Audio serie Fin del Relato: El Mundo Que Aprendimos a Aceptar (La historia del poder)
Ahora en audio
Si cien personas buenas ven actuar a una mala y nadie hace nada, entonces ya no hay una mala: hay ciento una.
Antes que nada, mis
respetos a quienes hacen historia de verdad… Lo que acabo de trazar no es más
que un recorte, un hilo apenas visible dentro de una trama inmensa. Un intento
—imperfecto, inevitablemente sesgado e incompleto— de seguir cómo los relatos
fueron mutando con el tiempo hasta construir la ilusión de que este sistema
tiene un sentido lógico.
Un guion que, como en el
antiguo teatro griego, puede resultar grotesco… pero nunca más absurdo que la
realidad que hoy nos mantiene sometidos.
Porque mientras abajo,
millones sobreviven atrapados en el espectáculo, en la cima de la pirámide el
mundo parece funcionar como una gran fiesta dionisíaca donde, para conservar
privilegios, expandir influencia o sostener el orden establecido… todo vale.
Incluso actos que
cualquier persona reconocería como moralmente condenables —como matar o
apropiarse de lo ajeno— dejan de llamarse crímenes cuando los comete un Estado,
una potencia o una institución lo suficientemente poderosa como para
convertirlos en ley.
Lo que en un individuo
sería barbarie, en las estructuras de poder muchas veces pasa a llamarse orden,
sacrificios necesarios, progreso o política de Estado.
Y aun cuando todo este
montaje parezca tan real —como si existiera una cima natural y un lugar
predestinado para obedecer—, no existe ningún derecho natural por el cual un
ser humano deba someterse a otro.
Puede… que una de las
estrategias más eficaces del poder haya sido convencernos de que ciertas
jerarquías no fueron creadas por el hombre, sino por la naturaleza, por Dios o
por el propio orden del mundo. Lo que no significa que no sea una estafa, un
cínico y brutal abuso normalizado carente de toda legitimidad moral.
No hay ley natural más
que la creada convenientemente por el propio hombre, a través de ideas y
relatos capaces de justificar jerarquías, asignar valor o utilidad a las
personas y empujarlas, muchas veces, a actuar contra sí mismas y contra otros
iguales en función de sus propios intereses.
No hay título de
propiedad capaz de justificar que alguien reclame como suyo aquello que, en
esencia, pertenece a todos: esta tierra, este misterio, este regalo que nos fue
dado.
Sin divisiones…
Llevado al extremo, el
absurdo se vuelve evidente: si el poder y el dinero fueran suficientes para
legitimar cualquier derecho, entonces quien pudiera comprar el planeta también
podría decidir quién merece vivir en él y cómo...
A que se oye ridículo…
comprar el planeta…
Y, sin embargo, esa
lógica en matices, no tan intermedios, se vive como “normal”.
porque, aunque nadie “aún”
se autoproclame dueño del planeta Tierra, son muy pocos quienes terminan
definiendo bajo qué reglas puede habitarse.
Estructuras capaces de
decidir quién accede, quién queda afuera
y cuánto debe pagar cada
persona por el simple hecho de existir.
Y quizá, ese sea el
núcleo más ridículo de toda la historia de la humanidad:
no solo el poder que se
impone, donde unos pagan por respirar y otros cobran por permitírselo
sino las creencias que
lo hicieron viable y el poder que seguimos otorgándoles a diario para colonizar
nuestras mentes.
Hay algo que cuesta dimensionar cuando miramos
las primeras civilizaciones: el tamaño de su mundo.
No solo el mundo físico, sino el mental.
Un mapa pequeño,
cerrado, donde lo que existe es lo que ves, lo que te enseñaron y lo que todos
a tu alrededor repiten como verdad.
Durante siglos fue así…
Si crecés dentro de un sistema de creencias, si todo funciona de una
determinada manera y además todos viven bajo las mismas reglas, no es difícil
entender por qué la mayoría simplemente hace lo que toca.
Lo que dice la
autoridad.
Lo que dijeron los padres.
Y ellos, lo que aprendieron de los suyos.
