Audio serie Fin del Relato: El Mundo Que Aprendimos a Aceptar (La historia del poder)

 

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Si cien personas buenas ven actuar a una mala y nadie hace nada, entonces ya no hay una mala: hay ciento una.


Antes que nada, mis respetos a quienes hacen historia de verdad… Lo que acabo de trazar no es más que un recorte, un hilo apenas visible dentro de una trama inmensa. Un intento —imperfecto, inevitablemente sesgado e incompleto— de seguir cómo los relatos fueron mutando con el tiempo hasta construir la ilusión de que este sistema tiene un sentido lógico.

Un guion que, como en el antiguo teatro griego, puede resultar grotesco… pero nunca más absurdo que la realidad que hoy nos mantiene sometidos. 

Porque mientras abajo, millones sobreviven atrapados en el espectáculo, en la cima de la pirámide el mundo parece funcionar como una gran fiesta dionisíaca donde, para conservar privilegios, expandir influencia o sostener el orden establecido… todo vale.

Incluso actos que cualquier persona reconocería como moralmente condenables —como matar o apropiarse de lo ajeno— dejan de llamarse crímenes cuando los comete un Estado, una potencia o una institución lo suficientemente poderosa como para convertirlos en ley.

Lo que en un individuo sería barbarie, en las estructuras de poder muchas veces pasa a llamarse orden, sacrificios necesarios, progreso o política de Estado.

Y aun cuando todo este montaje parezca tan real —como si existiera una cima natural y un lugar predestinado para obedecer—, no existe ningún derecho natural por el cual un ser humano deba someterse a otro.

Puede… que una de las estrategias más eficaces del poder haya sido convencernos de que ciertas jerarquías no fueron creadas por el hombre, sino por la naturaleza, por Dios o por el propio orden del mundo. Lo que no significa que no sea una estafa, un cínico y brutal abuso normalizado carente de toda legitimidad moral.

No hay ley natural más que la creada convenientemente por el propio hombre, a través de ideas y relatos capaces de justificar jerarquías, asignar valor o utilidad a las personas y empujarlas, muchas veces, a actuar contra sí mismas y contra otros iguales en función de sus propios intereses.

No hay título de propiedad capaz de justificar que alguien reclame como suyo aquello que, en esencia, pertenece a todos: esta tierra, este misterio, este regalo que nos fue dado.

Sin divisiones…

Llevado al extremo, el absurdo se vuelve evidente: si el poder y el dinero fueran suficientes para legitimar cualquier derecho, entonces quien pudiera comprar el planeta también podría decidir quién merece vivir en él y cómo...

A que se oye ridículo… comprar el planeta…

Y, sin embargo, esa lógica en matices, no tan intermedios, se vive como “normal”.

porque, aunque nadie “aún” se autoproclame dueño del planeta Tierra, son muy pocos quienes terminan definiendo bajo qué reglas puede habitarse.

Estructuras capaces de decidir quién accede, quién queda afuera

y cuánto debe pagar cada persona por el simple hecho de existir.

Y quizá, ese sea el núcleo más ridículo de toda la historia de la humanidad:

no solo el poder que se impone, donde unos pagan por respirar y otros cobran por permitírselo

sino las creencias que lo hicieron viable y el poder que seguimos otorgándoles a diario para colonizar nuestras mentes.

 Hay algo que cuesta dimensionar cuando miramos las primeras civilizaciones: el tamaño de su mundo.
No solo el mundo físico, sino el mental.

Un mapa pequeño, cerrado, donde lo que existe es lo que ves, lo que te enseñaron y lo que todos a tu alrededor repiten como verdad.

Durante siglos fue así…
Si crecés dentro de un sistema de creencias, si todo funciona de una determinada manera y además todos viven bajo las mismas reglas, no es difícil entender por qué la mayoría simplemente hace lo que toca.

Lo que dice la autoridad.
Lo que dijeron los padres.
Y ellos, lo que aprendieron de los suyos.

