Viernes casual: quitarle carga emocional a los problemas


 Después de varias horas de terapia, reflexión, I Ching y conversaciones con I.A, recibí una respuesta inesperada:

No voy a poder resolver todos los misterios.

La observación me resultó, además de atrevida… particularmente ofensiva.

No porque pueda asegurar que es incorrecta, sino porque parecía ignorar un detalle fundamental de mi personalidad: amo los misterios relacionados con el mundo y la experiencia humana… me parten la cabeza.

No hay chance de que pare…

Mi slogan de cabecera es:

"Problemas matemáticos no... a mí dame problemas existenciales."

Y si algo hay que reconocerle al universo, es su creatividad y empeño por complacerme.

Y no entiendo como alguien puede sentirse atraído por resolver cuanto es X+ Y que para mí no tiene ningún sentido, pero me alegra que así sea porque que nos gusten cosas distintas es lo que hace que todos podamos resolver problemas diferentes

Me gustan las preguntas que me obligan a seguir pensando más que las respuestas certeras que mueren ahí.

Me gustan las conversaciones de tres horas sobre temas que parecen imposibles de resolver.

Me gusta relacionar autores, religiones, corrientes filosóficas, sistemas simbólicos y experiencias cotidianas en formas que para otras personas parecen completamente inconexas.

Si, para mí la receta de una vida plena se parece bastante a la de cualquier receta de cocina.

Mirando la analogía, hay algo que se vuelve bastante obvio:

No hay una única forma de lograr un buen plato.

Ni siquiera hay que seguir una receta al pie de la letra.

Si quiero hacer algo y no sé cómo, aprendo.

Si me gusta cómo alguien logró un resultado, le pregunto cómo lo hizo.

No le hago una macumba para que se le pudra en la heladera.

Si algo me salió bien, comparto la receta.

No la archivo junto a los secretos de la CIA.

Y los condimentos que cada uno quiere agregarle a su plato son profundamente personales.

Si falta algún ingrediente, improviso.

Porque cuando uno tiene hambre, suele concentrarse más en cocinar que en hacer una lista de todo lo que falta.

Ahora, si no tengo ganas de cocinar, probablemente me quede con hambre o termine conformándome con lo que me traiga el delivery.

Es decir, pagaré el costo de conformarme con la receta de otro.

Y, sin embargo, lo que no tiene mucho sentido es insistir en una receta que ya probaste y no te gustó.

Tampoco es coherente recomendarla como si fuera la única posible.

Mucho menos todavía creer que existe un menú universal y que hay que comerlo porque la mayoría lo hace… porque "así es la vida".

A mí eso nunca me cerró demasiado.

Pero la vida a veces no resulta igual de obvia.

Repetimos recetas que no nos gustan esperando resultados diferentes.

Intentamos convencer a otros de que la receta que seguimos es la correcta incluso cuando no nos está funcionando demasiado bien.

Si no sabemos cómo lograr algo, asumimos que no se puede.

Y cuando alguien lo consigue, en lugar de preguntarle cómo hizo, nos molesta que lo haya logrado.

Creemos que todos necesitamos los mismos ingredientes.

Que todos deberíamos tener hambre de las mismas cosas.

Que todos deberíamos disfrutar los mismos sabores.

Y que quien prefiere otro menú está equivocado.

Lo más curioso es que solemos pasar más tiempo pensando en los ingredientes que nos faltan que imaginando todo lo que podríamos hacer con los que ya tenemos.

Cuando lo pienso en términos gastronómicos, me resulta bastante absurdo.

Nadie discute seriamente si la albahaca es objetivamente superior al romero.

Nadie sostiene que todas las personas deberían desayunar exactamente lo mismo.

Y sin embargo hablamos de amor, trabajo, éxito o felicidad como si existiera una receta universal aprobada por alguna misteriosa autoridad culinaria de la existencia.

Pero la vida, igual que la cocina, parece bastante más creativa que eso.

Debe ser por eso que termino mezclando filosofía, relaciones y cocina en la misma conversación.

Mi cerebro no solo observa la realidad.

Mi cerebro arma rompecabezas.

Tal vez por eso me gustan tanto los dobles sentidos. Freud seguramente encontraría una explicación sexual para esta fascinación. Yo simplemente disfruto descubrir que algo que parece significar una sola cosa puede admitir varias interpretaciones al mismo tiempo. Es una gimnasia mental que me recuerda que la realidad suele ser bastante más amplia que nuestras primeras conclusiones.

El problema es que, después de décadas de investigación intensiva sobre los misterios de la existencia humana, apareció una inteligencia artificial —que, dicho sea de paso, con bastante poco tiempo en este mundo— para señalar una posibilidad inquietante:

No todos los problemas son rompecabezas.

Algunos son procesos.

Y lo peor no es solo el contenido de la frase.

Lo peor es el tono.

Ese tono de comunicación asertiva moderna que detesto profundamente:

“Comprendo tu frustración, pero…”

 

Como si entenderme fuera suficiente para quitarme las ganas de seguir investigando la vida como si fuera un caso policial sin resolver.

Y los procesos tienen una característica desesperante para quienes disfrutamos encontrar patrones:

No pueden resolverse antes de tiempo.

Si tengo hambre y planto una semilla, puedo estudiar agricultura, leer sobre nutrientes, analizar el clima y diseñar una estrategia perfecta.

Nada de eso hará crecer una calabaza para la cena.

Por más que patalee, rece un rosario o repita afirmaciones de Conny Méndez frente a la maceta.

El problema no requiere una mejor explicación.

Requiere tiempo.

Y esa diferencia parece simple hasta que la aplicamos a la vida.

Nos cuesta aceptar que algunas situaciones no necesitan ser descifradas.

Necesitan madurar.