De alguna forma, todos
llegamos al mundo y nos encontramos con un diseño ya armado.
Un conjunto de reglas, creencias y formas de vivir que parecen naturales…
simplemente porque ya estaban ahí.
Pero nuestro universo de
significados hoy es infinitamente más amplio.
Está atravesado por siglos de personas que cuestionaron, pensaron distinto, debatieron
y dejaron registro.
Hoy estamos a un clic de
contrastar la información que recibimos.
De buscar evidencia que no solo confirme lo que creemos, sino que también lo
ponga en duda.
No porque todo lo que
está en internet sea literalmente cierto,
sino porque en esa posibilidad de cuestionar aparece algo más valioso: una
grieta.
No la que nos separa,
sino la que deja pasar otras miradas, otras ideas, otras formas de entender el
mundo.
Y es justamente en esa
grieta donde aparece algo que las primeras civilizaciones no tuvieron:
un mundo que ya no termina en el horizonte.
Hoy, lo que antes estaba
aislado, está conectado.
Lo que antes era incuestionable, hoy puede ponerse en duda.
Lo que antes parecía “lo único posible”, hoy convive con miles de formas
distintas de vivir.
Ahí entra en juego algo
tan contradictorio como poderoso: la globalización.
Por un lado, es la
versión más sofisticada de ese mismo sistema:
una red que amplifica estructuras de poder, que concentra recursos, que puede
profundizar desigualdades a una escala nunca antes vista.
Pero, al mismo tiempo,
es la posibilidad de ver más allá del propio relato.
De entender que no somos casos aislados, sino parte de una misma estructura que
se repite con distintas banderas en todo el mundo.
De conectar con otras voces, otras experiencias, otras formas de pensar que
antes eran inaccesibles.
Es darte cuenta de que
lo que parecía natural… en realidad es aprendido.
Porque desde el inicio
de los tiempos nos enseñaron a buscar las respuestas afuera:
en relatos ajenos,
en ideas heredadas,
en conceptos preconcebidos
y en verdades demasiado convenientes según quién las pronunciara…
Nos enseñaron a buscar
sentido en la aprobación de otros.
Valor en la acumulación.
Identidad en las etiquetas.
Dignidad en los títulos.
Pertenencia en las banderas.
Plenitud en el consumo.
A creer que siempre
falta algo:
más éxito,
más reconocimiento,
más dinero,
más validación,
más amor,
más poder.
Como si la vida entera fuera una carrera interminable por completar un vacío
que nunca termina de llenarse.
Incluso aprendimos a
relacionarnos desde la carencia,
esperando que otras personas nos salven de nosotros mismos,
como si alguien pudiera venir a completar partes de nuestra existencia que ni
siquiera aprendimos a mirar.
Tal vez la verdad más profunda
nunca estuvo en aquello que nos prometieron alcanzar,
sino detrás de todas las capas de miedo, condicionamiento, relatos e
identidades que nos mantuvieron distraídos y dependientes a la espera de algo
mejor, mientras nos alejábamos lentamente de nuestra propia capacidad de
transformar la realidad.
Y en ese movimiento
—entre lo que nos condiciona y lo que nos despierta— aparece algo nuevo: la
posibilidad real de no solo elegir en que creer, sino de escribir otro relato.
Uno que no venga heredado ni se sostenga únicamente porque “siempre fue así”.
Porque quizá la mayor
tragedia de la humanidad no haya sido solamente la violencia, la desigualdad o
las guerras…
sino el modo en que
aprendimos a convivir con ellas como si fueran una parte inevitable de la
condición humana.
Generación tras
generación, cambiaron los nombres, las banderas, los discursos y las
tecnologías.
Pero las mismas formas
de sometimiento, ambición y destrucción siguieron intactas.
Y tal vez crecer como
civilización no consista únicamente en avanzar técnicamente,
sino también en dejar de
normalizar aquello que destruye nuestra propia humanidad.