De alguna forma, todos llegamos al mundo y nos encontramos con un diseño ya armado.
Un conjunto de reglas, creencias y formas de vivir que parecen naturales… simplemente porque ya estaban ahí.

Pero nuestro universo de significados hoy es infinitamente más amplio.
Está atravesado por siglos de personas que cuestionaron, pensaron distinto, debatieron y dejaron registro.

Hoy estamos a un clic de contrastar la información que recibimos.
De buscar evidencia que no solo confirme lo que creemos, sino que también lo ponga en duda.

No porque todo lo que está en internet sea literalmente cierto,
sino porque en esa posibilidad de cuestionar aparece algo más valioso: una grieta.
No la que nos separa,
sino la que deja pasar otras miradas, otras ideas, otras formas de entender el mundo.

Y es justamente en esa grieta donde aparece algo que las primeras civilizaciones no tuvieron:
un mundo que ya no termina en el horizonte.

Hoy, lo que antes estaba aislado, está conectado.
Lo que antes era incuestionable, hoy puede ponerse en duda.
Lo que antes parecía “lo único posible”, hoy convive con miles de formas distintas de vivir.

Ahí entra en juego algo tan contradictorio como poderoso: la globalización.

Por un lado, es la versión más sofisticada de ese mismo sistema:
una red que amplifica estructuras de poder, que concentra recursos, que puede profundizar desigualdades a una escala nunca antes vista.

Pero, al mismo tiempo,
es la posibilidad de ver más allá del propio relato.
De entender que no somos casos aislados, sino parte de una misma estructura que se repite con distintas banderas en todo el mundo.
De conectar con otras voces, otras experiencias, otras formas de pensar que antes eran inaccesibles.

Es darte cuenta de que lo que parecía natural… en realidad es aprendido.

Porque desde el inicio de los tiempos nos enseñaron a buscar las respuestas afuera:
en relatos ajenos,
en ideas heredadas,
en conceptos preconcebidos
y en verdades demasiado convenientes según quién las pronunciara…

Nos enseñaron a buscar sentido en la aprobación de otros.

Valor en la acumulación.
Identidad en las etiquetas.

Dignidad en los títulos.
Pertenencia en las banderas.
Plenitud en el consumo.

A creer que siempre falta algo:
más éxito,
más reconocimiento,
más dinero,
más validación,
más amor,
más poder.
Como si la vida entera fuera una carrera interminable por completar un vacío que nunca termina de llenarse.

Incluso aprendimos a relacionarnos desde la carencia,
esperando que otras personas nos salven de nosotros mismos,
como si alguien pudiera venir a completar partes de nuestra existencia que ni siquiera aprendimos a mirar.

Tal vez la verdad más profunda nunca estuvo en aquello que nos prometieron alcanzar,
sino detrás de todas las capas de miedo, condicionamiento, relatos e identidades que nos mantuvieron distraídos y dependientes a la espera de algo mejor, mientras nos alejábamos lentamente de nuestra propia capacidad de transformar la realidad.

Y en ese movimiento —entre lo que nos condiciona y lo que nos despierta— aparece algo nuevo: la posibilidad real de no solo elegir en que creer, sino de escribir otro relato. Uno que no venga heredado ni se sostenga únicamente porque “siempre fue así”.

Porque quizá la mayor tragedia de la humanidad no haya sido solamente la violencia, la desigualdad o las guerras…

sino el modo en que aprendimos a convivir con ellas como si fueran una parte inevitable de la condición humana.

Generación tras generación, cambiaron los nombres, las banderas, los discursos y las tecnologías.

Pero las mismas formas de sometimiento, ambición y destrucción siguieron intactas.

Y tal vez crecer como civilización no consista únicamente en avanzar técnicamente,

sino también en dejar de normalizar aquello que destruye nuestra propia humanidad.

 

Sería injusto juzgar a quienes no tuvieron otras respuestas a su alcance. Pero también lo es con nosotros mismos seguir aceptando, casi sin cuestionar, siglos de obediencia frente a un orden que hoy ya podemos reconocer como una construcción humana, y no como algo natural, eterno o inevitable.

