Diálogo de Socrates: trabajo o esclavitud?



 

—Decime, querido amigo —preguntó Sócrates—, ¿qué es hoy el trabajo?

—Una virtud —respondió el joven—. Lo que dignifica al hombre.

 

—Ah, ¿sí? Entonces quien no trabaja, ¿no es digno?

—Bueno… no exactamente, pero es mal visto.

 

—Entiendo. Y decime, ¿el hombre puede elegir no trabajar?

—Bueno… en teoría sí.

 —¿En teoría? —repitió Sócrates—. ¿Y en la práctica?

—Y… si no trabaja, no vive.

 

—Entonces no elige trabajar —dijo Sócrates—. Elige no morir.

—Curioso… —añadió—. En otros tiempos, a eso lo llamaban esclavitud.

—No es lo mismo —replicó el joven—. Antes no había libertad.

 

—¿Y ahora la hay?

—Por supuesto. Hoy cada uno elige.

 

—¿Elige qué? —preguntó Sócrates, inclinando la cabeza—. ¿Elige trabajar o morir de hambre?

—Bueno… pero para vivir en este sistema necesitás dinero —respondió el joven—.
Y trabajás para conseguirlo. Es simplemente cómo funciona.

—Entiendo… —dijo Sócrates—.
Entonces no trabajás porque querés… sino porque el sistema lo exige.

—Y sí… de alguna manera todos jugamos con esas reglas.

—Curioso —replicó Sócrates—.
Llamamos libertad a poder elegir… dentro de condiciones que no elegimos.

—Pero de alguna forma se tiene que organizar la sociedad…

—Sin duda —asintió Sócrates—.
La cuestión es otra: si no podés dejar de jugar sin quedar fuera…
¿estás eligiendo… o estás participando porque no hay alternativa?

—Decime otra cosa —continuó—. El esclavo, ¿tenía techo?

—Sí.

—¿Y comida?

—También.

—¿Y hoy?

—Hoy tenés un salario.

—¿Y si ese salario no alcanza?

—Y… es tu problema.

 

—Entonces —sonrió Sócrates—, han perfeccionado el sistema. Antes el amo debía garantizar la supervivencia. Hoy, en cambio, han logrado algo más elegante: el hombre es libre… incluso para no poder vivir.

—Pero al menos somos libres de elegir que trabajo queremos tener—insistió el joven.

 

—Claro que sí —respondió Sócrates—. Libres de cadenas visibles… y orgullosos de las invisibles.

—Pero volvamos a eso que dijiste —retomó Sócrates—: que el trabajo dignifica.

—Sí, eso dicen todos.

—Decime, ¿sigue siendo digno un hombre que acepta hacer algo porque no tiene otra opción, o soporta cualquier trato por miedo a quedarse sin trabajo?

 —Bueno… pero a veces hay que aguantar ciertas condiciones —respondió el joven—.

Si las empresas crecen, crece el país… y al final eso nos beneficia a todos.

 

—Entiendo… —dijo Sócrates—.

Entonces el sacrificio es necesario.

 —Claro. Es parte del progreso.

 —Decime… —continuó—.

entonces los que se sacrifican son los mismos que después se benefician…

 —Y… de alguna forma sí, no es algo que se dé de un día para otro —respondió el joven—.

Como todo, lleva tiempo… ya nos va a tocar.

 

—Curioso —replicó Sócrates—.

Llamamos progreso a un crecimiento que beneficia a un sector distinto del que lo produce…

y dignidad a sostenerlo, incluso cuando no podes elegir.

—Pero sin ese esfuerzo nada avanzaría…

 

—Tal vez —asintió Sócrates—. La cuestión es otra…

si el crecimiento exige que muchos cedan… pero solo algunos acumulen,

¿no se parece demasiado —hizo una pausa— a cuando el rey expandía sus tierras

gracias a la vida, el esfuerzo y los muros que otros levantaban para él?

—…

 —Porque si el progreso de un país depende de que quienes lo sostienen

no puedan crecer al mismo ritmo que aquello que hacen crecer…

—hizo una pausa— decime, querido amigo, ¿cuál sería la diferencia?


—Que ahora nadie nos obliga por la fuerza —respondió el joven—.

No hay látigos, no hay cadenas…

si trabajamos es porque elegimos hacerlo.


—Es verdad —asintió Sócrates—. Antes, el esclavo obedecía por el látigo.

Hoy no hace falta.

 —Claro que no —respondió el joven—. Hoy no hay látigo… somos libres.

 

—Porque ahora el látigo es más eficiente —dijo Sócrates con calma—:

no deja marcas en la piel…

pero organiza la vida entera.

 

—Entonces tal vez —añadió, con suavidad— no sea que el trabajo dignifica…

sino que hemos aprendido a llamar dignidad al conformismo y a la resignación.

—Bueno… —dijo el joven—, aunque el sistema no sea perfecto,

lo que celebramos en el día del trabajador es justamente eso:

los avances… la gente que luchó por jornadas más cortas, mejores condiciones.

Antes era peor.

 

Sócrates sonrió, con esa mezcla de ternura y picardía:

 —Sin duda —asintió—.

El hombre ha sabido suavizar aquello que antes era brutal.

 

—Celebremos entonces, querido amigo… que hemos aprendido a llamar libertad y dignidad a lo que antes no nos habríamos animado ni a justificar.

Feliz Día del Trabajo.

O, como diríamos algunos con menos pudor… feliz Día de la Esclavitud Moderna...


Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Quién se hace cargo? Defensa al consumidor mira para otro lado...

La Patria no nos pertenece... nosotros le pertenecemos a ella

De la dirección personal al juego colectivo. Cuando el rol se confunde con la identidad