Sería injusto juzgar a
quienes no tuvieron otras respuestas a su alcance. Pero también lo es con
nosotros mismos seguir aceptando, casi sin cuestionar, siglos de obediencia
frente a un orden que hoy ya podemos reconocer como una construcción humana, y
no como algo natural, eterno o inevitable.
Cuesta creer que una
civilización capaz de organizar sistemas financieros globales, diseñar
tecnologías capaces de alterar el planeta entero y sostener estructuras de
poder a escala mundial no pueda también construir formas de convivencia menos
crueles.
Y frente a eso, resulta
imposible no preguntarse si la permanencia de tanta violencia responde
realmente a una incapacidad… o a una decisión sostenida en silencio.
Y por eso hay algo que no
dejo de preguntarme:
cómo, con toda la
información que tenemos hoy, seguimos sosteniendo relatos tan parecidos…
como si lo único que hubiera cambiado fuera el nombre de aquello a lo que
obedecemos.
Porque, si alguna vez la
tierra fue de los dioses…
¿en qué momento ese
derecho pasó a manos de un “único Dios verdadero” y después a una estructura
llamada estado?
¿Quién
fue el notario o el escribano que validó esas transferencias…?
Antes era el campesino
trabajando para el templo.
Después, el vasallo
trabajando para el señor feudal y la Iglesia.
Hoy, el ciudadano
trabajando para el Estado.
Cambian los nombres.
Se moderniza el
discurso.
Pero la estructura de
fondo se parece demasiado.
¿O es que, en esencia,
nunca cambió?
Sigue habiendo una
autoridad que define el orden, una mayoría que lo sostiene y un relato que lo
justifica.
¿qué diferencia real hay
entre poner la vida al servicio de los dioses, de un Dios único o de una
estructura estatal?
¿Cómo fue que ese mismo
impulso de creer —de darle sentido a la existencia— se fue desplazando?
De una fe que, al menos,
prometía algo más allá del sufrimiento…
a símbolos que no
prometen nada, pero igual exigen todo.
Y en ese cambio hay una
transformación más profunda…
La madre tierra, para
muchos pueblos originarios, no era una metáfora.
Era vínculo. Era
sustento. Era respeto.
Nutrición no solo en el
aspecto básico de supervivencia, sino también espiritual.
No se poseía, no se
explotaba sin medida, no se separaba de la vida misma.
La tierra no era un
recurso.
Era relación.
Pero en algún punto, esa
madre Tierra se convirtió en madre patria.
Y lo que antes era
cuidado pasó a ser dominio.
Lo que antes era
pertenecer, pasó a ser poseer.
Ya no se trata de vivir
de la tierra, sino de extraerle todo lo posible.
En nombre del
“progreso…” No importa el costo.
No importa cuánto se destruya
en el camino.
Y en nombre de esa
“madre” que ahora se defiende con banderas y discursos,
se explota, se arrasa,
se sacrifica.
Lo que antes daba vida,
ahora te la quita.
¿Cómo no íbamos a dejar
de cuestionar incluso lo más evidente,
si “las cosas son así” funciona como respuesta cuando en realidad no hay
ninguna?
Esa frase no explica
nada.
Solo deja en evidencia que el hilo entre pasado y presente causa y consecuencia
fue completamente borrado.
Porque lo único que
legitima la historia es que el destino de la humanidad está en las manos
equivocadas.
Y quizá una de las
formas más eficaces de sostener ese orden fue convertir la desigualdad en algo
aparentemente lógico.
Y, desde la idea de la
meritocracia, podríamos aceptar —a grandes rasgos y con todos los matices que
el tema merece— que quien aporta más reciba más que quien aporta menos. No
siempre ocurre… pero, al menos como principio, suena razonable.
Aun así, además de
romper ese principio, hay una diferencia enorme entre eso…
y algo mucho más difícil
de justificar:
Lo verdaderamente
llamativo es cómo ciertas personas terminaban apropiándose de estructuras
enteras construidas por el esfuerzo de miles.
Faraones, reyes,
instituciones religiosas, estructuras de poder.