Cuesta creer que una civilización capaz de organizar sistemas financieros globales, diseñar tecnologías capaces de alterar el planeta entero y sostener estructuras de poder a escala mundial no pueda también construir formas de convivencia menos crueles.

Y frente a eso, resulta imposible no preguntarse si la permanencia de tanta violencia responde realmente a una incapacidad… o a una decisión sostenida en silencio.

Y por eso hay algo que no dejo de preguntarme:

cómo, con toda la información que tenemos hoy, seguimos sosteniendo relatos tan parecidos…
como si lo único que hubiera cambiado fuera el nombre de aquello a lo que obedecemos.

Porque, si alguna vez la tierra fue de los dioses…

¿en qué momento ese derecho pasó a manos de un “único Dios verdadero” y después a una estructura llamada estado?

¿Quién fue el notario o el escribano que validó esas transferencias…?                                                                 

 

Antes era el campesino trabajando para el templo.

Después, el vasallo trabajando para el señor feudal y la Iglesia.

Hoy, el ciudadano trabajando para el Estado.

Cambian los nombres.

Se moderniza el discurso.

Pero la estructura de fondo se parece demasiado.

¿O es que, en esencia, nunca cambió?

Sigue habiendo una autoridad que define el orden, una mayoría que lo sostiene y un relato que lo justifica.

¿qué diferencia real hay entre poner la vida al servicio de los dioses, de un Dios único o de una estructura estatal?

¿Cómo fue que ese mismo impulso de creer —de darle sentido a la existencia— se fue desplazando?

De una fe que, al menos, prometía algo más allá del sufrimiento…

a símbolos que no prometen nada, pero igual exigen todo.

Y en ese cambio hay una transformación más profunda…

 

La madre tierra, para muchos pueblos originarios, no era una metáfora.

Era vínculo. Era sustento. Era respeto.

Nutrición no solo en el aspecto básico de supervivencia, sino también espiritual.

No se poseía, no se explotaba sin medida, no se separaba de la vida misma.

La tierra no era un recurso.

Era relación.

Pero en algún punto, esa madre Tierra se convirtió en madre patria.

Y lo que antes era cuidado pasó a ser dominio.

Lo que antes era pertenecer, pasó a ser poseer.

Ya no se trata de vivir de la tierra, sino de extraerle todo lo posible.

En nombre del “progreso…” No importa el costo.

No importa cuánto se destruya en el camino.

Y en nombre de esa “madre” que ahora se defiende con banderas y discursos,

se explota, se arrasa, se sacrifica.

Lo que antes daba vida, ahora te la quita.

¿Cómo no íbamos a dejar de cuestionar incluso lo más evidente,
si “las cosas son así” funciona como respuesta cuando en realidad no hay ninguna?

Esa frase no explica nada.
Solo deja en evidencia que el hilo entre pasado y presente causa y consecuencia fue completamente borrado.

Porque lo único que legitima la historia es que el destino de la humanidad está en las manos equivocadas.

Y quizá una de las formas más eficaces de sostener ese orden fue convertir la desigualdad en algo aparentemente lógico.

Y, desde la idea de la meritocracia, podríamos aceptar —a grandes rasgos y con todos los matices que el tema merece— que quien aporta más reciba más que quien aporta menos. No siempre ocurre… pero, al menos como principio, suena razonable.

Aun así, además de romper ese principio, hay una diferencia enorme entre eso…

y algo mucho más difícil de justificar:

Lo verdaderamente llamativo es cómo ciertas personas terminaban apropiándose de estructuras enteras construidas por el esfuerzo de miles.

Faraones, reyes, instituciones religiosas, estructuras de poder.

Visto de cerca, resulta casi absurdo…

Grupos enteros de personas trabajando de sol a sol, piedra sobre piedra, construyendo estructuras gigantescas con recursos que estaban ahí, disponibles en la naturaleza…

y, sin embargo, el dueño de todo eso era quien ocupaba el trono, como si el poder consistiera precisamente en adjudicarse como propio aquello que otros construyen.

