¿Por qué sufrimos? Cuando la moral destruye la ética: la impunidad del mal

 

el dilema divino: Dios, con rostro preocupado y gesticulando hacia las nubes, observa a un joven que busca guía espiritual. La imagen se divide en dos escenas: a la izquierda, el joven toma decisiones morales en la oscuridad (libre albedrío); a la derecha, Dios, como observador angustiado (responsabilidad), padece las consecuencias de sus elecciones, todo bajo un cielo de atardecer tumultuoso.


 

“Creo que a algunos les da miedo pensar que las cosas pueden ser distintas. El mundo no es exactamente una mierda. Alguna gente está acostumbrada a las cosas como están y aunque estén mal no pueden cambiar. Y digamos que se rinden. Y cuando se rinden, todos pierden.”

— Trevor McKinney (Cadena de favores / Pay It Forward, dirigida por Mimi Leder, 2000)

 

¿Qué entendemos por una buena persona?

¿Es buena persona quien actúa bien por miedo al castigo o a la desaprobación de los demás?

¿Y cuándo detrás de una intención que parece buena hay consecuencias que no lo son?

Tal vez Trevor tenía razón y el mundo no sea exactamente una mierda.

Tal vez haya algo bastante más simple detrás de muchas de las cosas que nos hacen sufrir: elecciones humanas. Por lo que hacemos, por lo que no hacemos, por lo que permitimos y por lo que callamos. Pero también algo bastante paradójico: esta tendencia a buscar explicaciones que terminan atenuando la responsabilidad de quien no hace bien su parte, invirtiendo un sistema de recompensas donde quien hizo el mal recibe justificación y quien lo recibió recibe el castigo a través del daño.

He escuchado muchas veces la pregunta: ¿cómo puede Dios permitir que pasen cosas tan terribles?

Esa sí que es buena para decir: yo no tengo nada que ver.

No niego la existencia del mal como energía, pero “creo” que la respuesta está bastante lejos de lo sobrenatural.

Dios no tiene nada que ver. Y el mundo tampoco.

Hay guerras, violencia, explotación, abusos, injusticias y sufrimientos que no caen como maná del cielo. Detrás de ellos hay decisiones humanas: personas que hacen, personas que permiten, personas que callan y personas que encuentran razones para justificarlo.

Y no hace falta irnos hasta los extremos de una guerra o de una tragedia colectiva para encontrar la misma dinámica mucho más cerca. En la vida cotidiana:

Personas que callan para mantener la paz.
Que perdonan reiteradas veces lo mismo para no perder una relación.
Que comprenden para no poner límites.
Que protegen para evitar que otro enfrente las consecuencias de sus actos.
Que encubren para cuidar al grupo.
Que no responden a una agresión porque aprendieron que contestar es mala educación o por miedo a las consecuencias.

Que toleran o renuncian a sí mismos en nombre del “amor” o por no poder enfrentar los problemas de frente.

Y quizás lo más difícil de reconocer sea que muchas de ellas no se consideran malas personas.

Al contrario.

Probablemente muchas estén convencidas de que están haciendo lo correcto.

Y vaya que el amor puede llegar a justificar gran parte del mal que hay en este mundo si se lo estudia a fondo. Quizá porque pocos se preguntan realmente qué es el amor, resulta tan fácil usarlo como recurso.

En todos estos casos podemos encontrar una explicación que, a primera vista, parece moralmente aceptable:

Comprensión.
Empatía.
Cuidado.
Paciencia.
Amor.
Respeto.
Prudencia.

Si no miramos qué produjo realmente nuestra conducta, podemos quedar atrapados en una especie de absolución permanente basada en nuestras buenas intenciones.

No voy a intentar definir qué significa ser una buena o una mala persona. No soy quién para hacerlo y no es tan simple como una etiqueta de salado o dulce.

La moral es, en buena medida, una construcción humana: aprendemos qué está bien, qué está mal, qué merece aprobación y qué merece rechazo dentro de determinados contextos históricos, culturales y sociales.

Pero creo que la mayoría podríamos coincidir en llamar “mal” a aquello que produce daño, sufrimiento, degradación o destrucción, y evaluar las conductas sin necesidad de reducir a una persona a una etiqueta.

Mientras que una virtud es una cualidad positiva que se expresa en nuestros actos y que orienta nuestra conducta hacia aquello que consideramos bueno. No se trata, entonces, de cómo decidimos definirnos, sino de lo efectivamente hacemos más allá de nuestras justificaciones.

Pero ¿qué pasa cuando una virtud, aplicada sin discernimiento, termina protegiendo el mal?