Visto de cerca, resulta
casi absurdo…
Grupos enteros de
personas trabajando de sol a sol, piedra sobre piedra, construyendo estructuras
gigantescas con recursos que estaban ahí, disponibles en la naturaleza…
y, sin embargo, el dueño
de todo eso era quien ocupaba el trono, como si el poder consistiera
precisamente en adjudicarse como propio aquello que otros construyen.
Ese mismo que no ponía
una piedra, que no sudaba ni se ensuciaba las manos, concentraba riqueza y
poder dentro de estructuras que no había construido.
Acumulaba tierras que otros conquistaban con su vida, riquezas que otros
producían con su trabajo.
Y, con todo eso —que no
generaba por sí mismo—, construía su autoridad.
Y desde ese lugar no
solo acumulaba:
también definía.
Definía la dignidad de
los demás, el valor de cada vida, cuánto era suficiente y cuánto no.
Podía exigir más y
castigar a quien no cumpliera… solo en función de su propia ambición.
Hoy las formas
cambiaron, pero la lógica se parece demasiado:
estructuras que demandan cada vez más para sostenerse a sí mismas. Y personas
que trabajan realmente para mantener en pie esa misma estructura que las limita.
Porque no se trata solo
de que exista una autoridad,
sino de que sean los
propios subordinados quienes sostengan con su trabajo, sus recursos y su
obediencia el poder que luego se impone sobre ellos y los condiciona.
Y aunque pueda parecer un
cuestionamiento infantil poner en duda una autoridad externa,
quizás lo verdaderamente
infantil sea aceptarla sin exigencias y sin preguntas…
más aún, necesitarla.
lo verdaderamente
infantil es seguir aceptando respuestas del tipo:
“porque lo digo yo”.
Muchos crecimos
escuchando eso.
Y aprendimos a obedecer
incluso cuando no tenía sentido.
La diferencia es que
hoy, incluso chicos muy chicos, ya empiezan a responder algo distinto:
“eso no es un
argumento”.
Y en esa frase —tan
simple— hay más potencial de cambio que en siglos enteros de obediencia sin
preguntas.
Como dice la canción:
“si la historia la
escriben los que ganan…”
Es lógico pensar que
existe otra historia.
Una que no siempre
aparece en los relatos oficiales.
No la de los héroes
impecables que los relatos patrióticos suelen construir: hombres sin
contradicciones, guiados siempre por el honor, el sacrificio y una colección de
virtudes casi imposibles de encontrar reunidas en cualquier ser humano real.
destinados a morir
humildemente… pobres pero cubiertos de gloria…
Y no porque necesariamente
sea falso,
sino porque todo relato
de poder selecciona qué contar, cómo… y qué dejar afuera.
Pero si ciertas verdades
se miraran de frente, gran parte de la legitimidad actual quedaría
profundamente cuestionada:
Un poder material adquirido
sobre relatos falsos, sobre explotación, sobre mano de obra esclava, sobre
adueñarse de los recursos naturales que sí son naturales, mas no sus escrituras
Porque abolir la
esclavitud no deslegitimó las ganancias que se generaron a costa de mano de
obra esclava, ni los derechos sobre tierras expropiadas, ni las masacres que
durante siglos trazaron fronteras, repartieron territorios y arrasaron pueblos
y culturas en todo el planeta.
Y eso aún continúa bajo
distintas formas, con relatos renovados y mecanismos más sofisticados, porque
el poder aprendió a actualizar su lenguaje mientras conserva intacta su lógica
de dominación y su indiferencia hacia la dignidad y la vida humana.
Y esa… parece ser la
versión adulta.
La que no cuestiona.
La que aprende a
obedecer sin importar a qué está obedeciendo.
La que acepta respuestas
del tipo “porque sí”, “porque así funciona el mundo” o “porque alguien tiene
que mandar”.
Porque tal vez el
verdadero signo de inmadurez no sea cuestionar la autoridad, sino necesitar
someterse a ella para sentir seguridad.
Y quizá por eso muchas
de las estructuras más violentas de la historia no necesitaron solamente
fuerza, sino también personas convencidas de que obedecer era una virtud.
Y a este presente
construido sobre montañas de muertos lo llamamos progreso… civilización.