Ese mismo que no ponía una piedra, que no sudaba ni se ensuciaba las manos, concentraba riqueza y poder dentro de estructuras que no había construido.
Acumulaba tierras que otros conquistaban con su vida, riquezas que otros producían con su trabajo.

Y, con todo eso —que no generaba por sí mismo—, construía su autoridad.

Y desde ese lugar no solo acumulaba:

también definía.

Definía la dignidad de los demás, el valor de cada vida, cuánto era suficiente y cuánto no.

Podía exigir más y castigar a quien no cumpliera… solo en función de su propia ambición.

Hoy las formas cambiaron, pero la lógica se parece demasiado:
estructuras que demandan cada vez más para sostenerse a sí mismas. Y personas que trabajan realmente para mantener en pie esa misma estructura que las limita.

Porque no se trata solo de que exista una autoridad,

sino de que sean los propios subordinados quienes sostengan con su trabajo, sus recursos y su obediencia el poder que luego se impone sobre ellos y los condiciona.

Y aunque pueda parecer un cuestionamiento infantil poner en duda una autoridad externa,

quizás lo verdaderamente infantil sea aceptarla sin exigencias y sin preguntas…

más aún, necesitarla.

lo verdaderamente infantil es seguir aceptando respuestas del tipo:

“porque lo digo yo”.

Muchos crecimos escuchando eso.

Y aprendimos a obedecer incluso cuando no tenía sentido.

La diferencia es que hoy, incluso chicos muy chicos, ya empiezan a responder algo distinto:

“eso no es un argumento”.

Y en esa frase —tan simple— hay más potencial de cambio que en siglos enteros de obediencia sin preguntas.

Como dice la canción:

“si la historia la escriben los que ganan…”

Es lógico pensar que existe otra historia.

Una que no siempre aparece en los relatos oficiales.

No la de los héroes impecables que los relatos patrióticos suelen construir: hombres sin contradicciones, guiados siempre por el honor, el sacrificio y una colección de virtudes casi imposibles de encontrar reunidas en cualquier ser humano real.

destinados a morir humildemente… pobres pero cubiertos de gloria…

Y no porque necesariamente sea falso,

sino porque todo relato de poder selecciona qué contar, cómo… y qué dejar afuera.

Pero si ciertas verdades se miraran de frente, gran parte de la legitimidad actual quedaría profundamente cuestionada:

Un poder material adquirido sobre relatos falsos, sobre explotación, sobre mano de obra esclava, sobre adueñarse de los recursos naturales que sí son naturales, mas no sus escrituras

Porque abolir la esclavitud no deslegitimó las ganancias que se generaron a costa de mano de obra esclava, ni los derechos sobre tierras expropiadas, ni las masacres que durante siglos trazaron fronteras, repartieron territorios y arrasaron pueblos y culturas en todo el planeta.

Y eso aún continúa bajo distintas formas, con relatos renovados y mecanismos más sofisticados, porque el poder aprendió a actualizar su lenguaje mientras conserva intacta su lógica de dominación y su indiferencia hacia la dignidad y la vida humana.

Y esa… parece ser la versión adulta.

La que no cuestiona.

La que aprende a obedecer sin importar a qué está obedeciendo.

La que acepta respuestas del tipo “porque sí”, “porque así funciona el mundo” o “porque alguien tiene que mandar”.

Porque tal vez el verdadero signo de inmadurez no sea cuestionar la autoridad, sino necesitar someterse a ella para sentir seguridad.

Y quizá por eso muchas de las estructuras más violentas de la historia no necesitaron solamente fuerza, sino también personas convencidas de que obedecer era una virtud.

Y a este presente construido sobre montañas de muertos lo llamamos progreso… civilización.

Tal vez lo primero sea empezar a revisar cuánto de lo que repetimos conserva todavía algún vínculo real con aquello que las palabras dicen representar.