¿Se puede justificar todo detrás de las buenas intenciones?

La intención pertenece a quien realiza el acto; sus consecuencias también involucran a quienes reciben sus efectos.

Y acá aparece algo que me resulta particularmente interesante. Sin necesidad de recurrir a ninguna teoría conspirativa —perteneciente, justamente, al campo de la intención—, alcanza con observar cómo fueron cambiando el significado de algunas palabras a lo largo del tiempo.

Pensemos, por ejemplo, en conceptos como felicidad o éxito.
En la antigua Grecia, ambos estaban mucho más vinculados entre sí y tenían poco que ver con la mirada o el valor ajeno. La felicidad no consistía simplemente en acumular experiencias placenteras, sino en vivir una vida con sentido y propósito, desarrollar las propias capacidades, cultivar el conocimiento, la sabiduría y la virtud. El éxito, en ese marco, no consistía en destacar sobre los otros, sino en la capacidad de desarrollar el propio potencial: llegar a ser, en acto, todo aquello que se llevaba dentro como posibilidad y desplegar la versión más plena de uno mismo.

Hoy, en cambio, felicidad y éxito suelen aparecer mucho más ligados a lo que tenemos, lo que conseguimos y la mirada de los demás: cuánto ganamos, qué posición ocupamos, cuánto reconocimiento obtenemos.

Y cuando el éxito se mide en relación con los demás, el valor de lo que soy empieza a depender de cuánto tengo, consigo o represento en comparación con otro. El resultado: en lugar de cooperación y una tendencia a la sinergia para el crecimiento colectivo, mediocridad: competencia, envidia, rivalidad, mezquindad y resentimiento; un conjunto de emociones que pueden expresarse en distintos comportamientos cuando nuestra propia realización deja de ser el parámetro y la comparación con otros pasa a ocupar ese lugar, hasta que lo importante deja de ser desarrollar nuestro propio potencial y pasa a ser no quedar por debajo del otro. Y cuando no puedo crecer, puedo terminar intentando obstaculizar el crecimiento del otro, porque su crecimiento confronta con el mío.

Resulta paradójico, respuestas que en su origen se plantearon como búsquedas internas de sentido y realización personal, se convirtieron con el tiempo en búsquedas externas de aprobación, estatus y validación. Y a pesar de la insatisfacción crónica que este modelo produce —donde nunca nada de lo que se consigue alcanza, porque la vara siempre la pone el afuera—, rara vez nos detenemos a cuestionar la lógica que lo sostiene.

¿Será casualidad que la transformación de estos conceptos se haya dado, justamente, para amoldarse a las necesidades de una sociedad de consumo?

Tal vez…

Lo interesante no es necesariamente encontrar una intención detrás de estos cambios, sino observar hacia dónde nos llevan las nuevas definiciones. Porque algo parecido podemos encontrar cuando hablamos de ética.

La ética es la rama de la filosofía que se ocupa de estudiar la conducta humana y de preguntarse qué entendemos por lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, así como por conceptos como la virtud, el deber, la felicidad y el modo en que deberíamos orientar nuestras acciones.

La palabra proviene del griego ethos, relacionado con el carácter y el modo de ser. A diferencia de la moral, que reúne las normas, valores y costumbres que una sociedad considera aceptables, la ética implica una reflexión crítica sobre esas mismas normas. No se limita a decirnos qué debemos hacer, sino que se pregunta por qué deberíamos hacerlo y si aquello que consideramos correcto realmente lo es.

Desde esta perspectiva, la ética también se encuentra en la base del orden jurídico: las leyes deberían expresar ciertos principios sobre lo que una sociedad considera justo y correcto. Gottfried Leibniz (filósofo y matemático alemán, 1646-1716), por ejemplo, resumía los principios del derecho y la convivencia en tres preceptos fundamentales: no dañar a nadie, dar a cada uno lo que le corresponde y vivir honestamente. Sin embargo, resulta irónico que el mismo pensador célebre por intentar convencer al mundo de que vivimos en "el mejor de los mundos posibles" pasara por alto cómo esos mismos preceptos terminan pervertidos.

Si miramos cuánto puede alejarse el orden legal de estos principios, quizá no tenga demasiado sentido seguir hablando de ética en el terreno de las leyes, hasta que a quien le corresponda decida tomárselo en serio, y llevar la pregunta al lugar donde se teje la estructura social: la conducta en la vida cotidiana que a menudo también contradice esos principios.

¿Cuándo una virtud deja de ser una virtud?