Tal vez lo primero sea
empezar a revisar cuánto de lo que repetimos conserva todavía algún vínculo
real con aquello que las palabras dicen representar.
Porque muchas de las
ideas que aprendimos a admirar sobreviven más por inercia cultural que por
coherencia con sus consecuencias reales.
Y quizá también haga
falta resignificar conceptos que aprendimos a aceptar casi automáticamente:
progreso, libertad, democracia, desarrollo, seguridad, civilización.
Si distintos relatos
fueron capaces de moldear la sociedad en la que vivimos, quizá solo cuando
dejemos de mirar aquello que nos separa y logremos reconocer el sometimiento
que compartimos, podamos empezar a construir un nuevo relato común.
Uno donde la dignidad
humana valga más que cualquier bandera o ideología.
Resulta difícil
encontrar hoy una constitución que no hable de dignidad, libertad, igualdad o
derechos humanos.
La contradicción aparece después, en la distancia entre aquello que las
sociedades proclaman y aquello que están dispuestas a permitir en nombre del
poder, la seguridad, el mercado o la patria.
“La dignidad humana es
inviolable”, afirma la constitución de Alemania.
En España, la dignidad aparece como fundamento del orden político y de la paz
social.
Brasil la reconoce como uno de los principios fundamentales del Estado.
Y Sudáfrica establece la dignidad, la igualdad y la libertad como valores
centrales de su democracia.
Pero incluso países
atravesados por conflictos, tensiones militares o disputas geopolíticas
sostienen principios similares.
La Constitución rusa de 1993 afirma que “la persona, sus derechos y libertades
son el valor supremo”, y que el reconocimiento y la protección de los derechos
humanos constituyen una obligación del Estado.
Ucrania reconoce que “la vida y la dignidad humana” representan el valor social
más alto del país.
Irán habla de la dignidad y el valor del ser humano como fundamento de su orden
social.
E Israel incorpora garantías vinculadas a la libertad, la igualdad y la
protección de la persona humana.
Incluso potencias que
hicieron de la libertad uno de los pilares centrales de su identidad nacional,
continúan participando de guerras, disputas geopolíticas y sistemas económicos
que muchas veces contradicen los mismos valores que proclaman defender.
Y frente a
contradicciones tan profundas, quizá empiece a volverse imprescindible imaginar
un nuevo relato común.
Uno donde la dignidad no
sea un discurso, sino un piso mínimo exigible e irrenunciable.
Un relato donde el poder
deje de percibirse como un privilegio y vuelva a entenderse como una
responsabilidad temporal entregada por millones de personas.
Donde delegar no
signifique renunciar al control ni a la capacidad de exigir respuestas.
Porque si alguien recibe
poder sobre la vida, los derechos y el destino de otros, la responsabilidad que
asume también debería ser proporcionalmente mayor.
Tal vez una de las
mayores contradicciones de todos los tiempos sea que quienes más decisiones
toman sobre millones de personas suelen ser, al mismo tiempo, quienes menos
consecuencias personales enfrentan cuando esas decisiones destruyen vidas
ajenas.
Un relato donde el
incumplimiento de derechos deje de ser una abstracción sin responsables.
Donde la vara para quien
ejerce poder no sea más baja que para cualquier ciudadano, sino infinitamente
más alta.
Donde la patria deje de
ser un valor abstracto utilizado para exigir sacrificios ajenos y empiece a
pertenecer de forma concreta a las personas:
para habitarla,
construir, circular y generar valor sin tener que pagar constantemente por
aquello que supuestamente ya les pertenece.
Un relato donde las
fuerzas del orden protejan a las personas de los abusos del poder, y no al
poder de las personas.
Y quizá también haga
falta un relato capaz de terminar con la idea misma de la guerra.
Porque a lo largo de la
historia demasiadas guerras fueron presentadas como gestas heroicas cuando en
realidad funcionan como negocios extraordinariamente rentables para quienes
jamás empuñan un arma
un relato donde dejen de romantizarse conceptos como heroísmo, honor, gloria,
sacrificio o patria cuando son utilizados para empujar personas a destruirse
entre sí.