Porque muchas de las ideas que aprendimos a admirar sobreviven más por inercia cultural que por coherencia con sus consecuencias reales.

Y quizá también haga falta resignificar conceptos que aprendimos a aceptar casi automáticamente: progreso, libertad, democracia, desarrollo, seguridad, civilización.

Si distintos relatos fueron capaces de moldear la sociedad en la que vivimos, quizá solo cuando dejemos de mirar aquello que nos separa y logremos reconocer el sometimiento que compartimos, podamos empezar a construir un nuevo relato común.

Uno donde la dignidad humana valga más que cualquier bandera o ideología.

Resulta difícil encontrar hoy una constitución que no hable de dignidad, libertad, igualdad o derechos humanos.
La contradicción aparece después, en la distancia entre aquello que las sociedades proclaman y aquello que están dispuestas a permitir en nombre del poder, la seguridad, el mercado o la patria.

“La dignidad humana es inviolable”, afirma la constitución de Alemania.
En España, la dignidad aparece como fundamento del orden político y de la paz social.
Brasil la reconoce como uno de los principios fundamentales del Estado.
Y Sudáfrica establece la dignidad, la igualdad y la libertad como valores centrales de su democracia.

Pero incluso países atravesados por conflictos, tensiones militares o disputas geopolíticas sostienen principios similares.
La Constitución rusa de 1993 afirma que “la persona, sus derechos y libertades son el valor supremo”, y que el reconocimiento y la protección de los derechos humanos constituyen una obligación del Estado.
Ucrania reconoce que “la vida y la dignidad humana” representan el valor social más alto del país.
Irán habla de la dignidad y el valor del ser humano como fundamento de su orden social.
E Israel incorpora garantías vinculadas a la libertad, la igualdad y la protección de la persona humana.

Incluso potencias que hicieron de la libertad uno de los pilares centrales de su identidad nacional, continúan participando de guerras, disputas geopolíticas y sistemas económicos que muchas veces contradicen los mismos valores que proclaman defender.

Y frente a contradicciones tan profundas, quizá empiece a volverse imprescindible imaginar un nuevo relato común.

Uno donde la dignidad no sea un discurso, sino un piso mínimo exigible e irrenunciable.

Un relato donde el poder deje de percibirse como un privilegio y vuelva a entenderse como una responsabilidad temporal entregada por millones de personas.

 

Donde delegar no signifique renunciar al control ni a la capacidad de exigir respuestas.

Porque si alguien recibe poder sobre la vida, los derechos y el destino de otros, la responsabilidad que asume también debería ser proporcionalmente mayor.

Tal vez una de las mayores contradicciones de todos los tiempos sea que quienes más decisiones toman sobre millones de personas suelen ser, al mismo tiempo, quienes menos consecuencias personales enfrentan cuando esas decisiones destruyen vidas ajenas.

Un relato donde el incumplimiento de derechos deje de ser una abstracción sin responsables.

Donde la vara para quien ejerce poder no sea más baja que para cualquier ciudadano, sino infinitamente más alta.

Donde la patria deje de ser un valor abstracto utilizado para exigir sacrificios ajenos y empiece a pertenecer de forma concreta a las personas:

para habitarla, construir, circular y generar valor sin tener que pagar constantemente por aquello que supuestamente ya les pertenece.

Un relato donde las fuerzas del orden protejan a las personas de los abusos del poder, y no al poder de las personas.

 

Y quizá también haga falta un relato capaz de terminar con la idea misma de la guerra.

Porque a lo largo de la historia demasiadas guerras fueron presentadas como gestas heroicas cuando en realidad funcionan como negocios extraordinariamente rentables para quienes jamás empuñan un arma
un relato donde dejen de romantizarse conceptos como heroísmo, honor, gloria, sacrificio o patria cuando son utilizados para empujar personas a destruirse entre sí.

Porque detrás de muchas banderas no se defienden pueblos ni territorios,
sino intereses mucho menos nobles disfrazados de patriotismo.