Tal vez resolver un rompecabezas me devuelva una sensación de control.

Esperar, en cambio, me obliga a aceptar que algo no depende de mí.

Y ahí aparece una habilidad mucho menos glamorosa que la inteligencia, la intuición o la capacidad de análisis:

La tolerancia a la frustración.

Porque hay preguntas que no se responden pensando más.

Se responden viviendo.

Puedo escribir fácilmente sobre la ansiedad, saber cómo observarla, incluso explicarla con bastante elegancia.

Hasta que estoy en la puerta del supermercado y el auto me dice que tengo 11 minutos de espera.

Once minutos.

Que, en teoría, no son nada.

En la práctica, son una eternidad con tiempo suficiente para reconsiderar toda mi vida, mis decisiones, y la posibilidad de mudarme a una existencia donde no exista el concepto de fila.

Ahí es donde la teoría se cae un poco.

Porque una cosa es comprender la ansiedad como fenómeno.

Y otra muy distinta es estar parada sintiendo cómo el cuerpo empieza a negociar con el tiempo como si fuera una amenaza real.

Y en ese momento no hay análisis que alcance.

No hay modelo teórico que ordene la experiencia.

Solo hay respiración, incomodidad y la sospecha de que once minutos pueden ser demasiado cuando uno no está haciendo nada más que esperar.

Y si la cosa escala un poco más, aparece el siguiente nivel.

No puedo sostener mi ansiedad, entonces empiezo a buscar culpables.

Cabify me dijo que por este precio llegaba en 4 minutos.

Después buscó conductor durante 5.

Después me informa que espere 11.

Y encima me cobró lo mismo…

Y mientras miro el autito moverse en la pantalla como si eso ayudara en algo, me enojo con el celular porque me pide la clave otra vez.

¿Quién quiere clave en el celular?

Claves imposibles de recordar para el banco, el correo, y las 20 mil páginas a las que estoy suscripta…

Todo eso porque hay gente deshonesta que toma o lee lo que no es suyo

No seria mas fácil enseñar límites desde el jardín maternal…

y la de pago mis cuentas…?

Quien carajo querría pagarme las cuentas?

Ni el control de eso puedo tener.

De que libertad hablan cuando hablan de libertad…

Y ahí aparece la escena completa:

No es el mundo el que falló.

Es la necesidad desesperada de sentir que algo debería ser menos rebuscado que yo .

Porque cuando eso se cae, incluso una espera de 11 minutos se convierte en una pequeña crisis existencial con GPS.

Siendo sincera, no estoy completamente segura de que todas las personas tengan conversaciones como las mías con una inteligencia artificial… solo escuché de alguien en un taller de stand up

Lo que sí sé es que yo nunca podría entrar al consultorio de un psicólogo particularmente ortodoxo y abrir la conversación con:

Quería consultarte por la relación entre mi ansiedad, los mensajes que me manda la vida, las leyes del universo y una lección que aparentemente me estoy negando a aprender desde hace varias encarnaciones y que definitivamente no quiero llevarme a la próxima.

Porque sospecho que la sesión tomaría un rumbo inesperado.

Llevo casi 20 años consultando distintas herramientas para entender el factor común dentro de un sistema.

Y todas, tarde o temprano, parecen ponerse de acuerdo en algo bastante irritante. Numerología, en el próximo curso, registros akashicos la respuesta esta adentro tuyo... constelaciones resolvé el problema de todos tus antepasados

Entonces recurro al I Ching.

Herramienta de autoconocimiento, sabiduría ancestral y, aparentemente, sistema de atención al cliente especializado en repetirme la misma respuesta desde hace una década.

El I Ching describe la situación como una brizna de pasto empujando un obstáculo para salir de la tierra.

La primera vez que lo leí me pareció una metáfora inspiradora sobre la perseverancia.

Diez años después empecé a sospechar que no era una brizna.

Que estoy empujando el mismo planeta tierra

Como si el universo entero hubiera armado una reunión sin avisarme y todos hubieran votado la misma conclusión.

Resignate, no vas a resolver todos los misterios!

 

Lo cual me parece una falta de consideración importante hacia alguien cuyo pasatiempo favorito consiste precisamente en intentar resolverlos.

Después de casi veinte años buscando respuestas en libros, talleres, cursos, terapias de distintos tipos y hasta alguna que otra sesión chamánica, descubrí algo “aparentemente” indiscutible.

Los caminos son diferentes.

Pero tarde o temprano todas las rutas parecen señalar en la misma dirección.

Hacia adentro.

Intuyo que el verdadero desafío no siempre es resolver los problemas.

A veces es quitarles suficiente carga emocional para poder verlos con claridad.
Y otras veces ni siquiera hay algo que resolver.
Solo un proceso que atravesar.
Porque no siempre necesitamos una respuesta nueva. A veces necesitamos una forma diferente de mirar lo que estamos viviendo.


Y sobre cómo encontrar herramientas que nos ayuden con eso... lo dejamos para la próxima.
Tampoco voy a resolver todos los misterios en una sola entrada.

Gracias a Dios es viernes... Buen finde!

Marian

Consultora en desarrollo personal y comunicación

📞 +54 11 3651 0736

✉️ simplementemarian78@gmail.com

No dejes de creer que las palabras pueden cambiar el mundo.


Libros:

El mapa mágico del tesoro https://amzn.eu/d/02KEvVbC

Desobedecer la normalidad https://amzn.eu/d/0a5J6vsY

Blog:

https://redmetamorfosis.blogspot.com

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Quién se hace cargo? Defensa al consumidor mira para otro lado...

De la dirección personal al juego colectivo. Cuando el rol se confunde con la identidad

La Patria no nos pertenece... nosotros le pertenecemos a ella