Porque detrás de muchas
banderas no se defienden pueblos ni territorios,
sino intereses mucho menos nobles disfrazados de patriotismo.
Donde obedecer una orden
no alcance para silenciar la conciencia.
Porque ninguna jerarquía, ninguna nación y ningún discurso deberían estar por
encima de aquello que los propios derechos humanos intentaron reconocer hace
siglos:
que la dignidad humana no depende de fronteras, ideologías ni banderas,
sino de la simple condición de existir.
Porque quizá una de las
formas más peligrosas de sometimiento sea aquella que logra que una persona
actúe contra su propia humanidad convencida de que está haciendo lo correcto.
Y mientras sigamos
educando generaciones para obedecer antes que, para pensar,
seguiremos formando personas capaces de disparar contra desconocidos que jamás
eligieron odiarse entre sí.
Cito: “La guerra es una
masacre entre personas que no se conocen, para beneficio de personas que sí se
conocen, pero no se masacran entre ellas.”
— Paul Valéry, escritor
británico
Una guerra podrá
terminar con vencedores y derrotados,
pero nunca dejará de ser el fracaso absoluto de nuestra especie.
Y el que quiera oír que
oiga:
no va a ser el poder
quien construya un nuevo relato.
Mucho menos quien
renuncie voluntariamente a sus privilegios o cumpla la promesa de plenitud con
la que sostuvo durante siglos su legitimidad.
Porque quienes hoy se
sientan en enormes cumbres internacionales, rodeados de siglas, protocolos y
discursos cuidadosamente preparados, jamás demostraron estar dispuestos a
transformar las reglas que los mantienen exactamente dónde están.
Aprendieron a
maquillarse de conciencia global, a redactar objetivos humanitarios y a
pronunciar discursos sobre paz, igualdad y derechos humanos mientras el mundo
se precipita, cada vez más rápido, en la dirección contraria
Y mientras nada cambie,
mientras sigamos aceptando las reglas del juego, el costo de sostener estas
estructuras seguirá aumentando.
Porque todo poder,
necesita cada vez más recursos para conservarse, expandirse y disputar su lugar
frente a otros poderes.
Y, como siempre, el
precio, terminarán pagándolo quienes nunca participaron realmente de esa
disputa.
Tal vez construir un
nuevo relato comience por dejar de aceptar como inevitables formas de
organización que nunca estuvieron verdaderamente al servicio de la vida humana.
Dejar de esperar que sea
otro quien tome la iniciativa y actúe en favor del cambio.
Comprender que toda
transformación profunda necesita primero crecer en el interior de las personas
antes de poder manifestarse en el mundo exterior.
En la conciencia.
En la manera de mirar la
realidad.
En el coraje de
enfrentar verdades incómodas y desprenderse de aquellas falsedades o
incoherencias que durante siglos aprendimos a normalizar.
Porque incluso las ideas
más nobles pueden deformarse cuando dejan de ser una búsqueda de mejora y se
convierten únicamente en herramientas para obtener beneficios.
Muchas de las antiguas
ideas sobre la armonía, el equilibrio o la conexión entre lo humano y algo más
grande probablemente no buscaban sometimiento, sino coherencia.
Una coherencia entre lo
que pensamos, lo que hacemos y el mundo que terminamos construyendo.
Y tal vez por eso
cualquier transformación real necesite comenzar otra vez desde adentro:
recuperando coherencia
entre conciencia, pensamiento, actos y realidad.
Soy plenamente
consciente de que muchas de estas ideas chocan contra siglos de verdades
instaladas.
Pero también el mundo
actual fue construido sobre relatos, símbolos y creencias que millones de
personas aprendieron a aceptar como naturales.
Roma no se construyó en
un día.
Tampoco los Estados, las
religiones o las estructuras de poder que organizan nuestra realidad actual.
Las independencias de
las naciones tampoco aparecieron de un día para otro.
Fueron procesos largos,
llenos de contradicciones, conflictos y generaciones enteras sosteniendo una
dirección común.