Donde obedecer una orden no alcance para silenciar la conciencia.
Porque ninguna jerarquía, ninguna nación y ningún discurso deberían estar por encima de aquello que los propios derechos humanos intentaron reconocer hace siglos:
que la dignidad humana no depende de fronteras, ideologías ni banderas,
sino de la simple condición de existir.

Porque quizá una de las formas más peligrosas de sometimiento sea aquella que logra que una persona actúe contra su propia humanidad convencida de que está haciendo lo correcto.

Y mientras sigamos educando generaciones para obedecer antes que, para pensar,
seguiremos formando personas capaces de disparar contra desconocidos que jamás eligieron odiarse entre sí.

Cito: “La guerra es una masacre entre personas que no se conocen, para beneficio de personas que sí se conocen, pero no se masacran entre ellas.”

— Paul Valéry, escritor británico

Una guerra podrá terminar con vencedores y derrotados,
pero nunca dejará de ser el fracaso absoluto de nuestra especie.

 

Y el que quiera oír que oiga:

no va a ser el poder quien construya un nuevo relato.

Mucho menos quien renuncie voluntariamente a sus privilegios o cumpla la promesa de plenitud con la que sostuvo durante siglos su legitimidad.

Porque quienes hoy se sientan en enormes cumbres internacionales, rodeados de siglas, protocolos y discursos cuidadosamente preparados, jamás demostraron estar dispuestos a transformar las reglas que los mantienen exactamente dónde están.

Aprendieron a maquillarse de conciencia global, a redactar objetivos humanitarios y a pronunciar discursos sobre paz, igualdad y derechos humanos mientras el mundo se precipita, cada vez más rápido, en la dirección contraria

Y mientras nada cambie, mientras sigamos aceptando las reglas del juego, el costo de sostener estas estructuras seguirá aumentando.

Porque todo poder, necesita cada vez más recursos para conservarse, expandirse y disputar su lugar frente a otros poderes.

Y, como siempre, el precio, terminarán pagándolo quienes nunca participaron realmente de esa disputa.

Tal vez construir un nuevo relato comience por dejar de aceptar como inevitables formas de organización que nunca estuvieron verdaderamente al servicio de la vida humana.

 

Dejar de esperar que sea otro quien tome la iniciativa y actúe en favor del cambio.

Comprender que toda transformación profunda necesita primero crecer en el interior de las personas antes de poder manifestarse en el mundo exterior.

En la conciencia.

En la manera de mirar la realidad.

En el coraje de enfrentar verdades incómodas y desprenderse de aquellas falsedades o incoherencias que durante siglos aprendimos a normalizar.

Porque incluso las ideas más nobles pueden deformarse cuando dejan de ser una búsqueda de mejora y se convierten únicamente en herramientas para obtener beneficios.

Muchas de las antiguas ideas sobre la armonía, el equilibrio o la conexión entre lo humano y algo más grande probablemente no buscaban sometimiento, sino coherencia.

Una coherencia entre lo que pensamos, lo que hacemos y el mundo que terminamos construyendo.

 

Y tal vez por eso cualquier transformación real necesite comenzar otra vez desde adentro:

recuperando coherencia entre conciencia, pensamiento, actos y realidad.

Soy plenamente consciente de que muchas de estas ideas chocan contra siglos de verdades instaladas.

Pero también el mundo actual fue construido sobre relatos, símbolos y creencias que millones de personas aprendieron a aceptar como naturales.

Roma no se construyó en un día.

Tampoco los Estados, las religiones o las estructuras de poder que organizan nuestra realidad actual.

Las independencias de las naciones tampoco aparecieron de un día para otro.

Fueron procesos largos, llenos de contradicciones, conflictos y generaciones enteras sosteniendo una dirección común.

Quizá la verdadera independencia de las personas también deba atravesar ese mismo proceso.

E indefectiblemente la distancia entre este presente y un futuro diferente no puede recorrerse utilizando las mismas formas de pensamiento que dieron origen al mundo que conocemos hoy.