En la Ética a Nicómaco, Aristóteles plantea algo fundamental: la virtud no es un manual de instrucciones que se memoriza ni una obediencia ciega a reglas preestablecidas. Nadie se vuelve justo o valiente por recitar una definición, sino por la práctica constante de actuar con justicia y coraje. Sin embargo, el hábito repetitivo tampoco alcanza. Para que un acto sea realmente virtuoso requiere discernimiento. Aquí es donde entra la phrónesis —la sabiduría práctica—: la capacidad viva de evaluar cada situación real, ponderar sus circunstancias y descubrir qué es lo justo en el terreno de los hechos, donde las fórmulas prefabricadas siempre se quedan cortas.

Por ejemplo, la prudencia puede llevarnos a guardar silencio cuando hacerlo evita un daño innecesario, pero también puede exigirnos hablar cuando callar significa permitir que un daño continúe. Lo que cambia no es la virtud, sino la acción que corresponde realizar según qué circunstancias.

Ahí se revela la distancia entre la prudencia como criterio ético y la prudencia como mecanismo de autoprotección. La primera busca resguardar lo justo considerando el contexto: evalúo la realidad y elijo la acción adecuada, aunque tenga un costo. La segunda, en cambio, elige el silencio o la inacción para proteger la propia comodidad, llamando "prudencia" a lo que en verdad es cobardía o complicidad.

Perdonar puede ser un acto consciente de reparación. Sin embargo, un perdón crónico y sin criterio no sana: es la forma en que nos volvemos cómplices de nuestra propia degradación. Al validar lo inaceptable bajo el disfraz de la nobleza, no solo aceptamos el daño hacia nosotros, sino que legitimamos una conducta destructiva que inevitablemente terminará alcanzando a otros.

Comprender la historia o las heridas de alguien puede ser un ejercicio genuino de empatía. Sin embargo, cuando la empatía se desvincula de la justicia, se transforma en la herramienta perfecta para la manipulación. Al buscarle una justificación a cada agresión, terminamos haciendo el trabajo del abusador: atenuamos su responsabilidad, desplazamos el foco del daño real y dejamos indefenso al agredido en nombre de una "comprensión" que solo sirve para amparar el mal.

Ayudar suele tener la mejor prensa porque se asocia de inmediato a la solidaridad. Sin embargo, cuando la asistencia se vuelve la norma frente a la inacción recurrente de otros, la ayuda deja de ser un gesto voluntario y se transforma en una dinámica de desgaste. Cuando lo que debe hacerse siempre lo termina resolviendo quien no debía hacerlo, el equilibrio se rompe: una persona termina sumando a sus propias responsabilidades la carga de quien eligió no hacerse cargo. Sostener de manera constante ese esfuerzo que le correspondía a otro no es generosidad; es permitir una forma silenciosa pero sistemática de abuso sobre nuestro propio tiempo y energía.

La acción visible puede ser exactamente la misma y, sin embargo, responder a naturalezas completamente opuestas: mientras una nace del discernimiento, la otra surge de la simple complacencia, produciendo efectos diametralmente opuestos en el tejido de la estructura social.

Si la ética, en su sentido clásico, implicaba deliberar sobre nuestras acciones y discernir qué corresponde hacer en cada circunstancia, cabe preguntarnos qué ocurrió con ese concepto a lo largo del tiempo. ¿En qué momento dejamos de entender la ética como una capacidad de discernimiento y comenzamos a confundirla con la aplicación de determinadas formas de comportamiento consideradas correctas?

 

De chica me enseñaron que no podía contestarle a un adulto, aunque me estuviera faltando el respeto; a no contestarle a un maestro, aunque estuviera siendo injusto; a no acusar a una compañera que estaba haciendo algo incorrecto; a no demostrar que sabés, porque los mismos niños corrigen estas actitudes.

Mejor quedate en el molde… no te hagas notar, te toman de punto. Mejor agachar la cabeza.

Si alguien me ve haciendo lo contrario, no es que esté mintiendo… el manual de buenos modales me lo leí completo, solo que algunas cosas las subrayaba, pero muchas las tachaba…

Me sigo preguntando qué conductas protegemos bajo el paraguas de los "buenos modales". Del otro lado hay quienes dominan las formas a la perfección para avasallar límites ajenos; personas capaces de cometer un abuso desde la más pulcra asertividad, demostrando que la cortesía no solo es la máscara de la manipulación, sino también el bozal perfecto para que el agredido calle, tolere y jamás se atreva a alterar el orden convenientemente establecido.

Si la justicia consiste en dar a cada uno lo que le corresponde, la reparación material es solo la superficie. Lo decisivo es la carga ética.