Quizá la verdadera
independencia de las personas también deba atravesar ese mismo proceso.
E indefectiblemente la
distancia entre este presente y un futuro diferente no puede recorrerse
utilizando las mismas formas de pensamiento que dieron origen al mundo que conocemos
hoy.
También soy consciente
de que las dinámicas actuales difícilmente ayudan a pensar a largo plazo.
Vivimos empujados hacia
la inmediatez, hacia el placer rápido, hacia la recompensa instantánea.
Muchas veces preferimos
aquello que alivia momentáneamente antes que el trabajo lento, incómodo y
constante que exige cualquier transformación profunda.
Incluso muchos cambios
sociales todavía parecen atravesar apenas una primera etapa:
la de la queja, la
indignación o el señalamiento permanente de culpables externos.
Como si siempre alguien
más tuviera que cambiar el mundo por nosotros.
Como si todavía no
termináramos de asumir plenamente nuestra propia responsabilidad individual
frente a aquello que toleramos, repetimos o alimentamos todos los días.
Y quizá por eso también
haga falta recuperar la fe.
No en algo externo, sino
en nosotros mismos…
No como obediencia o
dependencia...
Sino como esa fuerza
interior capaz de empujar al ser humano a construir incluso aquello que todavía
no puede ver completamente.
Porque tal vez uno de
los procesos más profundos que vivimos como sociedad fue el secuestro de esa
capacidad de creer.
La transformación de
algo que podía impulsar conciencia, libertad interior y sentido… en
resignación, dependencia y espera pasiva.
Y cuando una sociedad
deja de creer que puede transformar su realidad, empieza lentamente a aceptar
cualquier realidad que le impongan.
Quizá por eso Jesús
hablaba de la fe como un grano de mostaza. “Si tuvieran fe, aunque sea tan
pequeña como un grano de mostaza, podrían decirle a esta montaña: ‘Muévete de
aquí para allá’, y se movería. Nada les sería imposible.” (Evangelio según Mateo 17:20)
Pero la fe no puede
imponerse.
Necesita cultivarse.
Porque no podemos
sembrar miedo y esperar cosechar justicia.
No podemos sembrar odio
y esperar cosechar paz.
No podemos sembrar
manipulación y esperar conexiones o vínculos sanos.
No podemos sembrar
apariencias y esperar integridad.
No podemos sembrar
indiferencia y esperar una sociedad verdaderamente humana.
Tampoco podemos seguir
alimentando las malas hierbas —la corrupción, el egoísmo, la indiferencia o el
sometimiento—
y sorprendernos después
por el mundo que crece alrededor nuestro.
toda sociedad termina
cultivando aquello que decide tolerar.
Aquello que alimenta con
sus actos, sus silencios y sus decisiones.
Porque en el fondo todos
entendemos que ningún campo devuelve aquello que jamás fue sembrado en él.
Y tal vez la fe
verdadera consista justamente en negarse a aceptar esa contradicción.
En sostener una dirección incluso cuando el camino todavía no es visible.
En actuar de manera coherente con el mundo que queremos construir aun cuando
todavía no podamos ver con claridad los resultados.
Porque ninguna
transformación profunda aparece de golpe.
Todo cambio necesita un proceso.
Y todo proceso inevitablemente comienza primero como una idea.
Una idea que casi
siempre incomoda.
Que encuentra resistencias.
Que muchas veces parece imposible antes de volverse imaginable.
Como una pequeña semilla
en medio de un mundo que aprendió a aceptar determinadas injusticias como
inevitables.
Y quizá yo apenas esté
haciendo eso:
plantar una semilla de un árbol cuyos frutos probablemente nunca llegue a ver.
Pero también entiendo
que muchas de las libertades, derechos y formas de pensar que hoy considero
normales existen únicamente porque antes hubo personas capaces de sostener
ideas que su época consideraba absurdas, peligrosas o imposibles.
Personas que, aun sin
garantías de éxito, eligieron actuar como si el futuro todavía pudiera ser
diferente…
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No dejes de creer que las palabras pueden cambiar el mundo.
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