

 No pedir desde la falta, sino desde la intención.

Quitar el foco de lo que no queremos y ponerlo en la dirección hacia la que queremos ir.

Es elegir qué queremos cuidar, sostener y construir.

Deseos simples, pero profundos:

más coherencia que excusas,

más calma que ruido,

más verdad en lo que decimos y en lo que hacemos,

más cuidado —propio y del otro—.

 Porque la verdadera magia no está en la fecha, no está en los rituales, sino en lo que creemos posible y en la dirección que elegimos darle a nuestra energía.

Que este solsticio,

o esta Navidad,

sea una pausa real.

Un momento para reconocer nuestra luz

y para pedir deseos que estemos dispuestos a sostener.

 Todos somos parte del contexto, desde el pequeño lugar que ocupa cada uno.

Tomar conciencia de nuestro aporte diario a este mundo puede hacer toda la diferencia.

Por si acaso…
no escribo desde el lugar de la estrella brillante en la copa del árbol.
Tuve un año duro.

Un año de mierda, con todas las letras, para que se entienda.
También estoy enojada.
Y muy cansada.

Este año me recordó algo que a veces cuesta aceptar:
no siempre recibís lo que merecés, al menos en lo que depende de otras personas.
Eso no está bajo nuestro control.

Pero lo que sí dependía de mí fue no traicionar mis valores.
No corrérme de lo que creo.
Ser lo que quiero ser... a pesar de todo. Eso no tiene precio...

y como decía la publicidad... para todo lo demás está MasterCard


Y aun así —o tal vez por eso— 

en medio de todo, logré cumplir uno de los sueños de mi vida y terminar mi libro.

No como un trofeo.
Sino como una prueba íntima de algo más importante:
que, incluso en un año difícil, y con todo en contra
siempre podes cumplir un sueño.

Un pequeño regalo desde mi libro “El mapa mágico del tesoro”

A continuación, comparto un fragmento del capítulo que explica el origen del título y el sentido de la palabra mágico.

He seleccionado estas partes porque condensan la esencia de lo que quería transmitir: la magia no está afuera, sino en cada uno de nosotros.

 (…) “Sé que lo de “mágico” puede sonar a estafa, sobre todo cuando somos adultos que creemos haber dejado atrás esa etapa. Pero uso esa palabra porque, de alguna manera, nos conecta con un significado que aprendimos en la infancia. A través de los cuentos, entendimos que una varita, una palabra mágica, el genio de la lámpara, un hada madrina o un mago podían hacer posible cualquier cosa.

Lo único que no es real es creer que esa magia está fuera de nosotros. Somos esa lámpara, esa varita y esa palabra mágica. Somos el mago. Y la verdadera magia radica en cómo usamos nuestro poder interior para transformar la realidad.

(…)Si permitimos que una idea limitada de la realidad nos sesgue, ya estamos vencidos. Si no podemos ver ni apreciar el milagro y la magia que hay en la vida, y sentirnos parte de ese milagro, entonces hay algo que no estamos mirando con atención. Pero si somos capaces de admitir que desconocer el “cómo” no implica imposibilidad, y que las preguntas pueden ser más importantes que las respuestas, entonces abrimos el espacio para que la magia empiece a mostrarse en nuestras vidas. (…)

La vida no es casualidad ni accidente.

(…) Basta con observar la naturaleza: todo en ella obedece a un orden invisible pero perfecto, una coherencia silenciosa que también habita en nosotros. Solo hace falta detenernos, mirar con atención, y recordarlo. Porque ese mismo principio que sostiene la vida allá afuera, es el que también nos guía por dentro.

Ahí nace una fe más profunda: no en algo externo, sino en la sabiduría que nos habita.

(...) Porque al final, la vida siempre está dispuesta a compartir sus secretos… solo tenemos que estar abiertos a recibirlos.”


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