Dar a cada uno lo suyo exige, fundamentalmente, la asignación irrenunciable de responsabilidades: el castigo y el límite concreto ante el exceso. Cuando la falta no produce consecuencias, la impunidad deja de ser un accidente y pasa a ser la norma que avalamos colectivamente.

Frases como “mejor callate”, “no te pongas a su altura”, “demostrá que sos mejor” solo sostienen el mismo comportamiento, en lugar de poner a cada cual en su sitio... detrás de sus límites.

En la Ética a Nicómaco, Aristóteles dice que no alcanza con simplemente enojarse o no enojarse. Lo virtuoso es enojarse con la persona correcta, por la razón correcta, en el momento correcto, en la medida correcta y de la manera correcta.

Ética vs. Moral (El engaño de las reglas)

Nos vendieron que la moral consiste en obedecer un reglamento para el rebaño: "acá no se contesta", "hay que ponerse la camiseta", "no dejes en evidencia al otro". Se diseñó una moral de la obediencia para mantener el statu quo. La verdadera ética, en cambio, es la coherencia individual con la verdad y la libertad. Poner un límite, reaccionar con firmeza o denunciar una falta no es "dejar la ética de lado"; es ejercerla plenamente, porque la verdad siempre está por encima de las formas protocolares.

En este punto aparece el gran fraude contemporáneo: el mito de la "buena educación" y la "comunicación asertiva". Se transformó la asertividad en un manual de modales para invalidar el reclamo genuino. Con el típico "no son las formas", se cancela la discusión sobre el fondo. Nos enseñaron que para poner un freno hay que ser suave, empático y diplomático, pero frente a una persona o un sistema manipulador, la asertividad tibia se interpreta como un cheque en blanco para seguir avanzando. Se produce así una inversión perversa: se tilda de "violento" al que reacciona y pone el freno, mientras se absuelve al que provocó la reacción quebrantando las reglas básicas del respeto.

Esta misma dinámica individual y corporativa se replica a escala masiva en la relación entre el Estado y el ciudadano. Se nos exige civilidad, patriotismo y el pago estricto de nuestras obligaciones bajo la promesa de recibir libertad, justicia y servicios. Pero cuando las instituciones no cumplen su parte del contrato y devoran nuestra autonomía, reclaman el monopolio de la queja "civilizada": exigen que la protesta sea "por las vías correspondientes", "con respeto" y "sin alterar el orden". Nos piden una ética de la sumisión mientras ejercen la estafa del incumplimiento.

Las buenas formas y las reglas son necesarias para la convivencia; no podemos vivir en sociedad si cada quien decide las normas a su antojo. Pero obedecer jamás debería significar renunciar al juicio crítico sobre lo que hacemos. Cuando una regla se convierte en una respuesta automática y dejamos de evaluar sus consecuencias, la obediencia deja de ser un pilar de la convivencia y se transforma en una herramienta de domesticación. Enseñarnos conductas que parecen buenas para que las apliquemos sin hacernos preguntas es la forma más sutil de entregarnos al abuso.

La verdadera ética no nace de la obediencia ciega a un mandato externo, sino de la coherencia interna. Romper con la necesidad desesperada de aprobación ajena, restituir el límite propio y recuperar la soberanía sobre lo que callamos o permitimos no es una falta de educación: es un acto de legítima defensa, un deber de higiene mental y el verdadero inicio de nuestra emancipación.

Se suele decir que los niños aprenden a tomarle el tiempo a los adultos. Sin embargo, en la vida cotidiana basta observar para descubrir que los adultos aprenden, con la misma astucia, a tomarle el tiempo a otros adultos. He visto a niños ser severamente castigados por sus pequeños e inocentes crímenes, porque la regla exige corregirlos; y he visto a adultos absueltos sistemáticamente de faltas graves, porque la costumbre exige "comprenderlos". Exigimos conciencia, disciplina y juicio crítico a criaturas que recién empiezan a habitar el mundo, pidiéndoles que "se comporten" como adultos. Pero en el camino queda al desnudo una pregunta incómoda: ¿dónde quedó la conciencia de los adultos?, ¿A cambio de qué la empeñaron?, ¿bajo qué anestesia decidieron sepultar su propio discernimiento?

¿Otra casualidad del mundo del revés...?

Quién sabe...


anterior:  ¿Por qué sufrimos? El costo de ser dueños de nuestra vida (y el premio por no intentarlo)

 

 Marian

Consultora en desarrollo personal y comunicación

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Libros:

El mapa mágico del tesoro 

Desobedecer la normalidad  

Geopolítica Humana: Liderazgo y poder personal

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