También soy consciente de que las dinámicas actuales difícilmente ayudan a pensar a largo plazo.

Vivimos empujados hacia la inmediatez, hacia el placer rápido, hacia la recompensa instantánea.

Muchas veces preferimos aquello que alivia momentáneamente antes que el trabajo lento, incómodo y constante que exige cualquier transformación profunda.

Incluso muchos cambios sociales todavía parecen atravesar apenas una primera etapa:

la de la queja, la indignación o el señalamiento permanente de culpables externos.

Como si siempre alguien más tuviera que cambiar el mundo por nosotros.

Como si todavía no termináramos de asumir plenamente nuestra propia responsabilidad individual frente a aquello que toleramos, repetimos o alimentamos todos los días.

Y quizá por eso también haga falta recuperar la fe.

No en algo externo, sino en nosotros mismos…

No como obediencia o dependencia...

Sino como esa fuerza interior capaz de empujar al ser humano a construir incluso aquello que todavía no puede ver completamente.

Porque tal vez uno de los procesos más profundos que vivimos como sociedad fue el secuestro de esa capacidad de creer.

La transformación de algo que podía impulsar conciencia, libertad interior y sentido… en resignación, dependencia y espera pasiva.

Y cuando una sociedad deja de creer que puede transformar su realidad, empieza lentamente a aceptar cualquier realidad que le impongan.

Quizá por eso Jesús hablaba de la fe como un grano de mostaza. “Si tuvieran fe, aunque sea tan pequeña como un grano de mostaza, podrían decirle a esta montaña: ‘Muévete de aquí para allá’, y se movería. Nada les sería imposible.”  (Evangelio según Mateo 17:20)

Pero la fe no puede imponerse.

Necesita cultivarse.

Porque no podemos sembrar miedo y esperar cosechar justicia.

No podemos sembrar odio y esperar cosechar paz.

No podemos sembrar manipulación y esperar conexiones o vínculos sanos.

No podemos sembrar apariencias y esperar integridad.

No podemos sembrar indiferencia y esperar una sociedad verdaderamente humana.

Tampoco podemos seguir alimentando las malas hierbas —la corrupción, el egoísmo, la indiferencia o el sometimiento—

y sorprendernos después por el mundo que crece alrededor nuestro.

toda sociedad termina cultivando aquello que decide tolerar.

Aquello que alimenta con sus actos, sus silencios y sus decisiones.

Porque en el fondo todos entendemos que ningún campo devuelve aquello que jamás fue sembrado en él.

Y tal vez la fe verdadera consista justamente en negarse a aceptar esa contradicción.
En sostener una dirección incluso cuando el camino todavía no es visible.
En actuar de manera coherente con el mundo que queremos construir aun cuando todavía no podamos ver con claridad los resultados.

Porque ninguna transformación profunda aparece de golpe.
Todo cambio necesita un proceso.
Y todo proceso inevitablemente comienza primero como una idea.

Una idea que casi siempre incomoda.
Que encuentra resistencias.
Que muchas veces parece imposible antes de volverse imaginable.

Como una pequeña semilla en medio de un mundo que aprendió a aceptar determinadas injusticias como inevitables.

Y quizá yo apenas esté haciendo eso:
plantar una semilla de un árbol cuyos frutos probablemente nunca llegue a ver.

Pero también entiendo que muchas de las libertades, derechos y formas de pensar que hoy considero normales existen únicamente porque antes hubo personas capaces de sostener ideas que su época consideraba absurdas, peligrosas o imposibles.

Personas que, aun sin garantías de éxito, eligieron actuar como si el futuro todavía pudiera ser diferente…

 

 

                                                Lo imposible solo tarda un poco más...

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 Marian

Consultora en desarrollo personal y comunicación

📞 +54 11 3651 0736

✉️ simplementemarian78@gmail.com

No dejes de creer que las palabras pueden cambiar el mundo.


Libros:

El mapa mágico del tesoro 

Desobedecer la normalidad 

Blog:

https://redmetamorfosis.blogspot.com

 


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